[…] Una de las necesidades básicas fundamentales de todas las niñas y de todos los niños, es sentirse mirados, reconocidos en su entorno próximo. Y eso nunca, jamás, es un capricho. Ser mirado, tenido en cuenta, considerado, es un elemento clave para sentirse con valor y protegido. Y esto, para las niñas y niños que se saben sin recursos para sobrevivir solos, es cosa de vida o muerte. A fin de cuentas, si nadie me ve estoy jodido y en peligro. […]
Ana entra en pánico si no se le permite llevar su vestido favorito a la escuela. Sus padres no se lo explican, ¿se estará volviendo loca?
Andoni tiene graves crisis si sus padres ponen un límite y le apagan los videojuegos. Todo el mundo piensa que sufre una grave adicción a la consola.
Andeka no logra estar quieto en clase y, cuando se lo imponen, tiene unas crisis de agresividad tremendas. Todo apunta a un diagnóstico de TDAH.
Pero, ¿qué tienen los 3 en común?
¿Podría explicarse de una manera similar lo que les pasa?
Quizás sí, o quizás no.
De lo que sí estoy seguro es que, cuando el bienestar emocional de una niña o niño depende de una sola cosa, cuando retirarle ese estímulo implica elevadas cotas de desregulación o desorganización afectiva, suele ser un indicador de que su estabilidad emocional pende de un hilo. Y esto, amigas y amigos, no es malo, porque está sostenida; sostenida de aquella manera, pero sostenida.
Una de las necesidades básicas fundamentales de todas las niñas y de todos los niños, es sentirse mirados, reconocidos en su entorno próximo. Y eso nunca, jamás, es un capricho. Ser mirado, tenido en cuenta, considerado, es un elemento clave para sentirse con valor y protegido. Y esto, para las niñas y niños que se saben sin recursos para sobrevivir solos, es cosa de vida o muerte. A fin de cuentas, si nadie me ve estoy jodido y en peligro.
Pero para gran parte de la infancia no es fácil sentirse reconocidos. En muchos contextos (familiares, sociales, escolares) no consiguen ser vistos. Por eso, no es infrecuente que articulen estrategias creativas para pasar de fondo a figura, colocándose en un primer plano. Pero, la putada de estos ajustes creativos, es que suelen requerir muchísima energía, restando recursos —memoria RAM— de otras cosas. Es como si llegado a un punto, se lo jugasen todo a una carta, porque no confían en tener valor para hacerse ver por otros medios.
Por ejemplo, Ana no se está volviendo loca. Desde pequeña observó que la única forma de hacerse visible ante su profesora era a través de su indumentaria. Sintiéndose pequeña, rara e inútil, como la niña neurodivergente que es, descubrió que era alabada por la belleza de su ropa; es la única y triste forma que ha encontrado para colarse en la mente de su tutora y sentirse protegida en un mundo que era incomprensible y hostil para ella. Pero, en las condiciones que impone la soledad, no pudo ni puede explorar otras formas de sentirse atendida. Así que, cuando su padre o su madre le niegan un vestido, no sólo le están puteando un poco, sino comprometiendo la única seguridad a la que puede acceder en el colegio. Es comprensible que entre en crisis: prefiere que sus padres piensen que está mal de la cabeza a estar sola las 7 horas de clase.
Del mismo modo, lo de Andoni no es una adicción ni un capricho, por mucho que los educadores y su familia se empeñen en ello. Andoni es un adolescente que se ha sentido toda su vida torpe, en lo físico y en lo mental, y muy por debajo de sus compañeros. Gracias a los videojuegos ha conseguido, por primera vez, sentir el logro —los videojuegos son una fuente de recompensas formidable, y la práctica le ha hecho bueno— y sentirse incluso un poco por encima de sus iguales. Vale, es una ilusión, pero se siente mirado, reconocido y valorado por ello.
Andeka, por su lado, descubrió que, moviéndose, charlando y dando la lata, se siente atendido. A las reprimendas de los adultos, les suele seguir cierto intento de reconectar en el arrepentimiento. Y es en esos momentos, cuando le sacan, le riñen, le explican y tratan de guiarle sin demasiado éxito, cuando él siente, no sólo que tiene un lugar en su mente, sino que llegado el caso estará protegido. Porque parece que es importa, pero necesita confirmarlo.
Los problemas no suelen ser —yo diría que nunca— los intentos que las niñas o los niños hacen para protegerse, sino el sentido que les damos los adultos. Porque si pensamos que se les ha ido la olla, que son unos yonkis, o que tienen una tara que les impide actuar de otra forma, difícilmente podremos organizarnos para satisfacer las necesidades que necesitamos cubrir en ellos.
A fin de cuentas, una conducta sintomática no es si no eso: un ajuste creativo —en palabras de Pepa Horno— para obtener la seguridad que el entorno les ha negado. Y una buena intervención no es más (ni menos) que crear las condiciones para que puedan entirse reconocidos y seguros por otros medios:
Quizás, alguien tendrá que reconocer a Ana en otras cosas; hacerle sentir a Andoni competente en otros ámbitos; o procurar a Andeka la atención que necesita antes de que tenga que levantarse y liarla parda, movilizando a un mundo que es demasiado pasivo con él la mayor parte del tiempo. Y sostener esa mirada todo lo que haga falta, contra viento y marea.
Que los diagnósticos, etiquetas y las valoraciones no excluyan la responsabilidad relacional de los adultos.
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
