Ciclos de reparación de la herida primaria 

[…] Es la una de las formas naturales de reparar el trauma. Poder sentir los cuidados y la reconexión con las figuras de referencia, en los momentos en los que la niña o el niño todavía está sufriendo por el abandono sentido, tiene un potencial tremendo, porque está sintiendo con fuerza lo importante, lo que duele, pero en un contexto seguro y dentro de su ventana de tolerancia.  […] 

Cuando Janire —de 6 años— se pone “desafiante”, es terrible. Se queda rígida, mirando con aparente hostilidad a su padre o a su madre, trasladándoles el con todo el cuerpo el mensaje de que no le importa nada lo que digan, y va a hacer lo que le dé la real gana.  

Y da igual lo que intenten para conectar con ella o hacerle entrar en razón. Lo han probado todo, y nada resulta.  

Revisando con ellos la secuencia de interacción, se observa un patrón que se repite en la mayor parte de las ocasiones. Esta actitud, rígida y hostil, por parte de la niña, desencadena una respuesta de rechazo en su padre (“Ya estás con esa actitud, ¡qué te den morcilla!”), y de impotencia y vergüenza en su madre (“No me quiere, estoy fallando como madre”). Uno se suele apartar de la situación, yéndose a su cuarto, y la otra se queda en la sala con la niña, abatida.  

Entonces, la niña empieza a provocar frontalmente a la madre. Le dice que es fea o que es tonta, hasta que ella no aguanta más y se dispara.  

—¡¿Pero quién te has creído para hablarme así?! 

Entonces, el padre parece al rescate de su mujer, con mucha rabia. Y castiga a la niña.  

—¡Te quedas en tu cuarto! 

Toma a la niña de la mano, y la lleva hasta su habitación. Cuando cierra la puerta, la niña se rompe, y empieza a llorar desconsoladamente, primero desde la rabia, dando golpes a la puerta y la pared, pero luego desde el dolor más absoluto, con un sonido que rasga el alma.  

Este cambio en la entonación del llanto, provoca una reacción corporal instantánea en el padre, que siente un fuerte remordimiento por haber tratado así a su hija. En ese momento, recurre a su mujer, pidiéndole permiso con la palabra o con la mirada, para entrar en la habitación y reconfortar a la niña. Y, claro, ella consiente.  

En el momento en que el padre entra en la habitación, la niña se le echa en los brazos. Llora si cabe con más angustia, durante un buen rato. Y mientras llora, y dice que no lo volverá a hacer, su padre y su madre la recogen, diciéndole que ellos también se arrepienten de cómo la han tratado.  

Y así, una detrás de otra, en un ciclo interminable.  

— 

¿Dirías que los adultos lo están haciendo bien o mal? 

Buena pregunta, ¿verdad? 

Pero, antes de contestar, déjame que te cuente una cosa.  

Janire es una niña adoptada.  

¿Y eso qué más da?, estarás pensando.  

Es importante por el papel que juega la herida primaria, es decir, la sensación que las niñas y niños adoptados tienen de ser insuficientes o poco valiosos por el hecho de haber sido abandonados. Una sensación que conecta, directa y radicalmente, con el miedo a sufrir un nuevo abandono: “si no soy suficientemente buena, se desharán de mí como de un juguete roto”.  

Esta herida primaria, que se relaciona con la adversidad temprana, es muy difícil de sanar. Especialmente porque aconteció en un momento en el que la niña sólo disponía de una memoria implícita o corporal, ajena a los recuerdos.  

A partir de ahora no estoy muy seguro de lo que voy a decir, así que lo formulo como una pregunta.  

A menudo observo en niñas o niños que han sufrido abandono en los primeros momentos de su vida, intentos sucesivos de sanar dicha herida, muchas veces relacionados con la sintomatología que a las y los profesionales nos parece más evidente. Parece como si su sistema nervioso tratase de sanar repitiendo patrones en los que se alterna la desconexión (rechazo, desinterés, agresividad, etc.) con la reparación o reconexión (arrepentimiento, culpa, etc.), porque si se reproducen secuencias en las que, de nuevo, se siente el abandono, pero también la reparación de la relación, poco a poco, su cuerpo va confiando la permanencia de los progenitores y la pertenencia a la familia.  

Es la una de las formas naturales de reparar el trauma. Poder sentir los cuidados y la reconexión con las figuras de referencia, en los momentos en los que la niña o el niño todavía está sufriendo por el abandono sentido, tiene un potencial tremendo, porque está sintiendo con fuerza lo importante, lo que duele, pero en un contexto seguro y dentro de su ventana de tolerancia. 

Sin embargo, estas secuencias —que vamos a llamar ciclos de reparación del trauma— a menudo se perciben como disfuncionales por parte de las familias y los profesionales, debido, entre otras razones, a que causan un profundo dolor y una profunda inseguridad en todo el mundo.  

¿Qué está pasando aquí? 

¿Nos vamos a quedar así? 

¿Lo estamos haciendo bien? 

¿Le estamos haciendo daño? 

Claro. Asusta muchísimo. Sobre todo porque no conecta con nuestras expectativas o nuestra experiencia pasada como niñas o niños. Pero, si lo miramos despacito, con lupa, y a la luz de la herida primaria, estas secuencias de ruptura-reparación, lejos de ser nocivas, tienen un impacto profundo en la gestión de una realidad insoportable: el hecho de sentirse indigno de vivir y una carga para el mundo.  

Y es que Janire no estaba “desafiando” a nadie. Sólo cargándose de energía para enfrentar la vida, porque se sentía abrumada por lo que había pasado y se estaba sintiendo profundamente sola. Pero esa sobrecarga no anulaba, en ningún caso, su necesidad de reconectar con las únicas personas capaces de protegerle: su madre y su padre. Todo lo que pasó después, sólo era una forma —óptima, fantástica y creativa— de garantizárselo.  

¿Lo ves? 


* Creo que es importante que distingamos entre la retroalimentación ordinaria que sostiene el síntoma, y los ciclos de reparación del trauma porque, si bien tienen mucho en común, la intervención es muy diferente. En los primeros, aconsejaría determinar cómo comienza la secuencia para actuar justo ahí, y evitar la “escalada”; mientras que en los segundos apuesto por dar valor, garantizar, sostener y corporalizar los procesos de reparación, para maximizar el impacto positivo que tienen sobre las defensas traumáticas. Esta es una de las razones por la que es tan importante atender al trauma, más si cabe si forma parte de lo que llamamos adversidad temprana.  


Lecturas recomendadas:

NEWTON VERRIER, N. (2010). El niño adoptado. Comprender la herida primaria. Barcelona: Editorial Albesa 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer

RYGAARD, N. P. (2009). El niño abandonado. Barcelona: Gedisa


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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