Para sobrevivir, levanta ese banco | una historia de acoso escolar

[…] —A ver si puedes levantar ese banco —dijo uno de ellos—. Si lo consigues, no te haremos nada. Si no, ya veremos. […]

Uno de mis primeros recuerdos en el cole es padecer acoso. 

Así lo recuerdo.

Tendría 4 o 5 años. Lo sé porque, en mi colegio, infantil y primaria se dividían en dos patios diferentes, y tengo situado perfectamente el lugar donde me ocurrió.

Andaba yo sólo por ahí. De repente, tres matones se me acercaron. 

—¡A ése, a ése! —les escuché decir, anticipando algo malo. 

Sentí miedo. 

—Ven aquí, que queremos ver cuánta fuerza tienes —dijeron, mofándose con malicia. 

Fui como un corderito al matadero.

—A ver si puedes levantar ese banco —dijo uno de ellos—. Si lo consigues, no te haremos nada. Si no, ya veremos.

Era un banco de cemento, firmemente anclado al suelo.

Me agaché y anclé con firmeza las manos. Respiré profundo, y empujé con todo el cuerpo. 

Nada. 

—Vas a tener que hacer más fuerza —dijo otro, mientras sus amigos se reían. 

Sentí un fuerte calor por dentro. En mi imaginación infantil, saturada de superhéroes de dibujos animados y saturado de cortisol y endorfinas, me parecía posible. 

Así que volví a colocar las manos. Inspiré profundo y… hice toda la fuerza que podía. Un rato largo. Creo recordar la congestión de la cara, y el dolor en la espalda y las manos. 

Pero nada. 

No lo había conseguido así que, ahora, iba a pasar algo malo. 

Uno de ellos me dio una colleja.

—Mañana volveremos a intentarlo.

Y tal y como habían venido, se marcharon. Dejándome sólo con mi humillación, en medio del patio. 

Volví a clase, esperando que no se repitiera el incidente. 

Pero, al día siguiente, mis esperanzas se frustraron. 

Otra vez la mima historia. Ellos amenazantes, riéndose, tratándome como un objeto para su disfrute. Y yo haciendo fuerza, y con cada empujón sintiéndome más pequeño, más vulnerable y más humillado. 

Era una situación sin salida. 

No podía pedir ayuda. Chivarse es de cobardes. Y preveía que si recurría a otros niños, no me iban a ayudar porque el enemigo era demasiado fuerte. 

No podía pelear. Eran demasiados, y demasiado grandes. 

No podía escapar. Algo me decía que, de hacerlo, me iban a buscar e iban a ser más crueles conmigo. 

O, al menos, así lo sentía.

Así que hice lo que pude. Empujar y comerme los hígados yo sólo. 

Mi mente voló a un mundo paralelo: el lugar que había empezado a vislumbrar con los primeros esfuerzos, donde yo era alguien fuerte, con superpoderes, que sí era capaz de superar el reto. 

Colocaba las manos en la piedra y al empujar mis músculos crecían. Los dedos perforaban el cemento, y levantaba el banco sobre mi cabeza. Los matones, al ver mi proeza, se quedaban petrificados. Yo disfrutaba de su miedo. Y cuando más cagados estaban, lo estampaba contra un muro, muy lejos de ellos. 

Corrían y no los volvía a ver. 

Era glorioso. 

En mi imaginación era fuerte. El puto amo. 

Y hasta aquí, todo bien. Me he presentado como una víctima, y este rol nos mola a todas y todos. 

Lo que no sabéis es que yo también he hecho daño a mis compañeros. 

Porque esta estrategia DISOCIATIVA tiene una doble cara. Por un lado preserva nuestra autoestima y nuestro orgullo, pero por otro lado nos invita a hacer daño. A hacer realidad ese monstruo que ruge, que es invencible y que amenaza con hacer daño, para así permanecer protegidos o, lo que es lo mismo, en el bando de los malos. 

La realidad es muy jodida. Por muchas heridas, me fui convirtiendo en algo parecido a esos matones que hacen daño. Y en algún momento, fui —sin ambages— uno de ellos. 

Permitidme que no cuente eso. Me sigue avergonzando demasiado. 

Pero, con independencia de a quien haya afectado mi historia, y de cómo se cuente en otras tierras, yo nunca fui malo. Sólo un niño herido que se estaba protegiendo. 

Esa es la mirada que trato de trasladar a la infancia vulnerada, con la que ahora trabajo. 

Al menos, he sabido dar vuelta a la tortilla. 

Ahora ya no sólo siento vergüenza y remordimientos. También me siento fuerte y estoy orgulloso. 

De hacer daño, también se sale.

Pero, a veces, toca recordarlo.


Referencias:

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SILBERG, J.S. (2019). El niño superviviente: curar el trauma del desarrollo y la disociación. Bilbao: Desclée de Brouwer

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria

VAN DER KOLK. B, (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Eleftheria: Barcelona


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

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