[…] si aceptamos que nuestra mente es múltiple y está compuesta de partes, personajes o arquetipos, podemos convocarlos a voluntad para ampliar nuestra perspectiva sobre los acontecimientos. […]
Vamos a jugar a un juego.
Yo os cuento una vaina que me flipa hacer, y luego me ponéis a bajar de un burro. Que pa eso estamos los que escribimos en internet.
Os pongo en contexto.
A mí lo que siempre me hubiera gustado, es disponer de un «consejos de sabios», en el trabajo. A saber, un grupo de peña a la que yo valore un montón, que me puedan ir dando su opinión acerca de las que voy liando.
No tanto para que mi pensamiento converja hacia la mejor opción, sino para mantener abiertas —y en tensión, si así tiene que ser— diferentes formas de ver las cosas.
Pues no te jode que lo he conseguido.
En serio. No os estoy tomando el pelo. He logrado que venga conmigo un montón de peña aportándome diferentes miradas acerca de los fenómenos en los que estoy inmerso: sobre el trabajo, sobre las relaciones con los míos, sobre el mundo, y sobre la maldita vida.
Me vuela la cabeza. Sobre todo, porque entre todos tienen una capacidad brutal para hacerme las preguntas adecuadas. Y ya sabes lo que pienso acerca de las preguntas: son ellas, mucho más que las respuestas, quienes nos permiten digievolucionar como pokemons.
Pero, a ver, Gorka, ¿de qué co*o estás hablando?
Pues de algo muy sencillo: de que, si aceptamos que nuestra mente es múltiple y está compuesta de partes, personajes o arquetipos, podemos convocarlos a voluntad para ampliar nuestra perspectiva sobre los acontecimientos.
¿Pero qué me estás container?
Que sí, que sí, que no me está dando un chungo. Os lo cuento con un ejemplo, que, a veces, se ven así mejor las cosas. Pero deja que simplifique mucho ese consejo de sabios, reduciéndolo a los 6 dioses primigenios del olimpo.
* Ya sabéis que a mí me pone el rollo mitología, pero tú lo puedes hacer con lo que te venga en gana: animales, personajes de cuento, cartas del tarot, o las amigas de tu abuela, la que fuma en pipa.
Imagina que estás trabajando con una niña que presenta ataques de pánico.
Lo primero, identifica a quien de tus personajes está convocando. Porque no sería extraño que fueran Apolo (“hay que hacerlo bien”) o Atenea (“hay que identificar la naturaleza del problema para resolverlo”), aunque podría ser cualquier otro.
Ahora, describe cómo limita tu perspectiva y tus recursos. Y si puedes, el lugar en el que estás dejando a esa persona que te importa.
Por ejemplo, si yo estoy encarnando a Atenea (el mecánico, la justiciera, la estratega, etc.) —cosa que me pasa más de lo que me resulta cómodo reconocer—, no sería extraño que sólo viera el problema, que deseara deconstruir para comprenderlo, y tuviera la necesidad de solucionarlo, porque sentiría que la vida me va en ello. Tampoco sería extraño que, como diosa de la guerra, viera el problema como un maldito enemigo al que vencer.
Por tanto, se exaltarían algunos de mis recursos (análisis, lógica, razonamiento, agresividad, estrategia, etc.), mientras que otros quedaría en un segundo plano, dormidos (cuidado, empatía, saber estar, duelo, pasaje al acto, agresividad bruta, etc.); con el añadido de que, frente a una Atenea dominante, esa atenea propone a la niña un lugar en esa relación y, por generalización, en el mundo.
«Si yo soy quien resuelve, tú eres una carga y un problema».
Ojete al dato.
Visto el panorama, quizás la postura de esa diosa se haya flexibilizado. Entonces, cuando esté dispuesta a escuchar y a recibir ayuda, toca convocar a nuestro «consejo interno de sabios», que puede ser tan grande como permita tu tiempo.
Yo recomiendo ir variando, para maximizar nuestra flexibilidad interna.
Por ejemplo, podemos convocar primero a Zeus, oh, gran señor del olimpo. ¿Dónde colocaría su interés y su atención? ¿Qué nos preguntaría? Quizás algo parecido a esto: ¿dónde queda comprometida la agencia de la niña? ¿Quién la está amenazando? ¿Puede ser que, incluso dentro del síntoma, haya cierta voluntad o estrategia preservada? ¿Qué tipo de poder estratégico sostiene sobre su mundo interior y sobre las figuras que estamos encantando nosotros? ¿Y si viéramos el síntoma como un rayo dirigido certeramente a recuperar cierto poder perdido? ¿Tendría sentido?
No digo que necesariamente lo tenga. Sólo que la pregunta procede. Y si no fuera Zeus quien la formulara, es posible que nos quedáramos sin ella.
Vamos ahora con Hades, que siempre tiene tela. ¿Qué observaría y qué nos preguntaría? No lo sé, pero vamos a imaginar ahora las preguntas que nos haría. Yo casi puedo escuchar decir, ¿hay algún descenso que se haya evitado a reprimido? ¿Las circunstancias permiten a esta niña seguir siendo la que era, o necesita hacer alguna transformación relacionada con su identidad o el sentido? ¿Qué imágenes nos vienen a los adultos cuando nos relacionamos con sus «ataques»? ¿Con qué imágenes los relacionaría ella? ¿Cuál es la atmósfera antes, durante y después del suceso? ¿Qué nos podemos estar perdiendo en torno a lo que puede estar perdiendo o emergiendo en estos momentos?
Y sí, estas preguntas proceden, incluso para las niñas y niños más pequeños. No me seas adultista, que te pego.
Quizás, entonces, Hades daría paso a su hermano: Poseidón, el dios de nuestro revoltijo profundo e interno. El que se niega a ser contenido por los diques de las palabras. Quizás, clavaría su tridente en el suelo, y soltaría, ¿qué condiciones estructurales la están oprimiendo? ¿Bajo que miradas ha sido encarcelada? ¿De qué la libera «tener ansiedad», «desregularse», o «volverse loca»? ¿En qué contexto? ¿Que ha ganado gracias el síntoma si ponemos en valor la turbulencia interna? ¿Y si su problema no es la ansiedad, sino tener pocas posibilidades?
Joder, tío, menudas preguntas te cascas.
Cambia el personaje, la mirada y hasta el maldito clima del mundo.
Pero espera, que esto no ha acabado… ahora vienen las chicas.
Hera miraría con cierto desprecio hacia Poseidón, una vez éste haya dado su discurso. Entonces, puede que se erija con toda la solemnidad de una reina. El murmullo cesaría ante su presencia. Sil levantarse del trono, puede que dijera: ¿a qué relación está siendo fiel esta niña? ¿A quien salva que se vuelva vulnerable? ¿A quién le coloca en un rol que le ayude a recuperar su dignidad y la posición que tenía en el orden divino de la casa, del colegio o del mundo? ¿Qué vínculos sagrados se reafirman gracias al síntoma? ¿Cómo el síntoma sostiene la cohesión entre los suyos? ¿Qué ha perdido que requiera de un duelo?
Cuanto más miro a esta tipa, más me flipa.
Pero en algún momento, esta figura se retiraría a sus aposentos, seguida por un cortejo de ninfas.
Y seguramente, entonces, llegaría su hermana Deméter, diosa de la agricultura y de los cuidados. Su mirada siempre aporta un punto de vista radicalmente diferente. ¿Qué crecimiento pequeño pero sostenido está ocultando el síntoma? —puede que preguntara—. O ¿qué brotes verdes aparecen después del fuego? ¿Qué cuidados necesitan esas bellotas para que puedan convertirse en un roble completo? ¿Qué de lo que antes nos nutría hemos perdido? ¿Cómo podríamos recuperar las rutinas, los ritmos estacionales, que tan seguros nos hacía sentirnos?
Como véis, cambia en estado de conciencia y, con él, todo, todito.
Y quizás entonces llegaría Hestia. La diosa del fuego del hogar y de nuestro centro interno. La diosa pacífica, carente de narrativa, porque representa la quietud que permanece en todo momento. No creo que hablase demasiado. Quizás nos recordaría que hay cosas, en casa, en el plexo solar, en el centro del pecho, que siguen haciendo habitable el escenario, y nos invitaría a tomar contacto con ello. Puede que nos ayude a encontrar un refugio en el cuerpo, en la espiritualidad, o donde sea, cuando todo parecía en movimiento o perdido.
Y puedes seguir haciéndolo con las figuras que quieras.
Siempre están ahí, para que puedas cambiar de estado de conciencia y bejneficiarte de su sabiduría.
Para que puedas sostener simultáneamente mĺtiples alternativas en tensión. Y para que, de esa tensión, puedan aparecer nuevos recursos. Entre ellos, la posibilidad de que tú puedas confiar en otras figuras para relacionarte con la realidad, con los problemas, y así, que la gente con la que trabajas o que te importa, pueda moverse también y cambiar de estado, resonando con los personajes que hayas autorizado en ti misma o mismo.
¿Lo ves?
Con más exploradores, es más fácil dar con un buen camino.
—
Gorka Saitua | edcuacion-familiar.com
