Yo, vehículo de maldad

[…] A veces solo podemos elegir entre diferentes formas de causar daño. […]

Cuando era adolescente pasé prácticamente un año muy aislado. Durante varios meses estuve solo en el patio del colegio. Me había quedado sin amigos y no encontraba un lugar en el que estar.

Tiempo después conseguí integrarme en otro grupo. Allí me sentía acogido y rodeado de personas con las que tenía verdadera afinidad. Algunos de aquellos amigos los conservo hasta hoy.

Poco después, varias personas del grupo cometieron una agresión brutal contra otro miembro. Ahora que lo recuerdo, es muy probable que aquel chico tuviera rasgos autistas. Le tiraron por un barranco y se rieron cruelmente de él.

Y yo me reí con ellos.

Pudo ser por miedo a la exclusión, por maldad o por mera estupidez. Pero me reí y, por tanto, participé activamente de aquella agresión. No me limité a quedarme quieto: causé daño a esa persona sabiendo lo que estaba haciendo.

No hay excusas.

Tiempo después, cuando algunos recordaban entre risas lo ocurrido, pude decir que a mí me había parecido mal. Pero lo hice con la boca pequeña, sin entrar en conflicto con el grupo que me había acogido.

Las personas somos muy vulnerables a cometer este tipo de agresiones cuando priorizamos la pertenencia frente a nuestros valores o nuestro deseo.

Algunas podéis pensar que fui malvado, y posiblemente sea una lectura válida. El daño está hecho. Pero también existe otra lectura desde la vulnerabilidad que implica necesitar pertenecer y sentir que no tenemos una alternativa, otro lugar en el que ser acogidos.

Hay grupos en los que no quiero estar. Y no solo porque pueda haber personas malvadas ejerciendo un liderazgo nocivo. También porque sé que, cuando sentimos que no tenemos otra opción para pertenecer, se abre un espacio para la crueldad: sacrificar a alguien en favor de la cohesión del grupo, convirtiéndolo en responsable de un malestar que los demás no queremos ver.

Hoy siento un profundo rechazo hacia esas dinámicas. Cuando percibo la designación de un chivo expiatorio, o incluso mucho antes, cuando aparece el miedo a la exclusión, siento rechazo y me retiro.

No es una decisión consciente. Es visceral.

Si alguien tiene que aguantar la paliza, mejor que sea yo.

Algo dentro de mí dice que es mejor estar solo, conociendo mi vulnerabilidad, que acabar perpetrando daño contra los demás. Como si hubiera elegido el aislamiento como una forma de preservar cierta integridad moral.

Pero cuidado: esto no me hace mejor que nadie.

También me convierte en una isla fortificada de la que emerge un dragón. Una isla que apunta sus cañones hacia fuera y genera tensiones a mi alrededor que otras personas pueden sentir como hostilidad, distancia o rechazo.

Es, entre otras cosas, una forma de preservar una imagen de mí mismo que pueda sostener, sabiendo que, en determinadas condiciones, puedo ser un vehículo de maldad.

Ahora, de adulto, también.

Pero ¿por qué os cuento todo esto?

Porque esta historia ilustra bastante bien que hay momentos en los que las cosas no son tan simples como elegir entre el bien y el mal. Muchas veces elegimos entre diferentes formas de sufrimiento, o entre un mal y aquello que consideramos un mal menor. Y asumir esa elección, aunque desde fuera no se vea ni se valore, también puede ser una forma de responsabilidad.

Por eso me da tanta rabia cuando, en los procesos de orientación familiar, lo vemos todo tan claro en términos de buenas y malas opciones y empujamos a las personas hacia determinado camino sin considerar sus circunstancias ni su complejidad.

Y por eso me da también tanta rabia cuando hacemos lo mismo con niñas y niños: decirles qué tienen que hacer, qué decisión es correcta o qué camino deben seguir.

Las cosas nunca son tan simples.

Entre la realidad y las posibilidades que esta plantea hay una mente en la que se activan arquetipos, imágenes, partes, que condicionan nuestra capacidad de comprender y decidir.

Y a veces solo podemos elegir entre diferentes formas de causar daño.

Esta es la triste realidad que no se narra en los cuentos de hadas: el príncipe convertido en el mismo rey despótico que prometió destruir.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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