[…] Es lanzarse a la piscina sin saber si hay agua, una hostia mortal o cualquier otra cosa. Muy trágico, trágico, porque nadie te puede garantizar que las cosas vayan a salir medianamente bien. […]
—Me ha llamado mucho la atención cómo te he visto hoy. Ha sido impresionante.
—¡Pero si no he hecho nada!
—No me refiero a lo que has hecho, sino a tu presencia —corregí—. Te he notado con PODER.
Se quedó pescando.
—Sí, sí. Sentí que te acompañaba un «dios» —nótense las comillas para recalcar que no estamos hablando de religión— en particular. El dios más poderoso. Más incluso que el propio Zeus. ¿Sabes quién es ese «dios»?
—¿Perséfone?
—Umm… Casi. Quizás Perséfone también nos valga. A fin de cuentas, es la reina del inframundo —continué—. Pero yo me decantaría más por Hades. Hades es el dios de la muerte —real o simbólica—, de las riquezas y del poder. Y todo ello va íntimamente unido.
—
No sigo con la conversación porque no tengo permiso. Pero quiero que nos quedemos un poco con esta última parte: Hades es el dios de la muerte, las riquezas y el poder. Porque, cuando lo escuché por primera vez, para mí no tenía ningún sentido.
Sin embargo, tiene toda la lógica del mundo.
Hades es el dios de la putrefacción, a saber, de todos esos procesos que nos permiten, bajo tierra, liberarnos de las partes, identidades o sentidos que ya no nos valen. Que ya no encajan con lo que la vida nos ha enseñado. Cuando Hades se hace cargo de nuestra vida, es habitual que nos sintamos en una crisálida, separados del mundo, renunciando a una forma de ser para que pueda aflorar, poco a poco y a su debido tiempo, otra más adaptada a nuestras necesidades y a las circunstancias.
Son procesos que solo pueden hacerse en soledad. Es decir, renunciando en gran medida al mundo de la luz y, con él, al contacto humano. Uno es secuestrado o se retira a su cueva para que sea posible una transformación que es necesaria, la acepten o no los grupos a los que pertenece.
Porque aquí llega lo interesante: una o uno no puede transformarse radicalmente, en su misma esencia, y pretender tener los mismos lugares en los que habitaba antes. Debe asumir el riesgo de quedarse sin el lugar que le era grato o ingrato en sus grupos de pertenencia.
Esto es una movida que lo flipas, porque, cuando uno baja al inframundo a librarse de su miseria o inmundicia, puede saber o tener cierta intuición sobre lo que ya no le vale —seguramente Cronos (el dios de la realidad que se impone y de la frustración asociada a la sensación de insuficiencia) se lo haya dejado bastante claro—, pero difícilmente sabrá cómo va a salir transformado.
Es lanzarse a la piscina sin saber si hay agua, una hostia mortal o cualquier otra cosa. Muy trágico, trágico, porque nadie te puede garantizar que las cosas vayan a salir medianamente bien.
Pero «cuando uno come algo del inframundo, queda ligado eternamente a ese territorio». Y ese territorio es sumamente fructífero para iniciar, sostener y consolidar una buena relación con nuestra imaginería personal y colectiva. Es decir, es el espacio donde se manifiestan mejor —aunque no únicamente ahí— lo que James Hillman llamaría «imágenes del alma»: esas manifestaciones de los arquetipos que se expresan de manera autónoma y pueden obrar cambios significativos a nivel de la consciencia.
Por eso, Hades es el dios de las riquezas. De las riquezas de la psique, la mente o el alma. Riquezas que no solo implican estar en contacto con nuestra propia intimidad, sino también la posibilidad de que, en conexión con ella, se produzcan los movimientos necesarios en todo nuestro sistema de respuesta, social e identitario.
Una mujer o un hombre es rico cuando se permite determinados movimientos. Pero, a veces, los movimientos no emergen como resultado de la voluntad o la emoción —eso es propio del mundo de la luz, de la superficie—, sino como obra de los cambios que, de manera autónoma, operan las imágenes.
Es muy radical todo esto, colegas, porque lo que estoy diciendo es que la psicología y la educación tradicionales se han olvidado de los mecanismos implícitos en los cambios más profundos, en los que es habitual que llegue primero el cambio en la imagen y luego, sí o no, la emoción o la voluntad que la acompaña.
A tomar por culo todos los cursos que ha dado sobre la polivagal. A veces, primero no es el cuerpo: es la expresión anedónica del alma.
Ay, lo que ha dicho. Así no va a ganar dinero 😉
Pero ahora escucha. Porque he dicho que Hades es, también, el dios del poder. Coño, claro: del poder real, del poder sobre uno mismo. Hostia, es verdad. Mientras que Zeus ejerce poder sobre los demás y sobre algunas estructuras internas, Hades permite la transformación interna. No el cambio de conducta, sino de toda la organización interna. Es el contacto con el vacío y la angustia lo que permite organizarse en torno a otras modalidades de lidiar con el deseo.
Muy lacaniano el Plutón romano, oye.
Pero ese poder sobre el mundo interno, que exige retirada y no promete una mierda —salvo acabar siendo otro a quien todavía no reconocemos—, también implica un isomorfismo con el mundo exterior.
Y eso hay que decirlo.
Porque quien ha estado abajo sabe que se puede estar solo. Que no es el fin del maldito mundo. Que se puede renunciar a relaciones, a significados, a creencias, a filosofías, a ideologías, al deseo y a lo que sea sin ser necesariamente destruido. Y eso coloca a Hades, o a la persona que tiene buena relación con él, en una clara posición de poder frente a los dominios de Hera, la diosa que prioriza el mantenimiento del orden y de los vínculos sagrados.
Cuando una o uno sabe que puede habitar el subsuelo, o incluso la muerte, adquiere otra presencia en el mundo.
Y tú, ¿qué tal te llevas con Hades? ¿Todavía estás en los dominios de Hera? ¿O has conseguido pendular entre ambos mundos?
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
