Venirse arriba

[…] Peña que se ha venido arriba y nadie les ha parado. Puede ser desde el control —oh my god—, desde los cuidados —qué admirable actitud, que se deja la piel por la infancia vulnerada— o desde donde sea, pero en todos los casos es gente seducida por el estatus que les otorga el rol que han alimentado. […]

¿Quién cuida del profesional que disfruta con su poder?

Ho*tia. Menuda pregunta, ¿no?

En el ámbito educativo, sanitario y social hay pocas estructuras que dispensen cuidados a sus trabajadoras y trabajadores. Eso lo sabemos. Con suerte, caes en un equipo en el que haya gente maja, que no te amargue la vida, y entonces das gracias al cielo por la suerte que te ha tocado.

Pero no esperes que instituciones, empresas o sindicatos te apoyen cuando empiezas a quemarte o cuando te da un apechusque en términos de ansiedad o depresión. En esos casos, dependes en exclusiva de ti mismo: o te pagas una terapia o acudes a los servicios públicos cada dos meses, si demuestras que estás bien j*dido. Porque si no, benzodiazepinas o escitalopram y pa casa.

Y a esperar dopado una solución mágica.

No, si lo bueno que tiene nuestro sistema de salud mental es que trata igual a todos. Guiño, guiño. Y ni de coña.

Sea como sea, todavía tienes alguna posibilidad de recibir tratamiento si lo que te pasa va en la línea de que te sientes más vulnerable o se te ve jodido. Ahí todavía hay posibilidad de ayuda por cuenta propia o a través de este sistema público que están desmontando por momentos.

Pero ¿qué pasa cuando la vulnerabilidad no tiene esa forma; a saber, cuando se presenta como fortaleza?

Porque para las personas con quienes trabajamos parece menos peligroso una o un profesional que se viene abajo que una o uno que se viene arriba. El que se viene abajo suele perder agencia y autoridad; está claro que está mal, y uno se defiende con más o menos acierto. Pero ¿y el que se viene arriba? Me refiero al que goza —término lacaniano que encaja estupendamente aquí— con el reconocimiento, la influencia o cumpliendo con los objetivos.

Ah, colega, de eso no se habla.

Pero igual es el más peligroso.

El poder tiene una erótica. Y los que hemos estado en ocasiones un poco arriba lo sabemos. A uno le gusta que le hagan caso, que le digan lo bien que hace las cosas, que lo admiren y sienta que se expande su territorio.

Si es puntual, no pasa nada. Como quien se hace una pajilla para que le entre el sueño.

Pero no es extraño que una o uno empiece a creérselo. Y suele ser un proceso paulatino, poco a poco, del que es difícil darse cuenta.

Seguramente tenga mucho que ver con la disonancia cognitiva, ya sabes, esa tendencia que tenemos todos para justificar nuestra conducta, paso a paso, hasta creernos cosas que de golpe no aceptaríamos.

Piensa en alguien que recibe un reconocimiento más o menos público. En un primer momento puede que haya cierta resistencia a creérselo («no es para tanto»). No es extraño, porque, si uno acepta una nueva posición en el mundo, toca hacer cambios. Pero, si ese reconocimiento se repite, puede que empiece a justificarlo («bueno, igual esto sí que se me da un poco bien, para qué negarlo»). Esto abre una grieta casi imperceptible, pero que es fácil que se agrande por momentos.

Porque por esa grieta pueden colarse ya más fácilmente los nuevos reconocimientos. En algo parecido al «fenómeno del pie en la puerta», uno avanza un pasito para que su poder se reconozca, justificando cada uno de esos pequeños movimientos. No pasa casi nada cada vez, pero ocurre muchas veces a lo largo del tiempo. Y si nadie ni una hotia de realidad te frenan, puede que acabes funcionando como un chulo de mie*da.

Y a los chulos se les tiene miedo. Nadie les dice nada. El ciclo, entonces, se habrá cerrado. Tú te creerás que eres la p*olla con cebolla, el maldito Zeus del Olimpo —te pido perdón, oh señor de todos los dioses—, mientras haces estragos con tus rayos, apuntándote un tanto cada vez que chamuscas aquello a lo que habías apuntado.

Hay mucho de esto en los servicios sociales. No vamos a negarlo. Peña que se ha venido arriba y nadie les ha parado. Puede ser desde el control —oh my god—, desde los cuidados —qué admirable actitud, que se deja la piel por la infancia vulnerada— o desde donde sea, pero en todos los casos es gente seducida por el estatus que les otorga el rol que han alimentado.

Puede que sean las más peligrosas. Los más «pegrilosos». Porque cuando uno se centra en esta modalidad masturbatoria del ego, deja poco espacio para la agencia y la dignidad de las personas a quienes acompaña, causando un daño que, no por invisible, deja de ser menos daño.

Y ahora toca volver a la pregunta del principio:

¿Quién cuida —porque necesita principio de realidad, hostión de la vida y cuidados— del profesional que disfruta con el poder que su profesión le ha facilitado?

Porque todas y todos llegamos a estos contextos buscando algo.

Sin ello, difícilmente aguantamos.

¿Quién, en nuestras estructuras, tiene legitimidad o permiso para devolver a alguien abajo?

¿Por qué no se asume esa responsabilidad?

No lo ven, ¿o hay otros intereses asociados?

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Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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