Las marcas de la vida

[…] Los Titanes desmembran, trocean al pequeño Dionisos, lo cocinan y lo devoran. Esta imagen es terrible, pero también representativa de lo que sienten las personas que, estando en ese lugar, viven una experiencia parecida. […]

En las personas atravesadas por una marca (la adversidad temprana, el trauma, el estrés crónico, la neurodivergencia, etc.) se suele repetir una historia: la historia de Dionisos Zagreo.

Mientras la cuento, le voy dando una de las posibles interpretaciones para adaptarla a este contexto. Quizás se la quieras contar a algún ser querido o persona que haya vivido, esté viviendo o vaya a vivir —es casi una profecía— algo parecido.

Fíjate qué curioso.

Dionisos Zagreo parece nacer de la unión entre Zeus y la hija de éste, Perséfone. Más allá de lo cuestionable que pueda resultar este incesto, Dionisos emerge inicialmente como un ser constituído por dos principios básicos: la capacidad de decisión, sentido y agencia, cosa de su padre, y la de descender a los infiernos y regresar al mundo con la experiencia innombrable e incomunicable. Como muchas de las personas diferentes o heridas.

Las descripciones del joven Dioniso difieren o son contradictorias. Hay quien dice que ya en su primera infancia tenía rasgos monstruosos como, por ejemplo, cuernos; y hay quien afirma que era un niño sumamente luminoso. Esta ambivalencia en su descripción me lleva a la experiencia que muchas personas tienen con estas niñas y niños marcados: se pasa de una especie de idealización, a verlos como diferentes, extraños e incluso monstruosos, según veamos su capacidad de resistencia, o la oscuridad que llevan dentro. Les obligamos así, sin querer, a posicionarse en uno de los dos extremos, dificultando la integración natural de la personalidad a través de los procesos de diferenciación y socialización: “haga lo que haga, el mundo no puede verme en mi complejidad, sino como una caricatura”.

Sea como sea, la noticia del nacimiento de Dionisos llega hasta Hera, la reina del Olimpo y mujer de Zeus, y ésta entra en cólera. Como no puede atacar a su marido —eso implicaría dinamitar el orden que defiende—, sabe de la profecía que dice que un hijo de Zeus lo derrocará irremediablemente —esto lo añado yo, porque me viene bien y encaja—, y Perséfone no está a su alcance, la toma con el pequeño. Debe exterminarlo para que no peligre el orden que defiende o los vínculos sagrados.

Aquí veo paralelismos entre el mito y lo que tantas veces reportan las personas marcadas. La mera presencia de éstas en los grupos, cuestiona el orden establecido. A veces, porque traen ciertas historias que asustan; otras veces porque, a través de su sensibilidad, responden a las pequeñas formas de violencia que, sin su presencia, seguirían siendo invisibles; en ocasiones, porque su forma de estar, obliga al resto a salir de su confort, para adaptarse a sus circunstancias. Sea como sea, al igual que en el mito, las personas marcadas cuestionan los vínculos sagrados y el orden de ese pequeño universo. En consecuencia, poco a poco, se despierta la terrible ira de Hera, como supraentidad que empieza a gobernar el grupo.

Hera no ataca a Dionisos directamente. No puede aplastar la inocencia sin ver comprometida su posición en el Monte Olimpo. Por eso, tiene que recurrir a los Titanes, los dioses derrotados y antiguos. Estos acceden a la petición de Hera, no sé muy bien por qué motivo. Quizás, sólo quizás, sientan que, si se adaptan al nuevo orden, pueden tener algún privilegio difuso en relación a su condena en el Tártaro.

En estos Titanes, sorprendentes aliados de la reina de los dioses, yo veo a los “monos voladores” que tantas veces atormentan a las personas marcadas en las campañas de difamación que sufren. Personas que, esperando ciertos beneficios, se alían con esa energía que odia al diferente y pretende su exterminio a cambio de determinados placeres o bienes que nunca quedan del todo definidos. Pero quizás es justo esta indefinición del premio, lo que mantiene la alianza entre el nuevo orden —fíjate— y el antiguo.

No es extraño que estos “monos voladores” sean justo personas que han estado en el infierno, y temen volver a ser relegados a ese doloroso ostracismo.

Los Titanes se acercan entonces al pequeño Dionisos disfrazados. Ocultan su rostro con yeso blanco, y adquieren una apariencia benévola, llevando al niño regalos: juguetes y un espejo. El espejo juega un lugar central en la historia porque es cuando Dionisos se vea sí mismo, y se congratula con su imagen, cuando los Titanes lo atacan salvajemente.

Lo del espejo me resulta muy significativo: suele ser que, cuando la persona afectada se ve a sí mismo en su completitud y se aprecia con dignidad, se activa el salvajismo de los agresores, que no pueden permitir que Apolo bendiga lo que para ellos es maldito.

En la experiencia de las personas vulneradas, suele repetirse esta historia: son precisamente las personas que parecían benévolas y cercanas, quienes acaban causando el máximo daño. Un daño que no se produce en presencia de los dioses, sino en la oscuridad, a través de rumores, comunicación perversa, difamaciones, narrativas corrompidas o atribuciones falaces en relación al comportamiento de la persona afectada.

Los Titanes desmembran, trocean al pequeño Dionisos, lo cocinan y lo devoran. Esta imagen es terrible, pero también representativa de lo que sienten las personas que, estando en ese lugar, viven una experiencia parecida. La persona afectada siente que el mundo lo descompone en partes, y que esos pedazos son incorporados al otro para proporcionarle una nutrición que sólo es posible transformándolos en mera carne, a saber, en meros objetos.

Uno deja de ser completo, para ser alimento.

Pero no todo está perdido porque Atenea entra en escena y rescata el corazón de Dionisos. No las piernas, ni las manos, sino el corazón. Atenea, hija también de Zeus, y conocedora del poder gestador de su padre a través de su propia genealogía, pone en conocimiento del Rey de los Dioses lo acontecido. Zeus, en una ataque de furia, fulmina con un rayo a los Titanes. Los reduce a cenizas.

De esas cenizas, que unen lo antiguo, lo horrendo, la inocencia y lo divino, nace la raza humana.

Me paro un rato aquí, porque esto tiene tela.

Es Atenea, la diosa de la civilización, de la estrategia y de la guerra justa quien rescata el corazón y la esencia de Dionisos. No es Deméter, ni Hestia. Quien salva a Dionisos es una fuerza sumamente inteligente y agresiva, que se construye en torno al anhelo de justicia. Porque lo que el pequeño ha sufrido es un agravio desgarrador, que sólo se puede compensar con cierta forma de violencia serena.

Esta parte se corresponde muy bien con la experiencia de las personas que han sido vulneradas en estos procesos. Hay un momento en su vida en el que no vale sanar, integrar, ir a terapia o cuidarse: sólo es posible la guerra. Y en esa guerra, en la que una o uno reconoce en toda su crudeza el agravio, sólo cabe la acción fulminante de Zeus, liquidando a esos monos voladores. Convertirlos en cenizas. Sacarlos de escena.

Apartarse, romper la relación suele ser lo mejor. Pero hay contextos, como la escuela o el trabajo, que atrapan. Y en ese caso, sólo es posible perpetuar la guerra.

Toca criticar ahora, lo que el entornos suele hacer con las personas que están en ese punto:

«No te pongas así.»

«No seas tan intensa.»

«Intenta arreglarte con ellas.»

«No ha sido para tanto.»

«No puedes vivir para la guerra.»

«Están pagando justos por pecadores.»

«Eres cruel. Te estás envenenando.»

Sin entender que es Atenea protegiendo el corazón rescatado de Dionisos Zagreo.

Finalmente es Zeus, siempre fiel aliado de Atenea, quien toma la decisión final para devolver a la vida, al cuerpo, a Dionisos. Tritura el corazón, y se lo da a beber a Sémele, una moral, que es una de sus múltiples amantes. Parece que su idea es que Dionisos se reconstruya en un nuevo proceso de gestación. Pero Hera, que sigue observa lo que pasa desde su trono imperial, siembra la duda en Sémele sobre la verdadera identidad de Zeus.

Qué cosas. Hera sigue observando desde las alturas. Y cuando ya no dispone de sus monos veladores, ataca cuestionando el sentido de agencia: “no es Zeus”, dice, cuestionando el criterio de las personas afectadas, en una especie de luz de gas divina. ¿Os suena?

Sémele cuestiona a Zeus, y le pide que se muestre en todo su esplendor, demostrando así su naturaleza divina. Y Zeus cumple con su deseo. Al ver la Sémele mortal a Zeus en todo su esplendor, es reducida también a cenizas.

Hay momentos en los que una madre arquetípica, un espacio seguro, no nos puede rescatar. Sólo se puede confiar en el poder de nuestro sentido de agencia.

Zeus, entonces, recata de nuevo el corazón de Dionisos de las cenizas de su amante, y se lo implanta en el muslo. Allí es donde se recompone y nace de nuevo, como el Dionisos travieso, borracho y un poco punk que todas y todos conocemos.

El Trickster que se ríe, se disuelve, y traspasa lo liminal perteneciendo a todos los mundos. Es una forma que Hera ya no puede capturar ni someter, pero que tampoco niega la herida.

Quizás sólo sea posible habitar plenamente la diferencia con esta figura que, tan fácilmente, reconocemos en las personas que han podido dejarse transformar por las marcas visibles que les ha deparado la vida.

No sé cómo lo ves tú, ¿en qué parte del mito te sientes más representada o representado?

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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