Paella y ensalada familiar

Simplificando mucho, existen dos formas de concebir la educación familiar: como una paella y como una ensalada. Espera, que te lo quiero explicar.

Mis amigos me dicen que hago unas paellas increíbles. Y es verdad.

Tengo dos especialidades: la de pollo, y la de marisco. A mí me gusta más la de pollo, pero siempre acabo cocinando la de marisco, bajo presiones y “amenazas” de Mariña, mi mujer.

Son recetas cerradas. No innovo nunca. Llegar a ellas fue el resultado de años y años de perfeccionamiento: análisis meticuloso de productos, nuevas combinaciones, añadiduras y eliminaciones de ingredientes… para llegar a la PER-FEC-CIÓN.

También tengo un amigo, Mantxón —a quien aprovecho para saludar desde aquí—  que es un maestro de las ensaladas.

No sé qué narices les hace pero, eche lo que le eche, ponga lo que ponga, acaba creando un plato brutal. Es magia. Una amiga nuestra dice que “adorna las ensaladas” porque le quedan preciosas. Y todo ello sin esfuerzo, porque le sale natural.

Cuando empecé a trabajar en protección a la infancia, en el año 2002, el modelo predominante en el trabajo con niños, niñas y adolescentes vulnerados y con sus familias, era “el de la paella”.

De una manera implícita, se partía del presupuesto de que existían familias funcionales y disfuncionales, y que su funcionalidad podía medirse o determinarse a través de las cosas que hacían o que dejaban de hacer.

Es decir, se partía del presupuesto de que existía una receta que identificaba con claridad los ingredientes y el proceso que las familias “de bien” debían cumplir para que los hijos e hijas tuvieran lo que debían tener. Y nuestro trabajo era, en consecuencia, ayudar a esas personas a que llegarán lo más cerca posible de esa perfección.

Presuponíamos que nuestra paella, de pollo o marisco, era la mejor, porque habíamos estudiando mucho los ingredientes que hacían falta. Y si faltaba cebolla, la añadíamos; si era necesario, enseñando a los cocineros a cultivarla o seleccionarla en el mercado. Como DEBÍA ser.

Había ingredientes que sí, e ingredientes que no. Sí a la cebolla, no al chorizo, y nunca mezclar carne y pescado. Por el amor de Dios.

Todo bien ordenado. Primero el fumet, y el sofrito y luego el arroz. Valenciano, a poder ser.

Poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que nuestra receta, tan rica y elaborada, con tantos años de dedicación, no servía para todo el mundo. Por mucho que insistiéramos en los tiempos de cocción, y en el orden de los ingredientes, a algunos se les quemaba y a otros les quedaba “pasao”.  Sencillamente, había personas a quienes no se les daba bien ese plato.

Sin embargo, una ensalada es algo muy curioso ¿alguien la puede definir?

Las hay frías y calientes, con lechuga y sin ella, con tomate y sin él, aliñadas con aceite y vinagre y con las salsas más peculiares.

¿Qué tienen todas ellas en común?

Yo diría que hay algo de verdura y/u hortalizas, cualquier otra cosa, y un aliño que le queda más o menos bien. Pero no lo tengo muy claro. A fin de cuentas, una menestra cumple los mismos requisitos, pero no lo es.

Sea como sea, una ensalada es algo que siempre se puede adaptar a los gustos culinarios de cualquiera; que raro es el día que abres la nevera y no te la puedas hacer.

Y representa bastante bien la educación familiar que me gusta, y que — con más o menos acierto— trato de practicar.

Porque, en una ensalada, no hay ingredientes buenos y malos, sino que valoramos el sabor que, combinados entre sí, pueden tener. En una intervención familiar, que es muy compleja, tampoco podemos hablar de potencialidades ni limitaciones, factores de protección o de riesgo, sino un equilibrio, más o menos rico, que entre todas y todos, han sabido construir.

Porque, nuestras ensaladas, no hay ingredientes fijos o una receta con la de cumplir. Como en una educación familiar sistémica, en la que abrimos la nevera y experimentamos con los recursos y las posibilidades que, en este momento y lugar, están disponibles o pueden funcionar.

Porque, con la ensalada, se experimenta. Se añade, se quita, se prueba, y se hacen otras combinaciones, con la confianza de que, con esos ingredientes, que son buenos, nada “muy malo” puede salir. Y que, si por lo que sea, se joroba un poco el plato, rápidamente se puede reconstruir.

A fin de cuentas, la paella se hace sólo en las grandes ocasiones; pero una ensalada siempre está disponible para jamar.

Lo malo es cuando está preparando una de sus ensaladas maravillosas y salta el amigo petardo, que soy yo, a presumir.

—Sí, tu ensalada está muy buena. Pero acuérdate de mi paella del 2002.

Tu ya me entiendes, ¿verdad?

Shhh! No le digáis nada a mi amigo. Pero tiene más mérito que yo.  El muy cabrón.


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

2 comentarios en “Paella y ensalada familiar

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