En un bar gay | sobre la necesidad de escuchar al cuerpo

Os cuento cómo mi experiencia en un bar gay me ayudó a sentir más íntimamente el sufrimiento que padecen las mujeres. No es lo que parece… ¿o sí? 

Os voy a contar una cosa. Pero tenéis que ser buenas/os conmigo, porque me hace sentir especialmente mezquino.

¿Lo prometéis? Vale. Pues venga. A la piscina.

Me pasó hace 10 años, cuando mi mujer y yo todavía estábamos conociéndonos.

Un día, salimos de fiesta por el barrio de Chueca, en Madrid. Este barrio es conocido por ser la zona de ambiente gay de Madrid.

Salimos con un par de amigos de ella a tomar unas copas y echar unas risas. Primero, estuvimos en los típicos bares de poteo de la capital. Ya sabéis, cañas, vermouth, y bocatas de calamares. Buena mierda.

Entonces, los amigos de ella propusieron ir a un bar de copas. Era de ambiente homosexual.

Nunca se lo he dicho a ella. Así que va a flipar pepinillos en colorines cuando lo lea. Pero la cosa es que, al entrar, sentí miedo. No pánico, ni un miedo que pudiera resultar evidente. Pero sí esa sensación de activación general e hipervigilancia que aparece cuando ingresamos en un entorno [potencialmente] peligroso.

Disimulé bien. A fin de cuentas, la emoción no había superado mi ventana de tolerancia. Mi córtex prefrontal me podía seguir recordando que todo eso era una estupidez, y que me encontraba en un lugar seguro.

Pero la cosa es que me sentía expuesto. Yo, hombre heterosexual, de pelo en pecho —no mucho—, me sentía vulnerable ante la posibilidad de que algún hombre se acercara y quisiera entablar contacto romántico o sexual conmigo.

Qué queréis que os diga. Es lo que sentí. Y a los sentimientos no hay que juzgarlos.

Nos negamos a escuchar lo que dicen nuestras emociones, porque su contenido no es lógico ni racional.

Hoy, en cambio, echo la vista atrás y me reencuentro con esas sensaciones. Y me pregunto de dónde venían. Qué hacían ahí. Y qué querían decirme a través del cuerpo: rostro frío, debilidad en las piernas, nudo en el estómago, espalda y brazos contraídos, casi en posición de defensa.

Y me doy cuenta de una cosa.

Creo que mi miedo tenía que ver con el hecho de que me había situado, de repente, de manera repentina y simbólica en el lugar en el que normalmente os encontráis las mujeres. Era como si de repente hubiera dejado mi base segura como hombre heterosexual joven, y estuviera expuesto a los mismos abusos y tropelías que diariamente sufrís vosotras.

Quizás esperaba ser víctima de el trato que habitualmente recibís, y que todos y —un poco menos todas— hemos normalizado. El mismo trato que yo había dado a otras mujeres indirectamente, al tratarlas en las conversaciones con mis amigos como meros objetos sexuales, sin mente ni derechos. Y eso… verme así… era justo lo que me daba miedo.

Y es que sólo a través de nuestra propia vulnerabilidad podemos tomar conciencia del sufrimiento que padecen otras personas.

No lo olvidemos. Todas las emociones quieren decirnos algo. Y normalmente se trata de algo importante.

¿Las escuchamos lo suficiente?


PD. Lo que pasó dentro del bar fue curioso. Pero esa es otra historia 😜


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. He trabajado desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

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