[…] Bajo brevemente la barbilla y la vuelvo a subir, en señal de respeto. Y te pregunto, con verdadera curiosidad, sobre todos los esfuerzos que has hecho para que se me reconozca el valor que tengo como persona. Porque estoy seguro de que has hecho un montón, muy intensos y durante mucho tiempo. […]
Me apetece continuar la conversación que ayer tuve contigo.
No sé, me ha dado la sensación de que, desde que conectamos y te pedí disculpas, algo se ha relajado en mi pecho; y creo que eso podría significar que vamos por buen camino.
“Dignidad”, ¿quedamos en llamarte así? ¿Verdad?
Miro hacia ti, y algo me dice que he dado en el clavo. Porque toda esa energía que se irradia por mi interior, desde el estómago al pecho, quemado y removiéndolo todo, contiene mucha fuerza. Una fuerza que, en determinados momentos de mi vida —incluídos momentos cercanos—, no pudo salir por ningún sitio.
Conecto con ella ahora, y la veo como un grito. Un grito muy potente, desgarrador, pero que está siendo callado. Un grito que podría decir algo así como «me voy, ahí os quedáis, idos a la mierda». No es un grito de guerra, es un grito de huída hacia un lugar más amable y seguro. Un lugar donde pueda ser recogido, porque me lo merezco por mi propia humanidad, sin condiciones de ningún tipo.
Escribo esto, y siento cómo mi pecho se relaja. Se relaja y se abre… quizás, se abre al gozo de recibir el aprecio y el amor que necesito.
Me apetece mirar ahora hacia ti, Dignidad. Observarte desde la tranquilidad de disponer de tiempo. Te veo sentada en el bosque —sí, “sentada”, me doy cuenta de que eres una chica—, en el tronco de un árbol cubierto de musgo, mirando hacia mí con expresión relajada. Hay distancia entre los dos, pero nada que nos separe definitivamente.
El aire se ioniza entre ambos, emitiendo destellos azulados.
Bajo brevemente la barbilla y la vuelvo a subir, en señal de respeto. Y te pregunto, con verdadera curiosidad, sobre todos los esfuerzos que has hecho para que se me reconozca el valor que tengo como persona. Porque estoy seguro de que has hecho un montón, muy intensos y durante mucho tiempo.
Haces amago de hablar, pero te reprimes un poco.
Bajo de nuevo la cabeza, tratando de transmitirte que «está todo bien, no hace falta que te explayes ahora», «tenemos todo el tiempo del mundo».
Y, entonces, comienzas a dibujar en la arena del suelo —sí, es raro, pero hay arena—. Y me veo conteniendo la emoción en el cine, cuando los amigos rescatan al protagonista de una muerte que parecía inevitable. Me veo imaginando que ganaba grandes batallas, porque emergían de mí, de repente, los más fantásticos superpoderes. Me veo sentado en aquella escalera, completamente sólo, aunque en apariencia acompañado por mis compañeros, huyendo de allí con mi mente, hacia un lugar muy, pero que muy lejano. Me veo intentando meter un gol, a pesar de haber sido elegido el último para el equipo. Me veo agarrándome a las dos asignaturas que se me daban bien, como a un clavo ardiendo. Me veo nadando como un loco para ser alguien en el deporte. Y me veo, también, tratando de controlar la comida para que mi cuerpo resulte algo agradable.
Pero me veo, también, emocionándome con mi carrera. Sintiendo que por fin valgo para algo. Me siento enamorado, deseando a alguien imposible, pero albergando cierta esperanza de que conseguirla repare las heridas profundas en mi autoestima. Me veo emborrachándome y haciendo el loco para parecer, al menos, un poco divertido. Me veo renunciando a tratar mal a los demás, a pesar de estar en un grupo que es malvado hacia las figuras más vulnerables. Me veo callando ante el maltrato, pero con una postura firme, decidida: «si no puedo proteger a las personas vulneradas, al menos no voy a participar de esto», consciente de que me arriesgaba a la expulsión y el ostracismo. Y me veo llevando hasta los límites esta postura, arriesgando incluso mi prestigio profesional y mi puesto de trabajo. Me veo participando el grupos de autodefensa, y me veo, también, poniendo los límites que nunca había puesto en el pasado. Y empezando a disfrutar con ello.
No sólo me veo bloqueado, sino que también me percibo actuando. Haciendo valer mi dignidad, a pesar de las malditas circunstancias. Y es verdad que “me veo”.
Pero veo también a mi hija, y veo lo mal que lo ha pasado. Y veo, también, a un padre valiente, con un par de huevos, enfrentándose con decisión a todas las amenazas que la doblegaron. Y veo una realidad que muta, que cambia, que se transforma en algo mejor y más seguro. Veo que aparece la esperanza, y cómo esa esperanza lo cambia todo. Y sé, con total seguridad, que ese cambio tiene que ver conmigo, contigo, y con todos los esfuerzos que hemos hecho juntos para sostener la dignidad, cuando todo estaba en nuestra contra.
Tú, yo y Dignidad, contra el mundo. Y, coño, lo hemos conseguido. Seguimos aterrorizados, con un miedo terrible a que todo lo que pasó retorne y convierta nuestra vida en un mal sueño, pero ahora sabemos que tenemos recursos de sobra para salir de las tinieblas. Los tenemos. Y todos esos recursos tienen que ver, también, con todos los esfuerzos que hemos hecho para sostener la dignidad que el mundo amenazaba, otra vez, con arrebatarnos ese precioso tesoro.
Levanto la vista y vuelvo a mirarte. Déjame que te diga que tienes una belleza sobrecogedora. Estás radiante, amiga, con ese vestido tan bonito y esas, ¿alas?
Quédate un ratito más aquí, conmigo.
Sin embargo, te elevas. No mucho, pero sí de manera suficientemente perceptible. Te mueves. Mueves las alas. Y yo tengo la seguridad de que eres más libre por momentos.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com

Te he leído entre lágrimas ¡Gracias!
Me gustaMe gusta
Gracias a ti por valorar el esfuerzo, Roxanadaz.
Me gustaMe gusta
A ti por valorar el esfuerzo!
Me gustaMe gusta
Ya disculparas Gorka pero como no sé enviar un comentario a tu blog te lo envío por aqui…
que preciosidad de escritos sobre la vergüenza, Gorka!! Muchas gracias por compartirlos y por darnos un poquito de luz y hacernos de espejo para que los demás tambien podamos empezar a ver esta parte nuestra. Un abrazo
Me gustaMe gusta
Gracias, Gemma. Me alegra un montón que hayas conectado con el texto. Para mí, la vergüenza es una de las emociones más difíciles de transitar, porque está íntimamente ligada a la desconexión. No obstante, se puede. Esta vez me salió bien. Gracias.
Me gustaMe gusta