El ramo perfecto

Nos perdemos muchas de las experiencias que les acercan al mundo de los cuidados.

Ayer, antes de ir a la playa, nos pasamos a ver a nuestros amigos, los caballos.

Cuando nos acercamos al recinto, Amara descubrió unos brotes muy frescos.

Tenemos hablado que a los caballos les gusta más la hierba muy verde y fresca, así que ella elige las mejores plantas para darles de comer.

Sin que yo le diga nada, decidió seleccionar y recoger las mejores plantas, las mas ricas, para ellos. Que los pobres no llegan.

Poco a poco, fue construyendo un ramo que te cagas. El más grande que nunca había hecho.

Cuando lo tuvo listo, se acercó al cercado y empezó a agitarlo en el aire.

—¡Brisaaaa! ¡Flechaaaaa! ¡Aita Caballooooo!

Ni caso.

Normalmente vienen a vernos. Saben que les damos cosas ricas, y se dejan acariciar un rato. Pero esta vez, nada. A lo suyo.

—Grita más, que igual no te han oído —le dije.

—¡Flechaaaaaaaa! —repitió, con toda su fuerza.

Nada.

Igual es que me conecta con algo o, yo que sé, que estoy muy blandito. Pero reconozco que sentí una gran tristeza. Pobrecita, con lo que se lo había currado.

—Igual han comido mucho, o han tenido mucho mimito —aclaré, intentando atender en ella una tristeza que probablemente no sentía.

Se quedó mirando hacia los caballos, con el ramo en la mano.

Yo, en silencio. Posándole una mano en el hombro.

Cada uno, a lo suyo.

De repente, ella metió el ramo por el enrejado. Y la otra mano, por el agujero contiguo.

Sin decir nada, se puso a desmenuzarlo. A hacerlo trocitos, y dejarlos caer DENTRO.

Yo miraba, atónito.

De repente, un flechazo de ternura me hizo temblar por dentro. Estaba dejando la comida allí, preparada, para que pudieran disfrutar de ella LUEGO.

Dejé que terminara. Algo me decía que era importante para ella.

—Me parece que has tenido una idea estupenda —le dije, al acabar—. Así cuando les apetezca, pueden venir hasta aquí. Seguro que les gusta mucho.


A muchas y muchos os parecerá una anécdota sin importancia. ¿Por qué escribes sobre esto?

Porque se trata de ese tipo de experiencias maravillosas que a los adultos normalmente nos pasan desapercibidas.

Buenas decisiones que les hacen sentirse parte del MUNDO DE LOS CUIDADOS.

Pasan todo el rato, y nos las perdemos.

Y al perdérnoslas, lanzamos un mensaje envenenado hacia nuestras hijas e hijos: que eso, que tan íntimamente han sentido, no merece la pena. Que son tonterías. O que no tiene sentido.

Cuando en realidad, son las experiencias a las que en algún momento podrán VOLVER, para sentir que valen, y no quebrarse por dentro.

Estar presentes, se llama. Entre otras cosas, para ayudarles a dar valor y fijar el recuerdo.

Para disfrutar de cuidarse, y de cuidar del resto.


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka Saitua

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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