Después del ataque

[…] Ayer un perro atacó a mi hija. Un maldito Malinois. […]

Ayer un perro atacó a mi hija. Un maldito Malinois.

Fue un ataque en toda regla, repentino, violento, aunque no hubo heridas. Creo que, en la confusión del momento, el perro atacó al pelo en vez de a la carne, y eso le dio tiempo para que apareciera el gilipollas del dueño y contuviera la situación.

No me pidáis que sea comprensivo ni con el perro, ni con el dueño. Los hubiera matado a los dos.

Imaginad el pánico de una cría de 8 años, atacada por ese onstruo. Me importa tres pepinos que no hubiera daños físicos. La sensación es de muerte inminente. Y me la pela si el perro quería jugar, matarla o echarle una partida al tetris.

Pasó terror.

Hoy está más o menos bien. Ha ido al cole contenta y, aunque ha estado más sensible ante los perros, no ha habido una respuesta defensiva desproporcionada cuando se ha encontrado con alguno de esos animales.

Menos mal.

Nos hubiera venido francamente mal el trauma ahora Andamos pasando una época sensible y dura, y nos vendría de pena que la vida se nos complique más.

Sea como sea, me apetece hablar de los factores de protección que se pusieron en marcha ayer. De los que dependieron de la situación y/o de nuestra actuación. No para presumir —de gilipollas está el mundo lleno y yo no soy una excepción— sino para ser didáctico en relación a lo que puede ayudar en la gestión de sucesos potencialmente traumáticos.

Porque, a veces, no es lo que el cuerpo te señala como lo mejor.

Lo primero es que la niña corrió. Correr no es la mejor idea frente al ataque de un perro, porque puede estimular su instinto agresivo o cazador, pero, aunque puede estimular el ataque, también puede proteger al sistema nervioso.

Porque Amara hizo algo maravilloso: huyó y gritó. No se quedó parada, salió como un resorte, de manera desorganizada, sin saber hacia donde ir, hasta que su padre la interceptó.

«Quizás, gracias a que corriste, evitaste el bocado. Qué bien que corrieras, que te movieras, porque se lo pusiste francamente difícil al animal». Todavía no se lo he dicho, pero igual se lo tengo que decir.

Y esa es la segunda cosa bonita. Hubo huída y acceso a un refugio medianamente seguro.

—Ya pasó, Amara, Ya pasó. Estás a salvo —le dije, mientras aparecía el p*uto dueño, y mi mujer gestionaba la situación con él, revisando si la niña estaba herida o marcada.

Ojo. Muy importante esto. Estábamos los dos. Yo podía estar a ser refugio, mientras ella gestionaba la situación. No siempre hay tanta suerte, ni es posible tanta coordinación. Lo habitual en estos casos es que todos queramos gestionarlo todo, y en ese caos las niñas y los niños pueden perder la posibilidad de reencontrarse a tiempo con la seguridad que necesitan.

Porque imagínate si estoy yo sólo y además preocupado por si la niña está herida, por si tengo que denunciar al dueño, o por si tengo que calzarle una hostia a un mirón. La experiencia de Amara hubiera sido radicalmente diferente, ¿no?

Dejé a la niña en el suelo, y rápidamente dijo:

—A casa.

Y yo, como soy imbécil, le pedí que se quedara un rato en la calle, en plan, tía, no evites el miedo ahora, que ya estás segura. No vaya a ser que mañana no quieras ni salir.

—¡A CASAAAA!

Y se dirigió ella sola a casa. Con un par de ovarios. No me dejó opción.

Se fue sola, caminando con paso firme por la calle. Entre 5 o 10 minutos. Mandándonos a todos a la mierda. Con seguridad y dignidad justo en el espacio donde todo había pasado.

Olé sus ovarios. Imagínatelo. Y yo preocupado porque igual quedaba afectada.

Mientras se separaba de mí, apareció una señora mayor con un Golden Retriver. Lo había visto todo, y fue amable. No recuerdo bien que le dijo, pero bromeó un poco con ella, quizás ofreciéndole la seguridad que, en ese momento, su familia, todavía afectada, no le podía aportar. Y además, le dijo que todos los perros no son malos, dirigiendo la mirada hacia el suyo, que estaba en un jardín buscando, creo, un sitio para cagar.

La tribu de gente buena. No sabéis cuánta afectación del trauma habéis ayudado a evitar.

No sé cómo le afectó eso a Amara, pero lo que sí puedo decir que desvió MI ATENCIÓN hacia la seguridad. Y gracias a ello, yo pude decirme a mí mismo «vale, ya pasó, Amara necesita refugio ahora, no bloquees su cuerpo con tus estúpidas decisiones». Y le dejé marchar.

Entramos en casa y Amara estaba muy bloqueada. Apenas se movía y se mordía la manga del jersey. Necesitábamos una intervención de urgencia, contingente con la situación. Si esa energía quedaba alojada en el cuerpo, no sería extraño que el trauma se instalara en ella, como un inquilino incómodo que amenaza con ocupar todos los espacios del hogar.

Acojona.

Más trauma no, por favor.

Se me ocurrió que primero teníamos que hacer, algo para liberar esa energía del cuerpo. Le di muchos mimitos en la espalda, y le dije que estaba a salvo, en casa, con nosotros. No reaccionaba. Que no había sido herida, pero que, seguramente, había sentido de cerca a la muerte. Que sabía que había interpretado, en algún momento, que esa bestia la podía matar.

Puede parecer bestia, pero poner palabras a la experiencia, sin rodeos, a veces puede ayudar. A fin de cuentas, la experiencia interna no cambia porque la pretendamos ignorar.

Dudé al decirle esto. Mira que lo tengo claro en el trabajo, pero al tratarse de mi hija apareció una voz en mi cabeza: «no lo digas, que la vas a traumatizar más».

Calla. Qué ya sé que hacer yo.

«Es normal que sintieras que te iba a matar».

Justo entonces conectó la mirada conmigo. Me sorprendió. Lo interpreté como una señal de que íbamos más o menos bien.

A veces, en estas situaciones, hay que hacer las cosas sin seguir la primera intuición.

Pero conectó.

Lo siguiente fue un poco bestia. Lo que hice fue moverla, tirarla hacia el sofá, aplastarla un poco con mi cuerpo, mientras le decía algo así como, «pelea, anda, pelea, libera esos nervios, aprovecha, que hoy me puedes pegar».

Aprovecha, que hoy me puedes pegar. Jajaja. No sabía dónde me metía yo.

Y vaya que sí que me pegó. Me metió h*stias como panes. Primero en el brazo, luego bofetadas, de ida, de vuelta, y de ida y vuelta. Hoy he ido al trabajo marcao.

Mientras jugábamos a pelearnos —jugaba yo, pero ella se defendía de una agresión real— decidí morderle el brazo donde ella había sentido más cerca el morro del p*to perro. Y quedarme trincado justo ahí.

En ese momento, se asustó.

Y yo le dije que era el perro, que me pegara para librarse de mí. Y gruñí como rottweiler en costillar.

Y me calzó otra somanta de hostias. Mientras yo repetía el mordisco, y ella me golpeaba con la fuerza de Eddie Hall.

Pim, pam, pum. Toma lacasitos.

Vaya cristo que montamos. Gruñidos, gritos, tortazos. Parecía una peli de Bud Spencer y Terence Hill.

Yo no sé qué estaba pensando mi mujer. Pero me dejó hacer. Confía más en mí de lo que es prudente.

Cuando sentí que esa energía se había solado, que volvía ser ella y que se descojonaba de mí y de la situación, nos fuimos juntos un rato a la camita, a ver vídeos en el móvil.

Ya sé, que el móvil es caca, pero la secuencia me agreden, me defiendo, y me voy con aita al refugio y al calorcito de su cuerpo, no. Y allí nos quedamos un buen rato, mimando y retomando la conexión con al gustito del cuerpo. Con la seguridad.

No sólo ella, sino los dos. Dos sistemas nerviosos que se corregulan, porque el trauma se afloja en relación.

Aún así, hoy he llamado a mi mujer a las 09,00 h…

—¿Qué tal Amara? ¿Qué tal ha ido al cole? —me acojonaba que se hubiera resistido a salir de casa.

—Muy bien. Ha ido feliz. Ha visto a varios perros, no se ha querido acercar, pero «no ha panicao».

Vale, no sé si buena, pero parece que sí efectiva gestión del caos.

Venga, dadme un laik. Aunque no lo veáis perfecto. Que yo también necesito apoyo, testigos y mimitos para reencontrarme con la seguridad.

—

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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