[…] —Es una especie de cueva sucia. Hay una puerta con barrotes oxidados. Está húmeda. Hay una especie de palangana para mear y cagar. Huele que apesta —se animó a contar—. Hay una especie de sombra fuera. No puedo verle la cara. Pero sé que me mira con desprecio. […]
—A mí me han dicho que no valgo para estudiar. No me da la cabeza para eso.
Algo se activó en el educador, justo en el centro del pecho.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó.
—No sé. Todo el mundo. La orientadora, mis padres, hasta a mi profesor se lo veo en la cara. Cuando toca leer en alto, me salta. Da por hecho que no sigo el hilo. Es como si fuera un apestado.
«Apestado», pensó el profesional. Le vino a la cabeza la imagen de una mierda humeante en invierno.
—¿Qué es para ti ser un apestado?
—Alguien que huele mal.
—Me refería a qué imagen te viene a la cabeza. ¿Cómo se ve el apestado ante la mirada de toda esa gente?
Se quedó pensando.
—Me viene a la cabeza una cosa, pero es una tontería —respondió.
—De tontería nada —contestó el educador—. Lo primero que nos viene a la cabeza suele ser importante.
—De repente, me ha llegado la imagen de un preso, en una mazmorra oscura.
—Deja la imagen en la cabeza… podemos explorarla. ¿Qué es lo que ves alrededor de él?
Sus ojos comenzaron a buscar hacia dentro.
—Es una especie de cueva sucia. Hay una puerta con barrotes oxidados. Está húmeda. Hay una especie de palangana para mear y cagar. Huele que apesta —se animó a contar—. Hay una especie de sombra fuera. No puedo verle la cara. Pero sé que me mira con desprecio.
—¿Ves algo más?
—Cae agua sobre mi cabeza. Está sucia. El techo gotea. Y hay… hay pintadas por las paredes. Dibujos y letras.
—¿Algo que te llame la atención?
—Veo un dibujo que parece haberlo hecho un niño. Es un hombre ahorcado.
—¿Algo más?
—Espera, sí, hay un texto escrito en azul. Todos los textos son negros, excepto éste.
—¿Te apetece mirar a ver qué pone?
—No consigo leerlo.
—No fuerces la vista. Sólo observa. A veces, aparece solo.
Se hizo un largo silencio.
De repente, se le humedecieron los ojos. Parecía hacer esfuerzos para contenerse, pero las lágrimas delataron su estado.
El educador calló. No quería interferir en ese momento.
—No me cuentes si no quieres.
—Sí… sí que quiero contarlo.
—Estupendo.
—Pone… pone, y casi he podido escucharlo… —se le entrecortó la voz— pone… “no te olvides de quien fuiste antes del encierro”.
—
Este texto es ficticio, pero basado en experiencias reales.
Hay varias ideas de fondo, pero prefiero formularlas como preguntas:
¿Qué impacto tiene la mirada del contexto en la legitimación de los arquetipos con los que nos presentamos ante él?
¿Podría ser que emergieran habitualmente en nosotras y nosotros con más facilidad las figuras que pueden ser escuchadas por los nuestros?
¿En qué condiciones está un “preso apestado” para demostrar sus cualidades o su inteligencia? ¿Cómo intervienen en la evaluación de las potencialidades o dificultades del alumnado los arquetipos dominantes en ellos?
¿Qué trampa o posible ciclo de retroalimentación puede haber implícito en esto?
¿Hasta qué punto las figuras profesionales emitimos dictámenes o sentencias sin considerar la multiplicidad que otras personas llevan necesariamente dentro?
¿Qué es antes el huevo o la gallina? ¿La emoción o la imagen? ¿O depende del caso?
¿Cómo podemos apoyarnos en las imágenes para facilitar la movilidad de la mente y una mejor adaptación al contexto?
Porque, cuando aparece ese texto azul, ¿sigue siendo exactamente el mismo preso? ¿Quién empieza a aparecer, aunque sea como espectro?
¿Qué habría pasado si el profesional no hubiera intuido que había algo más esperando dentro, en un segundo plano?
De todo esto y de mucho más hablaremos en el LABORATORIO ARQUETIPAL | Una mirada múltiple hacia el sufrimiento humano, que empieza el día 01 de Octubre de 2026.
Ya veis, es teoría sistémica y narrativa. Ni religión, ni secta 😉
¿Te apuntas?
Si quieres, comparte con los tuyos.
—
Gorka Saitua
