[…] Discutimos. El café cambiaba de manos, se derramaba en parte por la mesa. Yo me encendía que lo flipas. A mí, cabronazo, no me vas a engañar. […]
He tenido otro sueño.
Baia, baia… Al final vais a conocer mi inconsciente mejor que yo.
Miedo me da.
La cosa es que, no sé muy bien por qué, yo estaba en Turquía. No, no había ido para ponerme pelo. Yo no soy así. Pero nada en contra del césped capilar.
Las cosa es que iba, junto con un amigo, a un puesto de bebida y comida callejera, donde se vendía café y algunos tipos de carne.
En determinado momento, me daba cuenta de que el dueño de la tienda me quería timar. Quéría cobrarme mucho más de lo que era justo abonar.
Discutimos. El café cambiaba de manos, se derramaba en parte por la mesa. Yo me encendía que lo flipas. A mí, cabronazo, no me vas a engañar.
No sé cómo, acababa amenazando con un plátano al pavo —Freudianos, absténgase de cualquier interpretación— y, en un momento de furia extrema, se lo trataba de meter por la nariz.
¡¡Grrrraaahhhhh!!
Y me despierto sumamente angustiado, con una mala hos*ia que no os podéis imaginar.
Hasta ahí, todo normal.
Pero voy yo, que no soy para nada de darle vueltas a las cosas, y me fijo en dos elementos que parecen secundarios frente a la escena principal. Ante la violencia del plátano nasal.
Que no dijo que el co*o plátano no tenga importancia —Freudianos conteneos—, pero sí que a veces, cuando observamos nuestros sueños, son otros elementos los que captan nuestra curiosidad. Por algo será.
Fiaca y dos cosas que es necesario nombrar. La primera es ese amigo presente pero que no interviene. La segunda es que, durante todo el sueño sostengo la sensación de que existe una profecía o la certeza de que todo se va a resolver. Es como si alguien hablara desde otro plano de la realidad recordándome que todo va a salir bien.
Respecto a lo del amigo, no quiero salir por ahí. Hay situaciones que solo podemos gestionar en soledad a pesar de estar físicamente acompañados. Sea como sea, no parece haber ningún tipo de emoción o reproche dirigidos hacia él.
Pero de la profecía es muy diferente. Impregna todo el sueño y de alguna manera s constituye una especie de anclaje que permite esa lucha contra extranjero más grande, en un entorno hostil.
No es el amigo, que no hace nada. Es esa sensación interior de que pase lo que pase, hay un colchón de seguridad. De que, no sé cómo, la suerte me va a sonreír.
La suerte. Hace tiempo escribí sobre ella y ahora, la muy petarda, vuelve a aparecer. No como destino escrito por dios ni por los astros, sino como experiencia interior sustentada por una historia vital.
A ver cómo explico yo esta vaina, sin que penséis que le doy a las sectas o al LSD.
Todas y todos tenemos un arquetipo que está diréctamente asociado con la expansión de nuestro territorio, el ejercicio del poder y la suerte —esto es clave— que nos sentimos legitimados para tener.
Zeus, el rey del Olimpo. El dios del uso que hacemos de nuestra función ejecutiva para prosperar y ejercer el poder en el mundo de la luz o material.
Pero, como todos los arquetipos, Zeus, el Júpiter romano, está investido por nuestra propia historia. Por las experiencias vividas. Por eso, Zeus, especialmente él, tiene clase social.
No sólo reconoce un territorio, sino que sabe perfectamente hasta dónde podría conseguir gobernar.
Y esta idea es justo, lo que mejor conecta la historia transgeneracional de mi familia, con esa profecía del sueño que, puesta en palabras, diría algo así como «no te preocupes, Gorka, que alguien scudirá al rescate, o todo se trsolverá mágicamente para ti».
De niño mimado de familia burguesa, ya lo sé.
Privilegio material que se transmuta en un anclaje añadido a la seguridad: «tienes derecho a disfrutar de la suerte que la vida te pueda deparar, porque tú lo vales como miembro de una familia guay».
Por eso, hay peleas y conquistas a las que me merezco aspirar. Con el turco cabrón —sólo ese, ¿vale? Nada en contra de Turquía, que tiene los huevos necesarios para plantar cara a Israhell—, o para dar una conferencia con Cirulnik, en plan, yo también puedo aportar
Porque si los míos pudieron, por qué no yo. Sigue muy por arriba el techo de cristal.
Mira que guapo soy, y qué tipito tengo. Toma que toma que dale.
Sea como sea, conectar con el arquetipo Zeus, nos permite no sólo la expansión, sino también tomar conciencia de nuestro privilegio personal. Y por tanto, ser mucho más conscientes de las cosas que, para nosotras o nosotros, son fáciles porque están inscritas en nuestro ADN intergeneracional.
Venimos de familias, nobles, burguesas, trabajadoras, humildes o miserables —sí, miserables, porque hay gente que vive en la maldita miseria— que nos han configurado en torno a lo que es posible, legítimo o deseable, en función del lugar que ocupemos en la sociedad. Y aquello a lo que aspiramos, que vemos como posible o imposible, está cruzado por las condiciones materiales en las que vivieron los nuestros, y que siguen condicionando y casi determinado hasta dónde nos es seguro y legítimo aspirar.
Por eso me inflan tanto los hue*os escuchar algunos «consejos» profesionales, totalmente inconsistentes con la realidad de las personas vulnerables, y las limitaciones de su Zeus personal o familiar. O peor aún, las expectativas de la «intervención» de empresas o instituciones dirigidas o compuestas mayoritariamente por personas de evidente superior clase social.
Luego decimos eso de que «no hay avances», cuando, en realidad, igual es que sí los hay, pero en un territorio que tú Zeus soberbio no quiere ni mirar.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
