Recuerdo lo que me pasó.
Aquel chico solía hacer algo que le hacía francamente mal. Como tenía buena relación conmigo, yo le interrogaba, día tras día, tratando de averiguar por qué hacía eso.
No parecía tener sentido.
Así que yo, erre que erre, intentaba dar con un significado que pudiera explicar su conducta y, mágicamente, desactivar esa conducta a todas luces tan dañina.
A veces, las y los profesionales, condicionados por nuestros modelos de referencia o por las películas de Hollywood, vivimos determinados mitos. Mitos como aquel que dice que el síntoma debe ser explicado y que, gracias al significado, se va a reducir, desactivar o abandonar el cuerpo de la persona afectada.
Podemos llamarlo el Mito del Síntoma Fantasma, porque lo tratamos como si fuera eso: una especie de espectro que necesita ser entendido para abandonar la casa.
Pero ¿qué pasaría o qué cambiaría si aceptásemos, de una vez por todas, la idea de que no todos los síntomas buscan comprensión, significado o explicación?
Menuda pregunta.
Porque ya te digo yo que hay síntomas que buscan vida, movimiento, poder, expansión, control, ruptura, toma de tierra, tiempo para desarrollarse, protección del vínculo, compañía, mirada, aprecio, pertenencia, brillo, límites, disolución, comunicación, respeto a los ritmos y ciclos naturales, impacto, dominio, huida, reparar una afrenta, refugio, protección de la intimidad, retorno a la animalidad, respuesta estratégica… Y no todos ellos se llevan igual de bien con la voluntad profesional de reducir y explicar.
No nos engañemos: las y los profesionales tenemos mucho de Cronos, Zeus y Atenea. Queremos dominar desde la urgencia por miedo a que nos destronen, expandirnos en nuestro territorio y gobernar con agencia la parcela de realidad que nos han concedido, y actuar con estrategia para resolver los problemas.
Es lo que el mundo nos pide y lo que normalmente hacemos bastante bien.
Pero rara vez pensamos que una buena intervención puede pasar por preservar la angustia el tiempo suficiente para escuchar qué está ocurriendo; por no hacer nada; por observar calmadamente lo que pasa, lo que se mueve y lo nuevo que brota; o —entre otras miles de cosas— por disolver los límites que cristalizan determinadas relaciones de poder.
Nos sentimos profundamente incómodos, por ejemplo, con la idea de que una explosión emocional que arrasa pueda crear, como una riada, las condiciones para que emerja otro tipo de naturaleza donde antes había civilización.
Y, como hay posibilidades que no contemplamos, muchas veces acabamos enganchados en los mismos problemas que tratamos de “solucionar” —nótense esas feas comillas—: las figuras que nos ocupan y en las que permanecemos en nuestra profesión condicionan la respuesta que pueden dar las personas a las que acompañamos, frente a nosotros y frente a su realidad.
Aunque poco se aplica, es teoría sistémica de cajón. Enactuamos, fijando las respuestas de los demás.
Por eso, me voy a lanzar.
¡Qué H0sti4as!
Y vamos a abrir un LABORATORIO ARQUETIPAL. Un taller donde podamos ver nuestra realidad como personas y profesionales desde los arquetipos que nos dirigen, los que permanecen a la espera y los que, aun habiendo sido exiliados, todavía podrían aportarnos algo.
No para “integrar” nada, sino para sostener creativamente las tensiones entre ellos y ver cómo nos podemos mover entre todos esos recursos de los que, aun degradados, todavía podemos disponer.
¿Quién interviene cuando intervengo yo? Te explota la cabeza.
¿Y si aquello que intentas eliminar es lo que todavía mantiene a esa persona en pie? No me jodas.
¿Qué figuras se me quedan fuera cuando una sola forma de mirar gobierna la intervención? La madre que me parió.
¿Cuánto del problema pertenece a la persona y cuánto a la relación que hemos construido con él? Ay, diosito.
¿Qué movimiento estamos frenando porque todavía no se parece a una mejoría? Me va a dar un mal mayor.
¿Cómo afecta la mirada que deseo por parte de compañeras, compañeros, empresas e instituciones al personaje con el que me desenvuelvo al acompañar? Mejor me apunto a ganchillo y que te den.
Todo con esa perspectiva sistémica que tanto nos mola para acercarnos a los fenómenos que implican complejidad.
300 pavos. 8 sesiones semanales: la primera, de dos horas, y las demás, de hora y media. Los jueves a las 19:00.
A ver si hacemos grupo para empezar el 1 de octubre.
El complemento perfecto para lo sistémico, narrativo y polivagal.
Pa que no la caguéis tanto como yo 😉
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Contacto: educación.familiar.blog@gmail.com
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
