Puertas cerradas

Formamos parte de las condiciones de aparición de aquello que acaba por convertirse en conocimiento profesional.

Todas las casas tienen puertas. Algunas están abiertas y otras cerradas. Entre las cerradas, hay puertas que, además, llevan candado.

Hablemos de estas últimas.

Las puertas con candado son aquellas que solo puede abrir el dueño o la dueña de la casa. Son puertas especiales porque lo que va a aparecer desde su interior depende de cómo se abra esa puerta.

Si aparecemos frente a ella con unas tenazas y rompemos el candado porque nuestra autoridad institucional lo permite, incluso lo pide y lo premia, es posible que de aquella habitación aparezcan monstruos. Monstruos terribles que nos van a asustar, como si fuéramos las ninfas que corren escapando de Pan y se transforman cuando se ven atrapadas.

Sin embargo, si esa puerta la abre la dueña o el dueño de la casa, a su debido tiempo, cuando le apetezca mostrar lo que hay en su interior, probablemente encontremos algo diferente.

Puede que sea el mismo monstruo, pero que, en vez de rugir y enseñar los dientes, esté tranquilamente tumbado pidiendo caricias.

Quién sabe.

Quizás abramos la puerta y nos quedemos confusos porque detrás no hay absolutamente nada. Nos preguntaremos entonces por qué estaba cerrada con llave y quizás no encontremos una respuesta. Puede que sobre ese terreno fértil que es el espacio vacío aparezcan, a su debido tiempo, sombras. O enanitos que ayudan en las tareas domésticas. Nunca se sabe.

Lo que sí sabemos quienes trabajamos en intervención domiciliaria, y en este texto no solo estamos hablando de casas, es que el contenido de las habitaciones no depende solo del observador, sino también de la actitud que este muestre frente a determinadas puertas.

Puertas que son muy difíciles de gestionar cuando intuimos o sospechamos que puede haber alguien en peligro dentro.

Podemos llamarlo el principio de incertidumbre de Gorkenberg o, sin tanta pompa, el no tener ni puta idea de qué se esconde entre las paredes, ni de lo que saldrá finalmente aunque hayamos comprobado por la mirilla lo que hay dentro.

Hay fenómenos que no se muestran siempre de la misma manera. Lo que aparezca depende también de nuestra actitud frente a ellos.

Y no me refiero a lo que digamos ni a nuestro lenguaje no verbal, sino a cómo esté posicionado nuestro cuerpo en ese momento, a qué partes nuestras tomen el mando justo cuando procedamos a abrir esas habitaciones.

Quiénes estamos siendo justo en el momento de entablar contacto con eso.

Por eso es una mala práctica, muy mala práctica, para un educador familiar dar por hecho que aquello que salga de una habitación, con dientes o con pelitos y forma de pompón, es una realidad objetiva que puede ponerse sin más en un informe.

Porque los monstruos que permanecen ocultos en las habitaciones de las casas toleran muy, pero que muy mal, ser cristalizados en una sola de sus formas.

Sea cual sea la que describamos con ímpetu burocrático.

Porque tú, cuando hablas de estos monstruos en tus informes, ¿hablas sólo de ellos o también de las condiciones en las que fueron descubiertos?

¿Qué dejas fuera cuando nombras o describes un ente de estos?

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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