En contra de la integración

[…] Y aquí es donde llega lo bueno: nos quedamos atascados no tanto porque esté mal nuestra mirada, sino porque confiamos en una única narrativa, explicación, perspectiva o determinada forma de solución que, lejos de ayudar, complica las cosas en el contexto ecológico, relacional y socioeconómico en el que estamos. […]

Os voy a contar una vaina que no me atrevo a decir muy alto en mi trabajo.

Así que callad la boca, cabronas, cabrones, porque, si me despiden, os m4to.

Vaya, esto suena a profesional prometeico que te cagas. Ya sabes, en plan: os cuento una movida «de los dioses» que sé que me va a pasar factura. Un rol muy mío que, para algunas cosas, va bien —como todos— y, para otras, de puñetera pena: puede generar dependencia («ya me lo hace este pavo»), destruir procesos de emancipación («esto sale solo»), generar burnout («no puedo descansar porque es una misión divina»), hacer sentir una profunda soledad («soy el único dispuesto a hacer el sacrificio»), santificar al profesional («soy único y necesario»), obviar todo límite («la misión está por encima de mis propias necesidades y de las de quienes acompaño») y convertir el resentimiento en acusación («tienes que hacer las cosas como yo o eres el malo»).

Pero yo ya me he dado cuenta de que he sido gilipollas, otra vez, y me estoy quitando.

La cosa es que yo vengo de una tradición narrativa. Y ya sabéis cómo va esto. Hay historias que nos contamos (narrativas predominantes) que, en ocasiones, sostienen o perpetúan los problemas. Con ellas conviven otras (las narrativas subyugadas) que, siendo igualmente consistentes con la realidad, no son aceptadas debido a que no concuerdan con la película que nos hemos montado.

Simplificando mucho —demasiado—, desde esta postura, el profesional debe ayudar a las personas a quienes acompaña a sacar a la luz esas narrativas subyugadas y a encajarlas, de la mejor forma posible, con las predominantes, construyendo finalmente una historia mucho más compleja, adaptada a la realidad y mejor integrada.

Eso permite que las personas se adapten mejor a sus circunstancias y resuelvan sus problemas o dificultades de manera más adecuada.

Que sí, que sí, que soy más simple que la picha de un Playmobil, pero no tenemos tiempo aquí para escribir un tratado.

Durante muchos años, yo trabajé desde allí, siempre que las circunstancias me lo permitían… que era bastante poco. En servicios sociales especializados hay mucha gente que no suele querer estar. Tiene mucho miedo a las medidas de protección que la amenazan. Y así es imposible profundizar tanto. Pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que esa apuesta por la integración entre lo predominante y lo subyugado, lejos de ser «la solución», a menudo empeoraba las cosas.

¿Por qué?

Pues porque el problema, en muchas ocasiones, no está en qué narrativa adoptemos, sino en el exceso de confianza que depositemos en una de ellas, sea simple, compleja o trabajada en terapia.

H0stia pvta.

El mecanismo es sencillo de entender. El sufrimiento humano suele despertarse, mantenerse y, sin suerte, agravarse porque caemos en determinados círculos viciosos. Sufrimos, hacemos algo con nuestras mierdas, eso lleva al contexto a hacer cosas, esas cosas nos afectan y, en vez de resolver nada, se repite o incrementa nuestro sufrimiento.

Y aquí es donde llega lo bueno: nos quedamos atascados no tanto porque esté mal nuestra mirada, sino porque confiamos en una única narrativa, explicación, perspectiva o determinada forma de solución que, lejos de ayudar, complica las cosas en el contexto ecológico, relacional y socioeconómico en el que estamos.

Por eso, una narrativa más adecuada, mejor integrada, igual sí que sirve para salir del círculo en el que estábamos antes metidas o metidos. Pero, al ser una, grande y maravillosa, como España, nos predispone a meternos de nuevo en el fango.

Es como si sacásemos el coche del barro sin cambiarle las ruedas: puede que lleguemos a la carretera, pero tampoco es extraño que nos quedemos otra vez atascados.

Entonces, Gorka, ¿qué propones?

Pues algo un poco radical —y que no siempre se va a poder hacer—: mantener las tensiones entre las posibles narrativas, sin tratar de resolver o integrar nada. Comernos la paradoja. Aceptar que varios puntos de vista contradictorios pueden ser posibles a la vez, porque nuestra identidad y nuestra mente no son monolíticas, sino múltiples, como el parto de una coneja. Y, dependiendo de qué se active, las cosas son de una u otra manera.

¿Qué ganamos con eso?

Cambiar las malditas ruedas. Porque las lisas no agarran. Ponerles tacos, aunque la tracción total no sea posible.

Eso significa que ese chaval que se niega a ir a clase puede ser, sí, un pvto vago que ha encontrado la grieta en la disciplina de sus padres para hacer lo que se le pone en la punta del miembro, claro. Pero también, a la vez, un chico vulnerable y sensible que no aguanta más la mirada de sus colegas, que piensan que es gilipollas. Y, a la vez, puede estar deprimido, necesitando bajar a los infiernos para que se pudra una versión de él que ya no le vale y aparezca algo —sabe Dios qué— nuevo. Y a la vez, y a la vez… hasta el maldito infinito.

Nuestro trabajo no es, entonces, pelearnos contra ninguna versión de la película ni montarnos una nueva. No trabajamos por restricción, sino por añadidura. Ponemos en valor las diferentes facetas de la realidad, esperando el momento oportuno para que la familia pueda estar con ellas, sostenerlas y metabolizarlas.

Sin integrar una m1erda.

Porque integrar es cavar una zanja donde podemos quedar atrapados.

Y ahora vendrá alguna lista o listo que me suelte eso de: «Ya, muy bonito todo esto, colega, pero no se puede aplicar a todos los casos. Y menos con todas esas personas que no quieren trabajar con nosotros porque, lógicamente, nos tienen miedo».

Tú no me has escuchado.

La parte más importante del trabajo no es con las personas a quienes acompañamos —chavales, familias—, sino con nosotras y nosotros mismos.

Con el menda lerenda.

Porque el menda también se queda atascado, naturalmente, en isomorfismo con el modelo de respuestas con el que habitualmente se han encontrado las chavalas, los chavales y sus familias. Hace puñeteramente lo mismo.

Puede que sepa fingir mejor —eso lo hacemos bastante bien—, pero al cuerpo no se le engaña.

Y eso nos coloca en una posición estupenda para activar otro modelo de respuesta que no parezca la actuación en una telenovela turca, sino que nos creamos. Que nos creamos, h0stia, porque podamos convivir con nuestra propia multiplicidad, tolerando la paradoja.

Yo soy el Prometeo gilipollas, pero también una Deméter cuidadora, un Hermes socarrón, un Ares que conquista, un Poseidón al que se le va la castaña o un Zeus mediador si me vengo arriba. Y todas las malditas facetas de la humanidad. Y cuanto más me reconcilie con ellas, más voy a resonar de manera creativa con las personas a quienes acompaño, facilitando sus movimientos y, con ellos, que emerjan los recursos naturales para ellas y ellos.

Porque, si me muevo yo y cambia mi perspectiva, el mundo se mueve conmigo. ¿Para dónde? Yo qué sé. Pero fijo que ya no está atrapado en el mismo modelo de respuesta.

Y así, sin pretenderlo, sin querer, odiándome a veces, es como la gente sale de algunos de sus atolladeros.

Sé que no te lo crees.

Pero yo te lo digo.

—

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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