La manta mágica: la disociación explicada a niñas y niños | parte 1

[…] Sentía un peso en su frente, una bola en el estómago, y el mundo parecía ir despacio, a cámara lenta. Era como si todo fuera hubiera dejado de ser real y, ahora, se pareciera más a una película. Pero, a pesar de todo, no se estaba tan mal ahí, cubierta por esa manta tan rara. […]

No podía creer lo que le estaba pasando.

Desenterrar el cofre había sido complicado. Estaba tan profundo que la tierra era tan dura como la piedra. Pero, ahora, parecía imposible abrirlo. Y eso que no tenía ningún candado ni ninguna cerradura. Probó con las uñas, haciendo palanca con un palo, golpeándolo con una piedra, y lanzándolo desde las alturas contra el suelo. Y nada, seguía intacto y tan hermético como al salir del agujero.

Se sentó un rato a pensar, agotada. Miró la madera vieja, mohosa, y el metal oxidado que la unía.

«¿Cómo es posible? Debería ser más fácil acceder al tesoro que lleva dentro.»

Lo tomó en brazos, y pensó que, si así lo quería el objeto, quizás lo mejor sería no forzarlo.

«Las cosas no oponen resistencia sin motivo», se dijo.

De repente…

¡Clic! Y un aroma a setas recién cortadas.

Miró hacia abajo y ¡el cofre estaba abierto!

Dentro no había ningún tesoro. Ni monedas de oro, ni joyas, ni piedras preciosas. Sólo una manta gris y sucia.

«No fastidies», pensó, «¿para esto tanto esfuerzo?»

Como la noche era fría y tenía que volver a casa, Nora se echó la manta por encima de los hombros y de la cabeza, de manera que le cubría todo el cuerpo, salvo un agujerito delante de los ojos con el que podía ver el mundo como a través de un túnel.

Lo primero que le sorprendió es que no daba nada de calor, sino que le dejaba la piel bien fría, como si no hubiera sangre bajo ella.

«Qué raro… Me esperaba justo lo contrario.»

Sentía un peso en su frente, una bola en el estómago, y el mundo parecía ir despacio, a cámara lenta. Era como si todo fuera hubiera dejado de ser real y, ahora, se pareciera más a una película. Pero, a pesar de todo, no se estaba tan mal ahí, cubierta por esa manta tan rara.

Al salir de la playa, se cruzó con su amiga Clara.

«¡Hola, Clara!», quiso decirle, pero había como un tapón en su garganta. Intentó quitarse la manta, pero pesaba como el plomo, y se agarraba a ella como una mordaza.

Clara pasó a su lado sin verla. Como si fuera invisible. Y continuó su camino como si nada.

«¿Qué más da?», pensó Nora. En mi manta me siento bien. Aquí nada me puede hacer daño. Estoy segura.

Llegando a su casa, se encontró con Mikel y Ekaitz, que eran hermanos y siempre le trataban muy bien y de manera muy atenta.

«¡Hol…!», algo le tapaba la boca y le hacía sentir que no estaban en el mismo plano de la realidad, sino en un mundo a parte.

Se acercó a ellos, y les saludó tímidamente, con la manita, pero los hermanos le atravesaron con la mirada. Era como si no estuviera allí. Como si fuera un fantasma.

«¿Qué más da?», volvió a decirse Nora. En mi manta estoy bien. Si nadie me ve, nadie puede hacerme daño. Si tengo mi manta mágica, no necesito a nadie.

Llegó entonces a su casa. Cerca de la puerta pudo quitarse la manta sin problema. Al sacársela, pudo oler el guiso que estaba haciendo su Aita y, de repente, le entró hambre. También pudo sentir el calorcito de la calefacción que se colaba por debajo de la puerta.

«¡Qué gustito!», se dijo frotándose el cuerpo y llenándose de vida.

Levantó para tocar el timbre y…

«¡Oh!»

«¡No puede ser!»

No llegaba. Había menguado. Ahora era bastante más pequeñita.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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