El síntoma es contextual

[…] El síntoma se produce en el aquí y el ahora, porque presupone que en ese lugar y en ese tiempo se puede satisfacer una o varias necesidades, o se puede sentir cierta esperanza de que éstas queden satisfechas (satisfacción por anticipación). […]

Una de las cosas a tener en cuenta cuando se observa un síntoma, es que éste se retroalimenta en el contexto en el que se da. 

Vaya chorrada, Gorka, pues claro. 

El síntoma se produce en el aquí y el ahora, porque presupone que en ese lugar y en ese tiempo se puede satisfacer una o varias necesidades, o se puede sentir cierta esperanza de que éstas queden satisfechas (satisfacción por anticipación). 

En los ciclos de retroalimentación que sostienen el síntoma pueden aparecer personas de diferentes contextos (escuela, familia, etc.), pero siempre —o, mejor dicho, casi siempre; que cuando somos tan categóricos nos solemos equivocar— es el resultado de una secuencia asociada al espacio donde se da. 

Por ejemplo, el otro día veíamos el caso de un niño de 10 años que, desde que había sido separado de su familia como resultado de una medida de protección, sufría encopresis. Vamos, que se hacía caca encima. 

Más allá de los aspectos puramente fisiológicos que seguramente se den —sabemos que las niñas y niños que han sufrido adversidad temprana suelen tener dificultades para sentir el cuerpo y sus necesidades— pudimos ver una secuencia que pintaba así: 

Cuando el niño se hacía caca en el centro de acogida, los profesionales se alarmaban bastante. Se trataba de un chaval ya mayorcito, al que este tipo de síntoma podía activar las burlas y el rechazo de sus iguales. Pero, como el chaval llevaba 5 años con ellos, y no habían podido “resolver el problema” —fijaos en las comillas—; optaban por avisar a la familia, explicándole lo que hay. 

Es la versión profesional del chivo expiatorio que tan bien conocéis: cuando me siento impotente para gestionar la realidad, necesito culpar a un tercero para sentirme mínimamente competente y bien. 

Ante estas llamadas, la familia no se alarmaba demasiado, lo que era interpretado por los profesionales como incapacidad parental. Pero, hablando el educador familiar con ellos, era evidente que estaban bastante bien situados. Entendían que el síntoma había emergido como resultado de las medidas de protección, y esperaban que remitiera sólo cuando recuperaran el cuidado del chaval. 

Esta aparente —repito, aparente— desidia o falta de implicación, impactaba negativamente en las y los profesionales, que trataban de decir y decir a la familia que tenía que ponerse las pilas con esto y con otras muchas cosas, y cubrir mejor las necesidades del chaval. Y cada vez que recibía mensajes como estos, la familia se “resistía” más, entendiendo que les pedían cosas que no estaban bajo su control. 

Mientras tanto, el chaval observaba en silencio lo que pasaba: las y los profesionales del centro estaban hablando con su familia, una y otra vez, gracias a que se había hecho caca encima. Y sentía todas las miradas atentas sobre él. Eso para un chaval que había sufrido el “síndrome del peloteo” —había vivido primero con sus padres, luego con sus abuelos, sufrido varios duelos traumáticos, y finalmente acabado en un centro de acogida, en el que los profesionales no dejaban de ir y venir—, era algo muy similar a la seguridad: “mi familia puede estar presente en mi vida, aunque físicamente no pueda estar”. 

Parece que estamos ejemplificando una idea contraria a la que he expresado al principio, ¿verdad?

Os lo recuerdo, he dicho que el síntoma es eminentemente contextual, y que ocurre en secuencias de interacción que acontecen en el aquí y ahora, y —eso no lo he dicho antes- — que es desde esta perspectiva desde donde nos podemos responsabilizar. 

Pues bien… deja que reformule lo que pasaba. 

En niño se hace caca encima, los profesionales se preocupan, los profesionales contactan con la familia, se producen un montón de “encuentros y desencuentros”, que el niño observa callado, sintiendo no sólo que su familia está presente en su vida, sino que hay esperanza de volver. Una esperanza que pasa por padecer un síntoma que coloque el control y la esperanza sobre lo que hace él. Pero, claro, cuánta más esperanza se siente, más necesidad hay de controlar una realidad que está fuera de control, por lo que el síntoma se reproduce para sostener la esperanza (se puede), el sentido de agencia (yo puedo) y la dignidad (me ven, soy importante). 

Vale, las cosas siempre son más complejas. Pero no queda más remedio que simplificar para hacer divulgación. 

La pregunta que procede, ahora, es, ¿qué necesidad es tan potente en ese niño como para comprometer la relación con sus iguales? Y lo que es mejor, ¿cómo se podría satisfacer?

Esas son las preguntas que hay que responder. 

Si bien es cierto que los síntomas, en muchas ocasiones, nos llevan a respuestas diametralmente opuestas a las que las niñas y niños puedan necesitar, son la mejor hoja de ruta para una mirada formada, profesional. Nos ayuda a quienes curramos en estas cosas a identificar las necesidades que prioritariamente hay que satisfacer. 

Pero mal vamos si no entendemos que el síntoma aflora en el aquí y ahora, como resultado de una secuencia de retroalimentación circular. 

¿Lo ves?


El 9 de abril empieza el curso OnLine “Aplicaciones de la teoría del apego en contextos socioeducativos” en el que profundizaremos más en esta forma de comprender la realidad. 

Toda la información aquí: https://educacion-familiar.com/2024/03/13/aplicaciones-de-la-teoria-del-apego-en-contextos-socioeducativos-formacion-abril-2024/


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

2 comentarios en “El síntoma es contextual

Deja un comentario