[…] No es extraño que el acosador utilice precisamente esa nueva imagen de la mujer acosada para reforzar su propia posición frente a los demás. […]

Quiero que contemples esta imagen. Es Siringa, tranquila en el bosque. De repente aparece el dios Pan y la persigue para violarla. Siringa corre, pero finalmente Pan, más poderoso, consigue acorralarla. Siringa entonces se transforma en unas cañas.
Pero lo más llamativo es lo que pasa justo después: Pan utiliza precisamente esas cañas para construir un instrumento musical. Y con ese instrumento hace música y es admirado por el resto de las criaturas del bosque.
Esta escena representa muy bien qué es lo que pasa cuando las personas somos perseguidas por un ansia devoradora. A nivel exterior podría ser una persona cuya conducta nos amenaza o nos destruye; a nivel interior, podría tratarse de otras cosas, quizás de una estructura interna que niega o intenta destruir otra parte que se siente vulnerable o inadecuada.
En ambos casos, no es extraño que esa vulnerabilidad, que en el mito lleva el nombre de Siringa, se transforme en otra cosa cuando llega el momento crítico. Y tampoco es extraño que esa parte persecutoria, o esa persona que persigue, utilice precisamente esa transformación para hacer su música y quedar bien frente al resto.
Pasa, por ejemplo, cuando una mujer es acosada sistemáticamente por su expareja y finalmente pierde su forma y se convierte casi únicamente en alguien que se defiende. No es extraño que el acosador utilice precisamente esa nueva imagen de la mujer acosada para reforzar su propia posición frente a los demás. Es el maltratador que presume de ser él quien «no está loco», quien mantiene las formas, mientras su expareja da bandazos como consecuencia del acoso. Pan ha conseguido hacer música con las cañas en las que ella tuvo que convertirse para escapar.
Pero también es posible que haya cierto isomorfismo entre lo de fuera y lo de dentro. No sería extraño que una mujer acosada sistemáticamente sintiera también que hay partes de sí misma que son realmente peligrosas, no tanto porque sean dañinas o puedan perjudicarla, sino porque, en ese contexto de persecución, implicarían cotas de vulnerabilidad que no puede permitirse.
Y tampoco sería extraño que esas partes acabaran transformándose en otra cosa. Por ejemplo, una mujer perseguida difícilmente podría permitirse la nostalgia. Quizás esa nostalgia termine convertida en angustia o en un cuadro de ansiedad generalizada. Cosas, todas ellas, mucho más llamativas y que corren el riesgo de devorar el resto de su identidad y ocupar casi toda su experiencia.
En ambos casos, la pregunta clave no es solamente cómo podemos protegernos, aunque esa pregunta también procede. Quizás haya otras preguntas anteriores o posteriores: ¿quiénes éramos antes de tener que protegernos? ¿Qué hemos perdido por el camino? ¿Qué podríamos recuperar si la persecución cesara?
O, incluso, una pregunta todavía más difícil: ¿qué podríamos empezar a recuperar, aunque la persecución no cesara?
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No hace falta que lo diga, ¿verdad? Este tipo de interpretaciones no excluye, de ninguna manera, la protección policial, judicial, de los servicios sociales o comunitaria que requieran la víctima y sus hijos, ni otras formas de apoyo. Tampoco está reñida con aplicar las sanciones o limitaciones de movimientos al perpetrador que sean justas y necesarias.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
