Cosas de narcis

[…] Se trata de niñas y niños que crecen con la sensación de que el mundo es esencialmente peligroso, y que la única forma de protegerse pasa por convertirse en depredadores que tomen lo suyo, con 0 empatía hacia los demás, dado que vincularse afectivamente y recibir cuidados resulta inconcebible o de riesgo, al haber sido inviable en las etapas más frágiles de su infancia cuando su supervivencia dependía de eso. […]

Va a ser que somos tontos del culo.

No me digáis que no, pero, como normal general, el ser humano tiene una incapacidad total para apostar por soluciones que no tengan un carácter inmediato o, si te descuidas, para seguir un camino día tras día, año tras año, que no permita al gilipollas de turno presumir de resultados ante su séquito de tarados, o ante la audiencia clientelar que le mantiene en su sitio.

Os va a dar rabia escucharlo, pero hace tiempo que perdí la esperanza en que el ser humano pueda evitar el colapso ecológico del planeta, aunque todos veamos, con nuestros propios ojos, los efectos y cómo se desintegra. Sencillamente, la mayor parte de las personas —que somo las que sostenemos a los gobiernos— no podemos pensar, emocionarnos y sostener una decisión a largo plazo, menos aún, si el daño no va a afectar directamente a nuestras vidas, sino a las próximas generaciones.

Nos la pela, aunque sean nuestras hijas e hijos.

Y no es una cuestión de educación, colegas. Da igual que nos lo expliquen y lo experimentemos entre los dedos, porque tiene que ver con las limitaciones estructurales de nuestro propio cerebro. Sencillamente, la mayor parte de nosotras y nosotros somos tan estúpidos que no podemos ni imaginar suficientes relaciones entre variables,como para imaginar el despropósito que estamos promoviendo.

Pero, hala, a lo que vamos.

Los últimos posts que publiqué —el del liderazgo narcisista, y el del niño a quien nadie quería— reflejan una realidad que a todas y todos nos toca, y que a la mayoría de nosotros nos ha hecho mucho daño, como individuos y como colectivo. Porque, al final, las personas que ostentan el mando, en medianas y en grandes empresas, a nivel político e institucional, o en la maldita jefatura del estado, cumplen —en la mayor parte de las ocasiones— con los rasgos de personalidad de la tríada oscura (psicópatas, sociópatas y narcisistas).

Coño, que no hemos avanzado desde Fernando VII.

A fin de cuentas, para priorizar el ascenso en la escala social sobre los propios compañeros, sobre la empatía más básica y la calidad del trabajo realizado, hay que tener muy claro lo que uno quiere y dedicar un montón de esfuerzos esfuerzos a ello. Sobre todo, cuando el resto de aspirantes al ascenso son también depredadores, que no dudarán en poner una cara ante el público, y apuñalarte en las sombras, cuando todos se hayan ido.

Y así andamos todas y todos, jodidos. El que no ha tenido un superior de estos, ha vivido una relación traumática con un familiar o una pareja. La que no se ha visto humillada, sometida y traicionada por una supuesta amiga, ha visto como otra compañera de trabajo la calumniaba por detrás con el resto de empleados de la empresa.

Y la putada, la verdadera putada, es que esa peña no actúa sola. Sino que disponen de un ejército de lo que ha venido en llamarse “monos voladores” que no es más que la gente que le sigue el juego, haciendo el trabajo sucio sin mancharse las manos. Gente que ha elegido, por gusto o por miedo, alinearse en el bando de estos personajes, para recoger algunas migajas o esquivar las hostias.

Esto, al final, repercute en que estemos en una sociedad que tiene, per sé, características narcisistas. No es casualidad que el sistema socioeconómico predominante sea al capitalismo, y que la narrativa impuesta a todos los niveles pase por un mantra que se repite, ohhmmmmm, como pedo de cocido: “es lo que hay, tienes que adaptarte, es evidente que no se puede hacer nada en contra de ello”.

Mis cojones no se puede hacer nada.

Estas personalidades, en muchos casos —quizás no todos—, se constituyen en los primeros años de vida, entre los 0 y los 3 años. Y están relacionadas con madres y padres muertos afectivamente, que no pueden dar a sus hijas e hijos el calor que necesitan para sentirse amados, seguros y protegidos, produciéndose la paradoja de que las personas que deben proteger son, a su vez, las que pueden causar daño.

Se trata de niñas y niños que crecen con la sensación de que el mundo es esencialmente peligroso, y que la única forma de protegerse pasa por convertirse en depredadores que tomen lo suyo, con 0 empatía hacia los demás, dado que vincularse afectivamente y recibir cuidados resulta inconcebible o de riesgo, al haber sido inviable en las etapas más frágiles de su infancia cuando su supervivencia dependía de eso.

Es el arquetipo del tiburón que, nada más nacer, se lanza al mar a cazar lo que pille, confiando más en sus dientes que en una madre que nunca más volverá a aparecer, por mucho que la llame, y a la que vio perderse en el azul, quedándose sólo ante los peligros.

Y que ahora, por muy buenas que sean las ballenas que lo acojan, jamás —y digo jamás— podrá renunciar a su esencia depredadora, porque vincularse y recibir cuidados gustosamente le expone a pasar por lo mismo, y quedarse si cabe más expuesto. Así que quedan atrapados en un cuerpo de sangre fría, habiendo consumido —como en el cuento del niño a quien nadie— al niño herido que conecta con su vulnerabilidad, porque ya no les sirve para nada.

Y eso lo sabemos todas y todas los que trabajamos en salud mental y protección a la infancia.

Cojones. Que lo sabemos.

Por eso no entiendo por qué no se hace una mayor inversión en apoyar a la primera infancia y en programas basados en la evidencia que pueden ayudar a estas familias y a sus pequeñas y pequeños a salir adelante. No entiendo por qué los profesionales que curramos en esto no estamos más formados para detectar e intervenir con estos perfiles —que mientras dan tan buena imagen hacia fuera, se transforman en lobos con los de dentro—, o porqué se cuestiona tan vehementemente por la masa aborregada las decisiones de protección a la infancia que van en la línea de proteger a estas niñas y niños del daño que les hacen sus progenitores, que, a las luces de los focos, aparentan ser las víctimas perfectas.

Os lo digo yo. Por la estupidez humana.

Porque somos más cortos que la picha de un mosquito.

Porque somos incapaces de pensar y sentir más allá de lo evidente. Y de hacer una maldita planificación a largo plazo. Porque nadie tienen los santos ovarios o los santos huevos de promover un pacto de estado de protección a la infancia —si así puede llamarse— que ayude a erradicar estos problemas. Problemas que no son baladíes ni individuales, joder, sino que nos llevan a todas y todos, en bloque, con suerte, a la maldita ruina o a que nuestras hijas e hijos sufran la misma mierda porque “así es la vida”; y sin ella, a la más absoluta degradación o extinción de la especie humana.

Pero, mierdas en vinagre, conocemos el camino.

¿Y nos vamos a quedar igual?

Al menos, dejad que os llame estúpidos.

Imbéciles, en el sentido etimológico del término.

Bobos. Con ambas bes en mayúscula, para que suene como me sale desde dentro.


* NOTA IMPORTANTE

Por responsabilidad, y a la luz del comentario de un contacto que me ha hecho sentir aludido, edito el texto porque creo que debo hacer una matización importante.

Creo que debemos ser prudentes a la hora de emitir juicios de valor que impliquen diagnósticos, tal y como he hecho yo, sobre trastornos de la personalidad.

Decir que, en ningún caso, mi intención ha sido hablar de diagnósticos —aunque, sin duda, eso es lo que he dado a entender y he hecho— sino de características de la personalidad muy comunes que se relacionan estadísticamente con la negligencia, abuso y maltrato, durante las etapas más tempranas de la infancia.

No me retracto del contenido esencial del artículo, porque sigo creyendo que es acertado, pero sí es verdad que el enfado me ha llevado a utilizar determinadas etiquetas diagnósticas como insulto, y eso es algo que nunca, repito nunca, debería haber ocurrido.

Gracias por ayudarme a verlo, Ps Esteban Gómez Muzzio.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

4 comentarios en “Cosas de narcis

  1. Arantza

    Aunque es doloroso leerte, que reconfortantr a la vez saber que hay alguien más emitiendo este mensaje.
    Las ballenas me parece que estamos demasiado dormidas y nos pasará una factura impagable, como la herencia familiar y la Historia ya se han encargado de contar.

    Me sumo. Al menos en mi pequeño entorno, haré todo lo que esté en mi mano.

    Gracias, una delicia leerte siempre.
    Arantza

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    1. Gracias, Arantza. Lo que yo creo es que, cuando se trata de personas tan rotas, no vale con una intervención de carácter individual. Es necesario apostar por medidas de mayor intensidad y calidad en el sistema de protección a la infancia que, lamentablemente, sigue teniendo el estigma de contener servicios de segunda categoría y apenas relevancia, cuando su éxito o fracaso afecta directamente a la calidad de vida de la sociedad en su conjunto. Abrazo!

      Me gusta

  2. Creo que es importante colocar aquí esta reflexión que Carla Saninas ha hecho en otro foro. Me parece especialmente acertada. Copio y pego:

    «Hola,
    Emmm… ¿Esta comprobado que la mitad o la mayoría de quienes tienen una mediana o grande empresa son psicópatas, sociopatas o narcisistas? ¿Entonces los que tenemos una peque a empresa y queremos llegar a una mediana será que estamos formándonos como psicópatas, sociopatas o narcisistas? ¿Los que quieren ser políticos para cambiar el mundo, los que sueñan con hacerlo, les llevamos ya a salud mental? Para prevenir digo. Lo siento, es que me parecen unas afirmaciones muy peligrosas 😔
    ¿Te refieres a estos perfiles entendiendo que son personas que tienen un trastorno mental?
    Lo comento porque encuentro que últimamente se usa mucho esto de decir «narcisista» a las personas como si fueran poco menos que escombros que deberían desparecer y olvidando que no dejan de ser personas con una historia y uno o varios trastorno.
    (Me avanzo: esto no significa que defienda sus actos, simplemente expongo que hay unos criterios diagnósticos y que necesitan ayuda como cualquier otra persona que tenemos un trastorno).
    Conozco muy pocos narcis, al menos que estén diagnosticados, y lo pasan realmente mal. Para ellos, igual que para otros, no es fácil sobrellevar la situación. Al final tienen un trastorno y son criminalizados a nivel social, usando el diagnóstico de cualquier forma. Y necesitan apoyo de especialistas en personalidad, etc.
    Precisamente, los que conozco no están ni lo estarán (al menos a corto plazo) subiendo en la escala social y más bien son mileuristas rasos con grandes problemas y están más solos que la una y lo pasan mal.
    Lo que sí, Gorka, encuentro un juicio muy bestia decir que sus padres están MUERTOS AFECTIVAMENTE, me parece algo tan doloroso, un juicio taaaan sentencioso… ¿Y si no pudieron darle esa afectividad? Personas con enfermedades, trastornos, creencias que dificulten un acompañamiento, etc. Hay tantas circunstancias que pueden hacer que unos padres no puedan estar por sus hijos a nivel emocional, que presuponer que estan muertos por dentro, me parece demasiado.
    No sé qué experiencias has vivido con los narcis, etc.. solo doy mi opinión. 🙈,
    Acabo de leer tus última líneas sobre los diagnósticos, y creo, honestamente, que entramos en una hipocresia que hace daño.
    Usar un diagnósticos y decir que no hay intención de usarlo, solo de describir una personalidad, no tiene sentido, al menos para mí. Básicamente porque cuando dices que estás describiendo una personalidad, por las características que se describen, se describe una persona con un trastorno. Esa es la «gracia» de los criterios diagnósticos, que describen unas características. Entonces no soy capaz de vez que diferencia hay entre la descripción de características que dices y las que se describirían en el diagnóstico (no sé si me explico).
    Suena un poco a que el fin a justificado el medio.
    Entiendo tu post, y a lo que te refieres, pero no estoy de acuerdo en criminalizar a nadie ni a los de la tríada (que el nombre ya deja que desear) ni a sus familiares (los muertos afectivamente).
    Incluso en salud mental, estamos jerarquizados, hay personas de primera y de segunda. Y veo que «la tríada», junto con otros perfiles, son de segunda.
    ¿No será que se les está mirando por encima del hombro?
    Lo que deberíamos preguntarnos si es también una forma de capacitismo y narcisismo neuronormativo.
    Y si con esa mirada realmente podemos ayudar a sus familias y a ellos mismos con los profesionales adecuados.»

    Gracias, Carla.

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  3. Pingback: Cosas de narcis — educación familiar – Apasionado de los Deportes

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