Arquetipos y género

[…] es evidente que no es casual que Zeus sea el rey de los dioses, ni que Hestia, su hermana mayor, sea la diosa del fuego y del hogar. Tampoco es neutro que El Sol, que ilumina y proporciona claridad, sea el astro que refleja nuestra identidad, mientras que a La Luna se le atribuye un carácter más íntimo, difuso y sentimental. […]

¿Legitima la mirada arquetipal las estructuras de poder que existen entre los sexos?

La respuesta no es sencilla. Si optamos por personificar los arquetipos, en personajes, dioses, animales o incluso objetos, nuestro lenguaje, por su propia naturaleza, nos obliga a atribuirles un género. Y está atribución de género no es neutral, sino que refleja nuestros prejuicios más profundos.

Por ejemplo, es evidente que no es casual que Zeus sea el rey de los dioses, ni que Hestia, su hermana mayor, sea la diosa del fuego y del hogar. Tampoco es neutro que El Sol, que ilumina y proporciona claridad, sea el astro que refleja nuestra identidad, mientras que a La Luna se le atribuye un carácter más íntimo, difuso y sentimental.

Es como si toda mirada arquetipal estuviera atravesada por una idea: en el mundo hay instintos y estados de conciencia masculinos y femeninos —ahora llega lo turbio—, y esas diferencias forman parte de lo que es natural.

Respecto a la primera parte de la frase, la puedo llegar a comprar. Todas y todas pasamos por procesos de modelaje y socialización que priman unas experiencias arquetípicas sobre otras. Eso tiene mucho peso en cómo los hombres nos conformamos como hombres (por ejemplo, privilegiando a Ares, Poseidón, Zeus), y las mujeres como mujeres (priorizando a Atenea, Artemisa, Deméter o Hestia). Pero, el hecho de que esto defina, más o menos y salvando las distancias, el inicio de nuestro proceso de individuación, no implica, ni mucho menos, que tengamos que conformarnos exclusivamente con esta forma de mirarnos, vernos y sentir que podemos tener valor.

El hecho de que las cosas sean injustamente así, no implica que deban permanecer así.

De hecho, el mismo Jung, que hablaba de un alma masculina y otra femenina, entendía que parte significativa de ese proceso que nos lleva a la completitud, pasa porque los hombres integremos el Ánima exiliada, y porque las mujeres integren también el Ánimus que esas mismas estructuras de poder patriarcales les han obligado a relegar a un segundo plano. No para que desaparezcan las estructuras precedentes, ni para que nos avergüencemos de ellas, sino para que podamos funcionar con más riqueza y plenitud.

Entiendo que todo esto es cuestionable desde diferentes miradas feministas, y no seré yo quien niegue esa realidad. Pero, si me retrotraigo a mí propia experiencia personal —que no es generalizable, ni mucho menos—, sí que me atrevo a decir que, para algunos hombres, entre los que me incluyo, puede ser muy interesante y revelador explorar poco a poco y sin prisas, todos esos arquetipos femeninos que también nos componen, y que permanecen esperando en habitaciones de la psique a ciertas experiencias que los puedan convocar. No mirándolos como algo externo, femenino, y con connotaciones asociadas a la otredad, sino como partes propias, vivas, relacionales, que nos pueden conectar con posibilidades desconocidas de sensibilidad (Hestia), cuidado (Deméter), descenso (Perséfone) o incluso agresividad (Atenea y Artemisa). Y para las mujeres podría ser enriquecedor también.

El riesgo existe. De hecho, ya he podido encontrarme con propuestas que caen en esa falacia: los arquetipos describen el mundo como es y, en consecuencia, también como debería ser. Y es evidente que al identificar ser y deber, en un silogismo que puede desmontar un estudiante de secundaria, legitima directa o indirectamente el poder y las diferentes formas de violencia que sistemáticamente ejercemos los hombres sobre las mujeres. Dándonos cuenta, o no. Pero siempre desde el lugar de privilegio que nos otorga la cultura y las socializaciones neoliberales y patriarcales.

Ahora bien, nos podemos preguntar, ¿hay alguna forma de trabajar con arquetipos desde una mirada más libre y nada patriarcal? Yo no la he encontrado. He intentado jugar con objetos, con personajes de leyenda, con astros, e incluso creando mis propios dioses. Cualquier intento de hacerlo, sólo me ha reportado mucha confusión a nivel interno, y en lo que respecta a la comunicación, que se sostiene en significados más o menos compartidos. Pero esa es mi experiencia. Para nada implica que llegue otra persona con otros recursos, y no lo logré hacer.

También me llamó mucho la atención la primera vez que escuché la expresión “no me sale del coño”, y ahora también la utilizo yo.

Sea como sea, os escucho. Mañana mismo podría cambiar de opinión.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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