[…] Este mito omite que, cuando elegimos o nos encontramos con una forma de criar, asumimos también necesariamente determinadas renuncias. […]
Quiero hablar de algo muy habitual que genera mucho sufrimiento. Cuando un niño, una niña o un adolescente tiene un problema que preocupa en un contexto profesional y, además, su familia presenta cierta particularidad en la forma de criar, los profesionales tendemos a unir ambas cuestiones, casi como si existiera una relación de causa y efecto.
Por ejemplo, si un niño o una niña se comporta mal en clase y su madre gestiona la disciplina de forma laxa, lo habitual, pero también estúpido, es que atribuyamos lo que observamos en el niño al comportamiento de la madre. Y, lo que es peor, pensamos automáticamente que la única solución pasa por que ella cambie su forma de relacionarse con él.
Algunos os estaréis echando las manos a la cabeza porque esta forma de actuar es habitual en los sistemas educativo, sanitario y social. La hemos naturalizado hasta el punto de no ver con claridad las trampas que implica.
Existe un mito relacionado con la crianza que hace mucho daño a las familias y a las niñas, niños y adolescentes a su cargo. Podemos llamarlo el mito de la madre o el padre completo: aquel que, por su forma de estar en el mundo, puede dar a sus hijas e hijos todo lo que necesitan en cada momento.
Este mito omite que, cuando elegimos o nos encontramos con una forma de criar, asumimos también necesariamente determinadas renuncias. No sería extraño pensar, por ejemplo, que el padre autoritario renuncia a una relación de confianza con sus hijos y que la madre amistosa renuncia a ciertas formas de poder que incluso pueden ser socialmente apreciadas.
No sé puede llegar a la vez a todos los sitios.
Cuando me encuentro con una familia en esta tesitura, muchas veces pregunto: «¿A qué habrías tenido que renunciar si hubieras elegido otra forma de estar en la relación con tus hijos?». Y no es extraño que la gente se emocione y hable de cuestiones que los profesionales no hemos sabido valorar, cegados por el mito de la completitud y por esa atribución causal que explica el síntoma a partir de aquello que simplemente resulta llamativo.
No es extraño, por otro lado, que también confundamos las formas de gestionar los problemas con el origen de los mismos, haciendo sentir a las familias doblemente culpables: por no saber reaccionar bien y por haber causado el desajuste por el que sufren.
Amiga y amigo que trabajas en estos sectores: tus padres no fueron progenitores o cuidadores completos contigo. Tú, como padre o madre, no cubres ni puedes cubrir todas las necesidades de tus hijos. En tu trabajo, cada vez que asumes una forma de relacionarte con compañeros o familias, dejas necesariamente otras cuestiones de lado. No las ves, no las trabajas, no existen en el contexto de esa relación para ti.
Y está bien.
Está bien no llegar a todo.
Hagamos un pequeño ejercicio reflexivo. Pensemos qué ocurre precisamente en esos lugares a los que no llegamos. Porque quizá, al no llegar, estemos ofreciendo a esas personas espacios de libertad que, de otro modo, serían imposibles. Incluso lugares donde el malestar esté presente y pueda gestionarse de manera autónoma, con todo el orgullo que implica resolver las cosas por uno mismo. O más interesante aún: lugares donde encontrarnos con la angustia y el vacío en los que solo podemos construir otra forma de relación con el deseo, a su debido tiempo, y por nosotros mismos.
La gente sufre por no llegar, es cierto. Pero, sobre todo, sufre cuando se le pide actuar de una manera diametralmente opuesta a lo que dictan su instinto y su deseo. Por la tensión interna, y también por la conciencia de las renuncias que implica abandonar esa forma de estar en el mundo que le es tan grata, estimulante y con sentido.
Porque, ¿qué perderías tú si alguien te dijera que no puedes relacionarte desde ese lugar precioso con tu hija o hijo?
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
