[…] en estas izquierdas que hemos construído, que miran a las demás por encima del hombro —casi como si fueran la mismísima ultraderecha—, nos hemos acabado creyendo que o bien votamos al partido que representa nuestro todo nuestro pensamiento, o estamos fallando al dios de nuestra ideología. […]
No hay cosa que más me toque los c0jones que hacer alguna afirmación que considero más o menos valiente y que venga alguien a reprocharme que no soy lo suficientemente rebelde, extremista u ortodoxo en ese tipo de ideología.
Me sale un desprecio que lo flipas.
En la izquierda nos pasa mucho esto. Es como una aluminosis que afecta a toda nuestra estructura: nos acabamos peleando por miserias ideológicas que nos fragmentan y eso, en un sistema electoral como el que tenemos, en el que hay pocos escaños disponibles para las provincias menos pobladas, acaba mandando un montón de votos a la basura.
Pero en estas izquierdas que hemos construido, que miran a las demás por encima del hombro, casi como si fueran la mismísima ultraderecha, nos hemos acabado creyendo que o bien votamos al partido que representa todo nuestro pensamiento o estamos fallando al dios de nuestra ideología.
Pero deja que te diga una cosa. Solo puede haber un partido que represente con suficiente fidelidad aquello en lo que crees, pero tiene un pequeño problema: solo cabes tú en él, así que su impacto electoral es como el logaritmo que tiende a 0, matemáticamente despreciable.
Ya, ya. Esto lo vemos todos. Pero ¿por qué nos pasa?
Imagino que hay multitud de razones para ello. Algunas tendrán que ver con nosotros, por ejemplo, porque somos gilipollas, y otras, con las estrategias del contrario. No creo que sea muy desencaminado pensar, por ejemplo, que ciertos algoritmos de internet están diseñados precisamente para hacernos creer que nuestra ideología es suficientemente compartida como para pretender llegar a algo. Una excelente forma de fragmentarnos. Atomizarnos.
Pero, más allá de todo ello, creo que hay una razón que seguramente esté en el top 3 de las razones por las que somos tan poco inteligentes en nuestra forma de organizarnos.
¿Sabes quién era Prometeo?
Prometeo es un titán de la mitología griega. Los titanes, en términos simbólicos, podrían verse como algo así como fuerzas de la realidad con tanto poder y necesidad de expansión que tienden a ocuparlo todo. Pues bien, Prometeo es el titán que roba el fuego de los dioses, quienes tienen el poder y el privilegio, para entregárselo a los humanos, seres vulnerables y deficitarios, a sabiendas de que va a ser terriblemente castigado.
Y así es. En el momento en que Zeus se percata de su traición, porque Prometeo fue su aliado contra sus hermanos en la guerra mítica que Hesíodo llama Titanomaquia, lo condena a estar atado para siempre en la cima de una montaña, de manera que todos los días un águila baja a devorarle el hígado. A picotazos. Con la mala suerte de que, por la noche, el órgano se le regenera para que al día siguiente sea posible repetir el tormento.
Muy comprensivo este Zeus con quien solo quiso acercar a los humanos la posibilidad de desarrollar la técnica y el arte.
Pues bien, en la izquierda estamos saturados de «Prometeos», a saber, rebeldes con causa, con una buena causa, que dedican su vida a una misión sagrada, haciendo formidables sacrificios.
Y yo no tengo nada en contra de ellos. Pero sí en contra del hecho de que solo puedan relacionarse con el mundo a través de esta narrativa, en la que uno se sitúa como el héroe que se sacrifica, garante de una misión divina a favor de los más desfavorecidos. Porque lo que hay detrás del mito es la siguiente creencia: «Si esta es la misión más importante y yo he hecho tantos sacrificios, otros deberían hacer lo mismo». «Si yo solo puedo sentir valor en relación con el esfuerzo y el sacrificio, estoy legitimado para despreciar a las personas que no han hecho el mismo esfuerzo y sacrificio».
Te suena, ¿verdad?
Qué peligro.
Pones un comentario un poco rojo y alguien te reprocha que no eres suficientemente comunista o anarquista.
Defiendes algo que te parece justo en relación con las mujeres y alguien te reprocha que, como hombre cis privilegiado, no estás legitimado para hablar de eso.
Tratas de denunciar ciertas formas de maltrato a la infancia y alguien te dice, no sin criterio, que antes deberías criticar cómo se organizan los centros de acogida.
Y así todo el rato, lidiando con «Prometeas» y «Prometeos» ofendiditos. Pero no porque tengan la piel fina, sino porque están en un círculo vicioso en el que, cuanto más peligrosa o castigada está su misión, más se esfuerzan para lograrla, rechazando a quien no está dispuesto a pagar el mismo precio que ellos.
No a su ideología. A ellos. Porque, cuando uno pone la vida en una misión sagrada, su identidad se ve afectada. Y descansar, bajar el pie del acelerador o sentarse a chuparse la entrepierna se ve como un fracaso y como la línea que marca el límite del vacío. Por eso, otras misiones, otras identidades, aunque sean también sagradas y requieran sacrificio, se perciben como una amenaza: «Si acepto que otras misiones son también legítimas, entonces renuncio al privilegio de estar solo en la cima de esa montaña».
Qué fuerte, ¿verdad?
Porque lo que estoy diciendo es que estas personas, en muchas ocasiones, confunden la misión sagrada con el privilegio del castigo. Como si su identidad prometeica se viera reafirmada por el sufrimiento de ser elegidas por sus enemigos. Y claro, c0ño, en el momento en que la autoridad contra la que se rebelan mira hacia otro lugar, los picotazos se vuelven más dolorosos, peores, porque es más complicado otorgarles un sentido.
La pu7ada de ser un Prometeo a día de hoy es que uno no se da cuenta del círculo vicioso en el que se encuentra. Cuanto más se exige y se expone al peligro, más rechaza a sus posibles aliados y más rechazo sienten estos por él o por ella. Porque es muy complicado remar a la par con alguien que te desprecia desde lo más profundo. Así se pierde un montón de militancia, abrumada por el compromiso de líderes que han dado demasiado, no tanto por la causa, sino para sentirse especiales por ser perseguidos.
Es una forma de narcisismo que clama: «Yo soy mejor que tú porque me he esforzado demasiado en relación con unos baremos a los que tú no tienes acceso». Algo muy inteligente si se desea autoafirmación, pero muy cutre, deleznable, si lo que uno profesa es verdadero amor a la causa.
Porque la causa no solo requiere actos heroicos y sacrificios, h0stia, sino también sostener las relaciones, cuidados, espacios seguros, estructuras que proporcionen protección, alianzas con otros grupos no tan implicados, liderazgo y croquetas veganas, que existen y están bien logradas, para que se las pueda comer todo el mundo.
Repito. No estoy en contra de Prometeo. Es un arquetipo, un rol o una forma de j0der al poder sumamente necesaria. Pero, a veces, en determinados escenarios como el que nos toca, igual toca bajar un poco al barro y renunciar a la propia ortodoxia y al narcisismo. Porque es verdad que acecha la ultraderecha. Y esos sí que me dan miedo. Así que no quiero que nadie me cuestione si esta vez, comiéndome los huevos (ñam, ñam), apuesto por el voto útil, aunque no refleje exactamente, ni siquiera lejanamente, lo que pienso.
A veces, la realidad nos impone votar en contra de nuestro criterio.
Y no te equivoques. Si estás en contra del sionismo, del libre mercado radical, a favor de los derechos de las mujeres, de que las minorías puedan ser tenidas en cuenta, en contra del racismo y a favor de un sistema público de calidad en lo que respecta a sanidad, educación y servicios sociales, te jodes. Te abrazo, porque eres de los míos.
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
