Introducción a los arquetipos

[…] cuando uno sabe parcialmente o literalmente no tiene ni pajolera idea, está abierto a relacionarse con la realidad desde su propia multiplicidad, y eso hace las relaciones más seguras, más misteriosas, más espontáneas y mucho, mucho más humanas. […]

Soy consciente de que este modelo no es para todo el mundo. Tenemos estructuras internas diferentes, y muchos contextos profesionales rechazan esta mirada. Además, utilizar una mirada arquetipal en exclusiva, sin el apoyo de otros paradigmas como el del trauma, el del apego, el narrativo o el sistémico —todos ellos sumamente valiosos—, me parece sumamente irresponsable, dado el evidente riesgo de volar por lo imaginal sin anclaje a tierra.

Que hay peña a la que se le va la pinza que no veas.

Sin embargo, creo que esta mirada, que asume la multiplicidad como esencia del alma humana, hace fáciles ciertas cosas que, de situarnos desde otra atalaya, quizás no resulten tan sencillas. Permitidme que os cuente unas cuantas desde mi experiencia en primera persona, como sujeto que se ha acercado a su propia complejidad con dichas herramientas, como, y como profesional que acompaña, como buenamente puede, la vulnerabilidad y el sufrimiento humano.

Lo que quizás más me sorprende, es la capacidad que tienen los arquetipos para movilizar las respuestas del sistema nervioso autónomo y central. Siempre he tenido la idea de que más del 50% del sufrimiento humano no suele tener que ver tanto con las sensaciones que se despiertan en el cuerpo, sino con la desesperanza de que uno es incapaz de hacer nada con ellas. Esta desesperanza se reduce significativamente, en el momento en el que personificamos nuestros estados de conciencia.

Piensa, por ejemplo, en la diferencia que implica decir “esta niña tiene ansiedad”, o “Artemisa ha elevado un muro de hielo”. En el primer ejemplo, la niña se convierte en un “caso” que requiere “tratamiento especializado”, mientras que en el segundo aparece la curiosidad, un profundo respeto, y otro tipo de preguntas mucho más interesantes y significativas: ¿de quién se protege la diosa?, ¿qué entidad la amenaza?, ¿por qué es ella quien se siente más competente para lidiar con eso?, ¿qué vulnerabilidades presenta ese impulso o estado de conciencia?, ¿a qué tipo de soluciones le predispone?, ¿cómo condiciona su relación con el mundo?, ¿qué hará después Artemisa?, ¿seguirá sola o convocará a alguna figura que pueda servirle como aliada?

¿Se ve? Observar los arquetipos nos permite el despertar de la curiosidad y hace casi inevitable el movimiento.

Cuando uno empieza a trabajar o a trabajarse según este modelo, suele existir una tentación que, lejos de ayudar, suele complicar las cosas: se suele pedir a las imágenes que revelen significados que ayuden a resolver el malestar o los problemas. Confieso que yo también lo he hecho. No obstante, las imágenes suelen resistirse a que se les reduzca a una caja de herramientas. Pero la función de estas imágenes no es tanto decirnos qué pensar, sino evitar que pensamos demasiado rápido.

Esto cuesta encajarlo en contextos caracterizados por la saturación y la urgencia como, por ejemplo, la sanidad pública, el sistema educativo y los servicios sociales, donde hay demasiado trabajo y una especie de “cultura de la intervención”, en la que se valora, más que la profundidad, el número de actuaciones que las y los profesionales llevamos a cabo. Las imágenes —la expresión de los arquetipos que se asocia, en muchas ocasiones, a estados psicosomáticos— nos obligan a dejar de lado los tiempos de empresas y administraciones y acomodarnos a la temporalidad del alma. Quizás estés pensando que es una tontería lo que digo, pero te aseguro que muchos de los supuestos fracasos observados en procesos de acompañamiento no tienen prácticamente nada que ver con las propuestas que hacemos, sino con no hacerlas al arquetipo adecuado, ni a su debido tiempo.

A nada que te hayas acercado a este modelo, habrás sentido que el mundo cobra otra espesura, otra resolución y otra profundidad. Incluso, puede verse alterada por momentos la percepción del tiempo. Pero quizás lo que no hayas percibido es que los arquetipos introducen una experiencia sumamente reguladora: la “agencia distribuida”.

Para que nos entendamos: muchas veces, las personas sentimos que “no podemos” porque estamos anclados a un “diosa interna”, “parte” o “estado de conciencia” —cómo lo quieras llamar— que se siente abrumado por la tarea que le toca, la soledad que siente, y la historia de fracasos asociada a sus anteriores internos. Sin embargo, en el momento en el que nos percatamos de que disponemos de toda una “ecología interna” que, además, llama, reclama e interactúa con los personajes que se mueven por el medio exterior, compitiendo, colaborando, creando alianzas, y alternándose entre un primer plano y otro más secundario, la responsabilidad y el protagonismo se reparte.

No es lo mismo estar bajo la presencia exclusiva de un Cronos que reprime y contiene —con esa angustia sostenida que algunos tan bien conocemos—, que percibir también a un Hades a la espera, que confía en la lenta putrefacción que ayuda a liberarnos de lo que en nosotros ya ha muerto.

Los arquetipos y sus imágenes asociadas con, también, una verdadera cura de humildad. Cuando uno es más consciente de todas esas figuras que viven en nuestro interior, en el resto de las personas, e incluso en el mundo inanimado como proyecciones naturales de la psique, se hace prácticamente imposible justificar una jerarquía basada en el poder, la inteligencia, el mérito, o cualquiera que sea el criterio que delimite los privilegios de unos sobre otros. A fin de cuentas, si todos disponemos de las mismas estructuras —aunque en un primer, segundo plano o exiliadas—, y a cada una le toca un modelo de sensibilidad y competencia, no es tan fácil justificar que unos nos posicionemos sobre otros.

Puede que no te guste, pero si nos investimos de este modelo, hay muchos conceptos que damos por sentado que, de repente, carecen de sentido. Por ejemplo, la idea de que se puede medir la inteligencia. Se puede medir la inteligencia de Zeus (práctica), la de Atenea (instrumental) o la de Apolo (la musical o que ilumina patrones), pero nos quedan multitud de entidades cuyas cualidades, por definición, son fundamentales para la vida, pero distan de lo que cabe en un test de inteligencia: Hestia, Deméter, Hera, Artemisa, Medusa, Hades o Perséfone, son algunas de ellas.

Observar nuestras partes internas como entidades autónomas y con vida propia, tiene otro efecto maravilloso. Si bien es cierto que profesionales e instituciones tendemos a hacer valoraciones o diagnósticos que atrapan la realidad en una simplificación fija —con el riesgo de atrapar a las personas vulneradas con esa mirada monocromática—, los arquetipos nos obligan a aceptar la idea de que, por muy excelentes que seamos como profesionales, nunca podremos abarcar la totalidad del fenómeno, porque es tan complejo, tal vital y tan multifacético que necesariamente nos supera. Desde esta perspectiva no son, por tanto, posibles las hipótesis explicativas, que cierran significados, pero sí es útil diferenciar entre dos modalidades de hipótesis que sí pueden ayudar en nuestros trabajo:

  • Las hipótesis que describen la fijación. Se trata de hipótesis circulares, orientadas a describir el ciclo de retroalimentación en el que está la persona afectada y en el que estamos también seguramente nosotros, y que explica parcialmente como se cronifica el sufrimiento.
  • Las hipótesis que permiten el movimiento. Suelen ser lineales, y su valor no es explicativo, sino que se reconoce porque nos permiten acercarnos de maneras diferentes al fenómeno. Con estas hipótesis no tratamos de llegar a explicaciones, ni pretendemos integrarlas en una narrativa “más correcta”, sino que su función es abrir campo y posibilidades, aunque sean incompatibles entre sí, permitiendo al profesional habitar esas tensiones y su riqueza.

Vale, me he ido un poco del tema, pero ya vuelvo.

Esto va a sonar a gurú iluminado que quiere venderte un extracto milagroso de esencia serpiente. Pero pensar la vida y la relaciones en términos de arquetipos protege porque genera y sostiene el misterio alrededor de la experiencia humana. Gracias a ellos, podemos intuir una gran profundidad en las personas a quienes queremos o a quienes acompañamos, y además tomamos conciencia de que gran parte de dicha experiencia es, por su propia naturaleza, inabarcable, tanto por las limitaciones de expresión y comprensión que tenemos todas las personas, como por las limitaciones del mismo lenguaje que se deja siempre un “resto” que no es simbolizado o sostenido por imágenes. La aceptación y el respeto a este misterio es uno de los fenómenos que más nos pueden ayudar a no reducir a las personas a etiquetas o diagnósticos, incluso cuando algún desconsiderado o alguna desconsiderada se los coloque.

En coherencia con esto, podemos decir que los arquetipos y toda esta vaina no explican la realidad, ni pretenden hacerlo, pero sí que la convierten en algo mucho más difícil de simplificar. Y ya sabéis lo que suelo decir: muchos problemas no tienen tanto que ver con lo que pasa y con cómo se sienten las persona afectadas, sino con relatos simplistas y excluyentes que construimos en torno a los fenómenos, y que destruyen la complejidad. A fin de cuentas, si la misma historia —y ahora estoy pensando en un caso concreto— puede ser narrada desde Hades, Perséfone, Ares y Afrodita, o como leches en vinagre quieras tú llamarlos, podemos hacer coexistir diferentes narrativas sobre el suceso y las tensiones entre ellas, sin hacer necesariamente un esfuerzo de integración a favor de una supuesta “verdad” que seguramente implique también riesgo de limitar la pendulación de nuestro sistema nervioso autónomo y nuestros movimientos.

Ya sabes qué es estar bien cuando las cosas están mal, ¿verdad? Tener un sistema nervioso en movimiento, en unos sistemas sociales con capacidad de adaptarse suficientemente al contexto.

Es importante señalar que una mirada arquetipal modifica, además, la percepción del tiempo. Cada uno de los arquetipos percibe de manera diferente el transitar de las agujas del reloj: Cronos, como algo que hay que hacer bien, ya, y con urgencia; Hades, como quietud absoluta; Perséfone como confianza en un ascenso; Deméter, a largo plazo y de manera cíclica; y Atenea como espera fértil para situarse en el campo de batalla. Pero más allá de la experiencia de cada personaje, los arquetipos introducen en la realidad saturada por el sufrimiento humano la idea de que estamos compuestos por entidades vivas que, por mucho que lo pretendamos, no se están quietas. Desde allí, es más fácil observar con la certeza de que algo que merece nuestra atención va a pasar, así que, oye, mejor no perdérselo. Esta conciencia de movimiento se asocia con la recuperación una experiencia humana que muchas veces se tambalea o se pierde cuando las personas sufrimos: la sensación de que es posible un futuro diferente, mejor o peor, pero de que hay esperanza.

Como conclusión… y soy consciente de que no es suficiente… diría que los arquetipos casi nos obligan a trabajar desde el “no saber” profesional. Y esto es una de las cosas que menos extendidas parecen estar en nuestras profesiones, y que más me gustan. Porque, cuando uno sabe parcialmente o literalmente no tiene ni pajolera idea, está abierto a relacionarse con la realidad desde su propia multiplicidad, y eso hace las relaciones más seguras, más misteriosas, más espontáneas y mucho, mucho más humanas.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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