Primera adolescencia: periodo crítico para el desarrollo de trastornos de la personalidad 

Para las niñas y niños vulnerados, la primera adolescencia es un momento clave para girar el timón hacia la tormenta, o hacia el huracán.  

A ver, esto es una paja mental.  

Nada nuevo, como la mayor parte blog.  

No tengo nada en contra de las pajas. Faltaría más. Pero igual nos toca definir así, por encima, qué es una paja mental. Para que nos entendamos. Ya sabéis.  

Una paja mental es una teoría que nos hemos montado en la cabeza, y en la que confíanos para nuestra práctica profesional. Pero es una teoría que no hemos leído en ningún sitio, aunque cuadra con las observaciones reiteradas que hacemos de la realidad.  

Es decir, es una formulación sin base científica —o igual sí— pero en la que, por movidas del destino, tendemos a confiar.  

A veces, pienso que gran parte de mi conocimiento está basado en pajas mentales, lo cual, no sé si me deja en buen lugar.  

Pero, vamos, al turrón.  

Ya sabéis que yo trabajo con niñas, niños y personas adultas gravemente vulneradas. Pues bien, intuyo que hay un momento crítico en su desarrollo —que sitúo en la primera adolescencia— en el que las estas personas pueden seguir en camino de la neurosis, o acabar desarrollando un trastorno de la personalidad.  

Vamos a ver si me consigo explicar.  

Las niñas y niños que son severamente vulnerados en la infancia, suelen recurrir a la disociación para sobrevivir. Es decir, que se produce una ruptura radical entre sus partes protectoras más funcionales, que en la teoría de los sistemas de la familia interna (Schwartz, 2015) se denominan “directivas”, y las partes protectoras que se hacen cargo de las crisis, de sus máximos temores, y que se mantienen alerta ante estos peligros, y que en esta teoría se denominan “apagafuegos”.  

Es como si poco a poco, maltrato tras maltrato, victimización tras victimización, se fuera produciendo una ruptura de la personalidad. La identidad queda fracturada. Es como si dentro de una persona convivieran diferentes personajes, conectados y desconectados del dolor, entre los que apenas existe comunicación.  

Esta ruptura es un recurso para sostener cierta imagen positiva de uno mismo, apartando, encapsulando o escindiendo los aspectos intolerables de la propia personalidad: “yo soy bueno, no me acuerdo de lo que ha pasado, no lo puedo ver”.  

La cosa es que llegados a determinado punto, existe un conflicto entre esas partes, para decidir quién va a gobernar.  

Si son las partes más funcionales o fáciles de aceptar, el coste en términos de vergüenza y energía será brutal. La persona acepta, de alguna manera, su vulnerabilidad, la responsabilidad de sus actos, produciéndose una lucha interna que satura al sistema nervioso de tensión.  

«No me gusta como soy; no quiero ser así.» 

«Soy malo, porque hago daño a las personas que quiero.» 

«Cuanto más me esfuerzo por hacer el bien, más daño hago a los demás.» 

Por eso, muchas personas se giran hacia el lado oscuro, desarrollando un trastorno de la personalidad.  

Para los que no sabéis nada sobre esto, un trastorno de la personalidad acontece cuando la persona se identifica con las partes protectoras apagafuegos, llegando a creerse que ella es así. Lo que ocurre, es que estas partes protectoras están fijadas en unos niveles de activación extremos, y perciben el mundo como potencialmente peligroso, amenazante e incluso letal. Por eso, se mantienen todo el rato presentes, protegiendo, a lo loco, sin poderse relajar.  

Y por eso, justo por eso, las personas con un trastorno de la personalidad tienen severas dificultades para asumir su responsabilidad. La culpa siempre es de los demás porque perciben como potencialmente dañinas las relaciones con otras personas. Y es que, nunca, o casi nunca, pudieron confiar en nadie que les mirara bien.  

Un trastorno de la personalidad no es sólo uno de los últimos baluartes de la autodefensa, sino también una forma desesperada de protegerse de la vergüenza —”soy un mierda”— y del esfuerzo de mantener a raya a esas partes protectoras que desagrada ver —“a tomar por culo, Manolo, yo soy así”—, logrando cierta paz y equilibrio a costa de los demás.  

Vale, ya tenemos dos rumbos definidos, y a la primera adolescencia como momento clave en el que hay que girar el timón, hacia la tormenta o hacia el huracán.  

¿Qué marca la diferencia? 

En la narrativa de las personas a las que atiendo hay un elemento clave. Lo digo para que lo tengáis en cuenta las profesionales y los profesionales que acompañáis a estas niñas y niños que, todavía, pueden creerse que son buenas personas, a pesar de lo que les ha tocado sufrir: la presencia de personas significativas que les acepten con sus claros y oscuros, de manera incondicional.  

Hostia, colega.  

Eso implica entender por fuera, por dentro, desde lo más profundo del corazón, que el comportamiento desajustado de estas chicas o chicos, es una forma de protegerse, y no su esencia o un aspecto de su personalidad. Que ellas y ellos son más que su dolor y los ajustes creativos que han podido articular para sobrevivir.  

Y que nos gustan al completo, así, con su oro y sus mierdas, porque, me cago hasta en mis muertos, no han tenido otra forma de sobrevivir.  

Eso marca la diferencia. Un leve toque en el timón.  

Marca una diferencia en términos de salud mental. Porque, si se mantienen en contacto con su vulnerabilidad, alguien, algo, podrá reparar. Y, sobre todo, no transmitirán a las siguientes generaciones parte del dolor que han podido padecer.  

Eso sí, jodidos van a estar. Igual.  

Pero si rechazan su responsabilidad y vulnerabilidad, porque nadie les supo o les pudo dar una mirada comprensiva sobre ellas, ojo, porque se van a convertir en una piedra en el zapato para toda la sociedad. Una piedra que va a costar dios y ayuda sacar, porque se ha creído que su esencia, su maldita esencia, es protegerse, sin poder considerar las necesidades de los demás y, en consecuencia, dañándolos sin atisbo de reparación ni piedad.  

Pero no porque sean malas personas, no. Muy en lo profundo sigue ese yo empático, sensible y curioso hacia la realidad de los demás. Pero tapado por toneladas de dolor, porque se han creído que son basura, y que el mundo sólo puede ser agresivo, rechazante y hostil. Y porque llegar ahí implica asumir cotas de dolor que nadie, en su sano juicio, puede tolerar.  

Imaginad las consecuencias para sus hijas e hijos todavía no nacidos. Imaginad.  

Hostia. Menuda responsabilidad.  

¿Estás de acuerdo? 

Puedes responder con fuentes, argumentos, o con otra pajilla mental 😉 


Lecturas recomendadas:  

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon 

GONZALO MARRODAN, J.L. (2015). Vincúlate: relaciones reparadoras del vínculo en niños adoptados y acogidos. Bilbao: Descleé de Brouwer 

BATEMAN, A. y FONAGY, P. (2016). Tratamiento basado en la mentalización para los trastornos de la personalidad. Bilbao: Deslee de Brouwer 

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

2 comentarios en “Primera adolescencia: periodo crítico para el desarrollo de trastornos de la personalidad 

  1. Sylvia Esteban

    Tu paja mental es mi paja mental… basada en la observación y la experiencia.
    He podido comprobar cómo de los 12 a los 14 años hay un giro en estxs preadolescentes hacia la escisión de la realidad por insoportable o inasumible.
    Hubo una persona, a la que conocí desde los 13 años, que a sus 19 y antes de aparecer muerto en “extrañas circunstancias” la última frase que me dedicó fur “nunca se olvida a las personas buenas”… lo llevo grabado a fuego, no podemos salvarles de sí mismxs, pero si encuentran alguien incondicional independientemente de las conductas que lleven a cabo y atendiendo a las necesidades más profundas y particulares (sin que ello sea bailar el agua, con sus confrontaciones desde el vínculo por supuesto) pueden ser conscientes de algunas cuestiones, como que en el mundo a parte de hostilidad hay aceptación y cariño.
    Yo no me bajo de este carro, sorry, y me da igual que haya quien piense que soy blanda en mi trabajo, no soy inflexible, que es distinto.
    Un saludo Gorka, y gracias por estar ahí con tus pajas mentales.

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  2. Totalmente de acuerdo con la pajilla. Para mí hay un punto de inflexión justo en esa preadolescencia, se encuentran entre la tierra y la voladura absoluta para no sufrir. Si conseguimos traerles de vuelta, aún con mucho trabajo y cuestiones varias a seguir tratando posteriormente, creo que se quedan con nosotrxs, pisando firme

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