El niño al que nadie quería 

[…] Un día, el niño a quien nadie quería, cayó a un pozo de arenas movedizas. Estaba aterrorizado ante la posibilidad de morir en la oscuridad, asfixiado. Su madre y su padre, que estaban cerca, giraron la cabeza, le vieron, y siguieron hablando de sus cosas.  Y él se quedó paralizado, como si se hubiera convertido en una pesada roca, que se hundía como un cuerpo inerte, que a nadie importaba. […] 

Érase una vez un niño al que no quería nadie.  

No lo querían sus profesores, ni sus amigos, ni sus abuelos, ni sus padres.  

No le odiaban, ni le hacían daño. Sencillamente no le hacían caso porque preferían atender a otras cosas como, por ejemplo, el trabajo, el dinero, las compras o el teléfono móvil, que les mantenía con cara de tontos en casa.  

Al principio, el niño intentó hacerse querer buscando un hueco en la cama de los mayores, pero le dijeron que ya no era un bebé y que debía dormir sólo.  

Entonces, inventó que tenía pesadillas para justificar que lloraba por las noches. Pero nadie le atendió como necesitaba. Se levantaban, lo mecían de manera mecánica, y lo dejaban en la cama cuanto antes, para aprovechar las horas de sueño.  

Como nada de eso funcionaba, empezó a fingir que estaba malito de la tripa. Al principio, pareció que funcionaba. Su madre se quedaba con él hasta que se encontraba mejor y decía que se le pasaba. Pero luego empezó a llevarle a los médicos, y ya no era ella quien le proporcionaba los cuidados.  

Como nadie le quería, sus padres le dejaron con nodrizas y cuidadoras que eran buenas con él, pero con las que no se entendía. A fin de cuentas, él sabía que estaban con él por dinero y que, terminado el contrato, se marcharían para siempre, dejándole solo con sus recuerdos. 

El niño se creó entonces una fantasía. Veía a sus padres como gente que le quería, pero que no podían expresar su amor porque tenían un virus que les enfermaba. Imaginaba, entonces, que los médicos, los magos o las brujas del bosque inventaban una pócima milagrosa que les devolvía a todos la vida.  

Un día, el niño a quien nadie quería, cayó a un pozo de arenas movedizas. Estaba aterrorizado ante la posibilidad de morir en la oscuridad, asfixiado. Su madre y su padre, que estaban cerca, giraron la cabeza, le vieron, y siguieron hablando de sus cosas.  Y él se quedó paralizado, como si se hubiera convertido en una pesada roca, que se hundía como un cuerpo inerte, que a nadie importaba.  

Cuando el lodo llegó a su cuello y empezaba a tapar su nariz, aceptó lo inasumible. Que a su padre y a su madre les daba igual su muerte. Que incluso se sentirían aliviados si desaparecía. 

Entonces, sintió un fuego salvaje en su pecho que subía hacia su garganta, en un dolor profundo. Una fuerza salvaje le llenó las piernas, la espina dorsal, y le endureció los brazos y las piernas.  

De un salto, sin saber cómo, estaba fuera, corriendo en desbandada en sentido contrario a todas las personas del mundo, en quienes veía la falta de amor de quienes tuvieron el poder de amarlo y protegerlo, y lo dejaron morir en soledad, para atender otras cosas.  

Cayó la noche, y se encontró sólo en el bosque. La piel se le había endurecido, le habían salido escamas, unas protuberancias asomaban por su frente. Seguía con ardor en la garganta e intentó vomitar, metiéndose los dedos en la boca. Pero en vez de vómito salió una cascada de fuego.  

¿Qué le estaba pasando? ¿Acaso se estaba convirtiendo en un monstruo?  

Pasó un campesino por allí y, al verlo, gritó y salió corriendo. 

—¿Dónde vas mequetrefe? —se rio, y algo cálido, por fin, llenó el vacío de su pecho.  

Fue entonces cuando desplegó sus alas. Unas alas gigantes, negras, enervadas de arterias rojas.  

A partir de entonces, el niño al que no quería nadie empezó a visitar, de noche, los poblados vecinos. Al principio, le valía con causar miedo pero, cuento más miedo provocaba, más rechazo sentía.  

Y cuento más rechazo provocaba, más grande y fuerte se hacía.  

Así es como el niño a quien nadie quería se convirtió en un dragón formidable, de veinte metros de altura.  

El niño a quien nadie quería, el dragón formidable, quemó entonces todas las aldeas y a sus habitantes, gritando de rabia. Pero, lo que no supo hasta que fue demasiado tarde es que a él ese fuego también le consumía.  

Y ese fue el final del niño a quien nadie quería, y el inicio de la peor de las bestias ardientes, pero vacías. 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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