[…] Todas y todos tenemos una narrativa preferida —con suerte— o única —sin suerte— que nos permite sentirnos merecedores de reconocimiento en el ámbito laboral. […] nos permite esperar que, en algún momento mágico, el mundo se pueda dar cuenta del valor que tenemos y nos colme con la mirada que anhelamos. […]
Atención, temazo.
Os voy a contar una de las ideas más radicales que vertebran mis grupos de supervisión. Algo que suelo tener en mente cuando vemos un «caso» y la relación que las y los profesionales tenemos con él, y que, en gran medida, puede explicar lo que pasa implícitamente en este territorio extraño que llamamos «relación de ayuda».
Que ya el nombrecito presupone una serie de cosas que no sé…
La movida es que, en esto de funcionar como profesionales, hay una narrativa predominante que tiene especial poder. Todas lo tienen, claro que sí, pero hay una que estructura vertebralmente la actitud que tenemos en el trabajo, con las personas a las que acompañamos, y los lugares posibles que les dejamos a ellas, condicionando indirectamente los recursos que puedan mostrar.
Es como el sustrato que nos sostiene como profesionales, es decir, el suelo en el que hacemos pie. Y es algo que no se nombra. De lo que no se habla. Quizás porque hacerlo nos deja demasiado expuestos en nuestra más profunda vulnerabilidad. Eso implica que protegeremos esa «historia fantasmática» —uso el término en honor a Lacan— de manera desesperada. Tan desesperada que, a veces, los recursos orientados a protegerla pueden ser tan intensos e irracionales que pueden confundirse con respuestas asociadas al trauma, cuando quizás no tengan mucho que ver.
La idea es sencilla. Pero una cosa es conocer el concepto y otra muy diferente aplicarlo bien. Todas y todos tenemos una narrativa preferida —con suerte— o única —sin suerte— que nos permite sentirnos merecedores de reconocimiento en el ámbito laboral. Con ello no quiero decir que garantice nuestra dignidad, pero sí que nos permite esperar que, en algún momento mágico, el mundo se pueda dar cuenta del valor que tenemos y nos colme con la mirada que anhelamos. Y nos sintamos «completos» de una maldita vez.
La falta… eso de que uno no puede abarcar nunca lo que el otro desea de ti.
Esta película de serie B no es baladí. Nos permite, día tras día, lidiar con el vacío (de identidad, del no saber, de incapacidad de predicción, de sentido, etc.), con la angustia asociada a él y sostener nuestro deseo profesional, a saber, esa especie de motivación que nos sostiene vivos en esta jungla. De manera que, si se destruye o si cae, estamos jodidos, porque no habría forma de levantarse por la mañana deseando algo, lo que sea, que nos conecte con cierta vitalidad.
Tú imagínate que no puedes ser quien eres ni gozar de las cosas que te dan vida. ¿Qué sensaciones aparecerán en ti? Y, lo que es peor, ¿cuánto tiempo necesitarías para construir otra forma de estar más o menos bien?
Puede parecer ridícula, oye, pero la verdad es que, en ausencia de esa ficción útil, no somos nada. Literalmente: sentimos que carecemos de dirección e identidad. Nos sumimos en la peor de las depresiones, la del Tártaro, donde no cabe esperanza alguna de salir a la luz, y el deseo se pierde, se pudre, para dar lugar, espontánea pero lentamente, a otra forma de estar y conectar con cierta motivación.
Algo que no es posible en esta vorágine del hacer y hacer. Procesar casos y casos. Cerrar rápido, que hay atasco y nos van a reñir.
Esta «historia fantasmática» de la que hablo implica múltiples tensiones, a la vez que decisiones que la han ido organizando históricamente hacia uno u otro lugar.
A ver si me explico.
Si una o uno quiere sentirse valioso frente a la mirada del otro, ¿de qué otro hablamos? ¿De las personas a las que acompaña, de sus compañeros, de sus jefes, de su familia, de su pareja de la que se acaba de enamorar o del adolescente de antaño que decidió estudiar esa carrera por saben las diosas qué?
El gran Otro lacaniano es múltiple. Se puede dividir. Pero solo cabe una narrativa para estructurar nuestra historia, por lo que no es extraño que, en el transcurso de los años —y cuanto más viejos, peor—, hayamos ido eligiendo a determinados «observadores» a los que vamos a priorizar agradar. Y, en función de quiénes sean y de cómo interpretemos lo que ellas o ellos desean de nosotros, así nos vamos a organizar.
Buen chaval, qué movida, ¿eh?
Somos algo parecido a esclavos de las miradas a las que hemos decidido agradar.
Imagina, por ejemplo, a alguien un poco trepa que se ha montado una «historia fantasmática» tal que así:
«Para ser reconocido con valor debo ascender en la escala social. Por tanto, mi motivación principal en el trabajo debe ser demostrar a los que mandan que estoy a otro nivel respecto a mis compañeras y compañeros. Para ello, debo brillar en las reuniones, situándome como aliado de la autoridad y ejerciendo dominio sobre mis iguales. Es importante que se vea que puedo mandar».
Hay gente así, cuya motivación es prosperar. Pero, ahora, piensa en el lugar en que esa motivación deja a las personas a quienes esta persona acompaña. No sería extraño que, por ejemplo, se sientan como una pieza en un juego de tronos. Tampoco que ese profesional las colocara en un estatus de inferioridad, gracias al que el profesional demuestre su valor constatando su incapacidad. Y ojo, porque, en caso de que se resistan a serlo, seguramente sufran algún tipo de violencia por parte del profesional.
He puesto un ejemplo extremo. Y el riesgo de los ejemplos extremos es que tranquilicen demasiado, en plan: «Yo no soy así, así que no me lo tengo que mirar».
Así que voy a meter el dedo en la llaga. Todas y todos nos quedamos fijados en narrativas que colocan a los otros en el lugar de personajes secundarios, que pueden aceptar o rechazar.
También el profesional «cuidador» que actúa desde la más sincera bondad. Ese colega al que se admira porque es buena persona y trata bien a los demás. Porque, para él o para ella, quizás, tener valor es actuar con compasión y solidaridad. Pero estarás conmigo si digo que esos modelos de relación también proponen o imponen un lugar. Porque, si esa persona —que merece todo nuestro amor, y no estoy siendo sarcástico— necesita tratar bien para ser reconocida como alguien con valor, también coloca a las personas que acompaña en una posición complicada. Porque ¿qué pasa cuando esos chicos, esas chicas o esas familias rechazan, por buenos motivos, ser cuidadas? Por ejemplo, por algo tan sencillo como que hay momentos en la vida en los que uno no puede dejarse llevar con los cuidados, porque implican cierta pasividad que es incompatible con la urgencia de su momento vital.
Allí tocaría un golpe de cintura. Y hay quien lo puede hacer, porque dispone de múltiples «historias fantasmáticas» a las que agarrarse, y otros, otras, que no lo pueden hacer, porque la angustia asociada a la cercanía del vacío amenaza con cotas de desregulación afectiva que no pueden tolerar.
Y aquí viene lo bueno. Puede que entendamos que hay historias fantasmáticas mejores —como la segunda— o peores —como la primera—, pero esto me suena a premio de consolación, ya sabes: «Si soy de los buenos, no me lo tengo que mirar». Pero mi propuesta es más chunga: aceptemos que estar mal situados no es tanto elegir mal a nuestro fantasma, sino que solo tengamos uno o pocos para lidiar con nuestra realidad profesional.
Te explota la cabeza.
Porque muchas de vosotras y de vosotros, que me leéis, disponéis de pocas o ninguna alternativa para lidiar con el deseo cuando el personaje principal es vencido, se encuentra con un límite y cae.
Se pasa canutas, ¿verdad?
Ahora bien, se pueden complicar más las cosas. Claro que sí. Porque ya hemos dejado caer antes que, para construir nuevas historias fantasmáticas, no vale con tomar un cuaderno, un bolígrafo y ponerse a escribir. No vale con cursillos de formación. Ni con formaciones de las guapas, como las que algunas y algunos nos suelen vender. Para crear alternativas en la gestión del deseo hay que morder el polvo, hundirse, permitir que se pudran las partes que ya no nos valen y dejar que de esa podredumbre emerja un sentido, una identidad, una narrativa y una forma más adaptada de lidiar con el deseo que, ojo, no se puede elegir.
Y quizás, al principio, nos puede desagradar o repeler. Y quizás luego, también. No suele haber transformación de este tipo sin riesgos ni despedidas.
Implica dejarse caer hacia un lugar donde se está solo, muy solo, y al que los demás no pueden acceder. Una especie de crisálida en la que se dé una especie de metamorfosis fuera de los tiempos y preservada de la mirada validante o invalidante de los demás.
Y ahora, te calzo una pregunta.
¿Cómo cuidan las empresas o instituciones de este bajón que es imprescindible para que tengamos el giro de cintura necesario cuando una persona se resiste a ocupar el lugar injusto, siempre injusto, que le hemos impuesto en la historia que nos contamos para sostener que podemos ser valiosos ante la mirada de los demás?
Y sabiendo toda esta vaina, ahora que la reconoces, ¿cómo lo has cuidado, lo cuidas o lo vas a cuidar tú?
Me sale una risa malvada.
Y una voz que me dice…
Mejor cállate, chaval.
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Hillman, J. (1999). Re-imaginar la psicología. Siruela.
Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento: Por una gramática moral de los conflictos sociales. Crítica.
Lacan, J. (2014). El seminario. Libro 6: El deseo y su interpretación. Paidós.
Tronto, J. C. (2024). Democracia y cuidado. Rayo Verde Editorial.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
