Sucesos con «gravedad»

[…] Son cosas que efectivamente han pasado, y que no se pueden obviar. Se trata de eventos más o menos graves, que necesariamente captan la atención de los mandos institucionales, provocando automáticamente u descarnadamente un juicio de valor. […]

El que quiera darse por enterao, que se de. Y al que no, que le den.

Que yo voy a amargarme la vida. Es afición.

Hay una forma de VIOLENCIA PROFESIONAL que me parece especialmente dura, a la par que demasiado común. Y me da a mí que no se nombra, ni se denuncia, porque normalmente la ejercen las personas que, en la cadena de mando, tienen poder sobre quienes trabajamos en el barro (supervisoras/es, jefas/es, coordinadoras/es, politicas/os, etc.).

Por eso, callamos para que no nos salpique la mierda. Y por eso la mierda acaba salpicando a la gente más vulnerable, seguramente porque no se saben o no se pueden defender.

Ya sabes, a la peña que accede a los servicios sociales le pasa un poco como a las madres y padres de la infancia escolarizada: en demasiadas ocasiones se toleran injusticias y abusos porque denunciar las malas prácticas impide poner en contra de ellos a una institución que tiene demasiado poder.

Pero del hecho de que no se denuncie, que no figure en las hojas de reclamaciones, no se deriva que no exista negligencia profesional. De hecho, suele ser al revés: en los contextos en los que no se ha naturalizado la queja y la flexibilidad institucional ante la misma, es donde existe más riesgo de violencia institucional.

Y a nosotras/os apenas nos ponen quejas. Lo que nos queremos creer es que no pasa porque lo hacemos bien. La realidad es más incómoda: una o uno no se queja porque las consecuencias pueden ser peores, o porque siente que de nada va a servir.

Pero volvamos al tema. Que se me va.

La idea es simple: hay acontecimientos o sucesos en las familias que son como un orbe gigante con su propia gravedad. Es decir, que tienen, de por sí, un potencial enorme para condicionar o limitar el relato institucional.

Son cosas que efectivamente han pasado, y que no se pueden obviar. Se trata de eventos más o menos graves, que necesariamente captan la atención de los mandos institucionales, provocando automáticamente u descarnadamente un juicio de valor.

Por ejemplo, imagina que un padre dió una hostia en la cara a su hijo, y le dejó marcado. Piensa en el impacto que ese evento tienen en la narrativa de los servicios sociales o de la escuela. Es algo grave, que no se puede obviar. Que moviliza a todos los participantes desde la narrativa de la urgencia: «hay que intervenir intensamente y ya, porque esto no puede volver a pasar».

Co*o, y está bien que se dé importancia a estas cosas. No seré yo quien lo niegue. Pero a mí lo que me preocupa es que este tipo de eventos, tienen el potencial de negar otros aspectos que son relevantes también. Se meriendan la complejidad.

Y ahora sí. YO ACUSO.

Yo acuso a los mandos que no tienen ordinariamente relación con las personas vulneradas y vulnerables de utilizar estos relatos para justificar su práctica profesional, su puesto de trabajo, en detrimento de la realidad.

Porque, cuando uno no está en contacto con las personas, con sus luces, con sus sombras, y con toda esa complejidad que confunde factores de riesgo y de protección, es muy cómodo —y negligente— utilizar este tipo de relatos como compadreo profesional. Para comunicar algo así como, que guay, tío, vemos la misma mierda.

Pero esa mierda que se ve, no es más que una narrativa construída en torno a un suceso puntual que, además, tiene el potencial de excluir otras narrativas que, aun no siendo tan llamativas ni útiles como pegamento social, también son coherentes con los datos disponibles.

Porque quizás el padre que ha dado esa torta a su hijo —y dejado marcado, que, repito, no es baladí—, también es un padre cariñoso, que en muchas ocasiones sabe reportarle justo el modelo de seguridad que el pequeñajo necesita.

Ahora bien, si decimos algo así como que la h*stia es grave, pero que también hay seguridad, pasan por lo menos dos cosas. La primera, que el compadreo entre profesionales ya no es tan sencillo (hay que especificar el sentido, posicionarse en relación a las tensiones, asumir el no saber frente a la complejidad, etc.); y la segunda es que podemos darnos cuenta del hecho de que, al estar en esa narrativa de la urgencia, apoyada por la cultura de la intervención, teníamos claro qué hacer, y ahora —oh, incomodidad— tenemos que hacer más trabajo porque hay que pensar.

Y pensar en un contexto donde no hay tiempo y, a veces, tampoco ganas, implica un esfuerzo brutal.

Lo digo bien alto: a veces, el refugio seguro de los profesionales de la intervención social es la narrativa de urgencia. Y cuando la urgencia desaparece, no sabemos bien qué hacer. En la urgencia estamos cómodos, porque nos ayuda a pasar al acto y justificar que estamos haciendo algo, pero muchas y muchos de nosotros no sabemos acompañar.

No sabemos acompañar… con curiosidad y compasión.

Por eso, hoy quiero lanzarte una propuesta si formas parte de los mandos intermedios. O si tienes en la administración un puesto de poder sobre otras figuras profesionales.

Pregúntate.

Pregúntate, por favor, si utilizas los sucesos llamativos de las personas, familias, que llevas, como justificación para adherirte al «supuesto saber». Si te basas más de lo que es cómodo reconocer en lo que ha pasado, para justificar en lo íntimo tu valoración. Porque seguramente lo que te encuentres es que sí. Que te has montado una película en torno a los sucesos que todos conocen, has decidido en torno a ello, y luego has operado para validar estas hipótesis, priorizando la información que es compatible con ellas.

Sesgo de confirmación.

Pero, ya sabes, las hipótesis en ciencia deben ser una formulación a destruir. Y sólo se mantienen, si tras repetidos intentos por parte de unos y de otros, se sostienen en pie.

No te digo que te asustes. No te machaques. Eres humano, y ésta es nuestra tendencia habitual. Pero tienes que saber, también, que organizar nuestra valoración e intervención —qué poco me gustan estas palabras— en torno a los sucesos que todos conocemos, porque nos llaman la atención, sin considerar la información que es también real pero incompatible, es una forma flagrante de negligencia profesional.

#NotAllProfesionalesDeAcciónSocial Ya lo sé. Pero todas y todos hemos caído alguna vez en ese error. Porque somos gilipollas y también vulnerables. No nos convirtamos, además, en un ariete de Satán.

Reconozco que he sido duro.

He sido duro porque estoy cabreao. Y tengo todo el derecho a estarlo.

Pero también creo que hay que decir ciertas cosas para romper con ese mito de armonía en servicios sociales que dice algo así como «bastante bien lo hacemos para con lo que tenemos que lidiar». Pues no, oye, hay muchas cosas que podemos mejorar.

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Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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