[…] Pero, en vez de poder descansar, se encuentra con la angustia de sus progenitores. Y, en la angustia, los ve como aliados de la escuela por la que se siente íntimamente rechazado. […]
Ander se está portando bastante mal en clase. Interrumpe a los profesores, hace ruiditos molestos y no para de hablar con sus compañeros y compañeras, despistándose él y despistándolos a ellos.
Con él en clase, el ambiente de estudio resulta imposible. Así que, después de haberlo intentado todo y que nada funcionara, los profesores y las profesoras han optado por aplicar el reglamento: si molesta, se le manda fuera de clase y se remite una nota a la familia a través de la aplicación, informándoles de lo que ha pasado y pidiéndoles explícita o tácitamente que hagan algo con ello.
Más allá de las intenciones que hay detrás de todo esto, lo que llega a la familia de Ander, que interpreta la realidad con el filtro de la angustia (“tenemos que hacer algo para revertir lo que está pasando, o se repetirá la terrible historia que Ander tuvo que sufrir en los anteriores centros escolares”), es que la situación es desesperada y que deben actuar de urgencia para redurigir el comportamiento de su hijo, porque si no lo hacen es —así, con mayúscula— El Desastre.
Por eso, cada vez que Ander llega a casa, después de un día de mierda en clase, se encuentra a su madre y a su padre de morros. Le cuentan lo de las notificaciones, el disgusto que tienen, y le invitan a hacer las cosas de manera diferente porque “tu puedes” y “tienes capacidad”, tal y como, a su vez, han reiterado sus profesores.
Pero Ander, que está llegando desde un campo de batalla hacia su fortaleza segura, no interpreta las palabras de su familia desde la voluntad de ayuda, sino que salta al ataque, con unos niveles de rabia y confrontación que dejan a sus padres helados. Algo desproporcionado.
Esta reacción se explica de muchas maneras, pero hay tres claves. La primera, es que el chaval llega reventado de clase, tras 7 horas de sentirse rechazado por sus profesores. No está pudiendo cumplir con sus deseos para este curso: ser un buen alumno y contentar, por fin, a su familia, tal y como había sonado que por fin ocurriera. Aparece con un intenso deseo de descansar en su refugio seguro. Pero, en vez de poder descansar, se encuentra con la angustia de sus progenitores. Y, en la angustia, los ve como ALIADOS de la escuela por la que se siente íntimamente rechazado.
Esto es capital para un adolescente como Ander, que es, también, un niño adoptado y con una profunda herida de abandono, que se encuentra en la escuela con una barrera infranqueable para garantizarse una necesidad primaria: la materia, es decir, el currículum, que se impone como un muro entre él y su profunda necesidad de garantizarse un lugar en la mente de las figuras adultas. Quizás, por eso la odia y se la salta una y otra vez, molestando para garantizarse un lugar allí, en la competición con el resto.
Al ver que sus padres se ponen del lado de la escuela, él siente en las piernas, que todo su mundo tiembla. No sólo falla en los estudios y a los profesores —que le expulsan y le rechazan—, sino que su familia les da la razón sin cortapisas. ¿Harán lo mismo? ¿Le rechazarán también? ¿Le abandonarán por no estar a la altura?
Da igual lo que el cerebro diga al respecto, todo su sistema nervioso se pone en guardia para defenderlo de la peor de las amenazas: la aniquilación. Porque un niño, sin adultos que lo pueden proteger, es devorado por las alimañas.
Los demonios.
Porque si mi familia me traiciona prefiriendo a mis enemigos y obviando mi sufrimiento, ¿qué puedo esperar de ellos?
No es extraño que emerja una parte protectora que tiene que ver precisamente con la omnipotencia, la autosuficiencia, y un odio visceral hacia un mundo adulto capaz de dar la espalda a su sufrimiento.
«Estoy sólo, y tengo que sobrevivir a la traición y la hostilidad del mundo.»
Esa angustia visceral es justo lo que motiva que sólo pueda confiar en las soluciones de siempre: entre ellas, estorbar en clase para garantizarse una mirada contenedora, un lugar en la mente del adulto. Porque si me ven, no estaré del todo solo cuando todo se derrumbe.
Pero esa parte protectora no es Ander. NO. Por mucho que profesionales incompetentes le impongan etiquetas que le identifiquen con los recursos que ha tenido que movilizar para protegerse: trastorno oposicionista desafiante, sociópata, personalidad límite, etc. Fijando en su mente la idea de que él es así, y que no tiene remedio.
Y merecedor de abandono, por ser un sujeto marcado, defectuoso.
Recursos que se han tenido que activar en este tipo de círculos viciosos en los que participa él, claro, pero también otras personas que le dan justo lo contrario a lo que su núcleo más seguro está demandando. Y que le obligan a persistir en estas estrategias protectoras, porque son las que le permiten obtener la mayor seguridad posible en un contexto ecológico-relacional complejo.
Pero, se ponga como se ponga el mundo, Ander no será nunca sus partes protectoras, ni los síntomas que ha tenido que desarrollar para sentirse, hasta donde el mundo le permite, algo seguro.
«Los «trastornos de la personalidad» ratifican la certeza que tienen las personas vulneradas de que SON las partes protectoras que necesitaron y/o necesitan para sobrevivir», dije el otro día.
Y hoy añado: y eso es una forma brutal de violencia basada en la estupidez de concebir el síntoma como un fenómeno individual, que padece solo la persona afectada.
El síntoma es social. Y es tanto de la persona que lo desarrolla, como de todas las personas implicadas.
De todas por igual. Porque acontece en la relación, aunque lo muestre un sólo sujeto, LIBRANDO de ese estigma a los otros implicados.
Hay mucho de generosidad en el desarrollo de un síntoma. Porque siempre, recuerda, siempre, libra de responsabilidad al resto.
Abre los ojos.
Aunque escueza.
Porque también participas en esto.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
