Mejora, pero no cambies

[…] Cuando una niña o un niño se transforma de verdad y reorganiza su vida en torno a esa nueva versión de sí mismo, obliga sin querer a sus progenitores a organizarse en torno a él. Y no es extraño que, en este tipo de procesos, sus padres no sepan cómo situarse, cómo seguir sintiéndose buenos padres, cómo cuidar o cómo proteger. […]

Tus padres no quieren que cambies. Quieren que te mejores, pero sin dejar de ser quien necesitan que seas.

Sé que no lo has pillado del todo. Vuélvelo a leer.

Porque igual te están pidiendo dos cosas incompatibles. Por un lado, que te sientas mejor; pero, por otro lado, que no te transformes en resonancia con tu nueva realidad.

Porque igual te han dicho que sí, que quieren que cambies, que evoluciones como un pokémon y que mola protones que actualices tu sistema operativo hacia una mejor versión. Pero la verdad no suele ser esta. A las madres y a los padres nos da mucho miedo «dejar ser» a nuestras hijas e hijos, porque perder ese tipo de control nos conecta con un vacío que no siempre podemos sostener.

Cualquier cambio profundo que hagas —en tu identidad, en relación al sentido de tu vida o en cómo te organizas para seguir teniendo ganas de avanzar y vivir— va a enfrentar a tus padres no solo a nuevos retos, sino también a la imposibilidad de seguir siendo quienes son.

Suena muy potente, incluso algo exagerado, pero suele ser así. Cuando una niña o un niño se transforma de verdad y reorganiza su vida en torno a esa nueva versión de sí mismo, obliga sin querer a sus progenitores a organizarse en torno a él. Y no es extraño que, en este tipo de procesos, sus padres no sepan cómo situarse, cómo seguir sintiéndose buenos padres, cómo cuidar o cómo proteger.

Piensa en que tus padres necesitan sentirse «buenos padres» para estar suficientemente motivados para gestionar la familia. Si eso falla, se pueden angustiar un montonazo e incluso deprimir. Y cuando tú, adolescente que me escuchas, cambias de criterio, de filosofía, de amigos, de referentes, de gustos y de lo que sea, no es extraño que ellos se queden en un limbo donde no solo no saben qué hacer, sino de dónde sacar la motivación para seguir haciendo las cosas bien.

Se quedan flotando en la nada.

Entonces, no es extraño que te reprochen cosas así como que «no eres el de antes», «has cambiado», o que te empujen sin querer hacia un lugar en el que, lógica y comprensiblemente, ya no quieres estar. Y ya no puedes estar.

Si te fijas, muchos de los problemas de casa pueden explicarse así. A alguien ya no le vale seguir siendo el que era, empieza a «hacer cosas raras», el resto se angustia y trata de devolverle al redil. Pero, cuanto más se angustia el contexto, más resistencia aparece en esa persona para retornar al lugar que le resulta cómodo a los demás.

En estas situaciones, no es extraño que las niñas, los niños y los adolescentes como tú desarrollen un síntoma que les permite lidiar con este conflicto de misiones incompatibles (seguir siendo y mejorar). Hacen algo que parece una jartada, pero que les permite cubrir sendas demandas.

Como la niña que deja de comer y sigue siendo «la niña frágil», pero también la que decide sobre su cuerpo y cuál puede ser su destino y su lugar.

Como el niño que provoca conflictos y puede seguir siendo, a la vez, el que necesita atención y apoyos y el que se puede afirmar y defender su dignidad.

No está bien, pero sirve hasta que sus padres se dejen de angustiar.

No digo que todo se explique de manera tan sencilla, ni que toda anorexia o cabreo pase por aquí. Un mismo comportamiento puede cubrir funciones muy diferentes, teniendo en cuenta a la persona y el contexto ecológico en el que está. Pero sí que digo que la reflexión merece la pena, porque hay formas de sufrimiento que solo se pueden gestionar si el contexto permite cambios a la persona en cuanto a su sentido e identidad.

Pero esto no es nada sencillo. Para nadie. Piensa, por ejemplo, cómo reaccionarías si alguien te dijera que tu madre o tu padre van a cambiar de verdad. De verdad. No las consecuencias que imponen a tus actos, no su forma de relacionarse contigo, sino que van a cambiar en relación a quiénes son, qué piensan, qué sienten y cómo se organizan para sentir que pueden ser reconocidos, que su vida merece la pena y que pueden preservar frente al mundo su dignidad.

¿Cómo te sentaría?

Pues a ellos, igual. Porque no es que sean gilipollas, sino que se enfrentan a una gestión emocional que superaría a cualquiera. Porque aquí tener criterio no es suficiente: hace falta poder sostener el vacío, y eso no se enseña en ninguna universidad.

Fíjate que, entre los profesionales que trabajamos en esto, rara vez se pone la atención en este tipo de procesos. No se ven. Y si se ven, no los sabemos atender bien.

Hace poco intenté explicar esto a un grupo de profesionales, y te juro que me miraron como las vacas al tren.

Pero no estoy aquí para dejarte con la sensación de que no se puede hacer nada. Se puede, y es importante que se empiece a vislumbrar cierto proceso, cierto camino, para poder hacer un poco más soportable esa angustia tan radical.

A fin de cuentas, si tú cambias, ellos se van a angustiar. Por tu cambio, por el malestar que te genera, por las chorradas que haces… No les va a quedar más remedio que angustiarse. Pero hay varias formas de lidiar con esa angustia, oye, porque puede que te intenten redirigir hacia lo que eras antes —mal rollo— o que traten de sostenerse con esa angustia de la mejor manera posible, aceptando que todos estamos en un proceso de cambio cuyo resultado se desconoce, pero que puede ser para mejor. Quizás desde este segundo lugar estén más preparados para mirar con curiosidad esas raíces que se expanden bajo tierra o esos brotes verdes que pueden empezar a emerger.

Y te dejen un poco más ser quien vayas a ser. Con angustia, claro que sí, pero permitiendo algo que ellos mismos ya han experimentado seguramente más de una vez.

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Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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