El amor y la nada | ontología del amor

¿Qué es para ti el amor? ¿Coincidiremos?

Voy a lanzar una pregunta al aire:

¿Cuál es la clave para que las hijas o hijos estén bien?

No te pierdas en una lluvia de ideas. Selecciona la idea que se destaca entre las demás: lo más importante.

¿Ya?

Perfecto.

Lo habitual es que hayas respondido a esta pregunta con palabras del tipo “afecto”, “cariño” o “amor”, como la gran mayoría de la población. Y no te voy a restar nada de razón. Yo también pienso que sin un amor sincero, profundo y verdadero, las cosas no pueden salir bien.

Ahora quiero que pienses en qué es el amor.

¿Cómo lo definirías?

No hagas trampa, amiga o amigo, no sigas. Haz el ejercicio primero.

Si no te sales mucho de la norma, es probable que lo hayas definido en términos de algo de mucho valor que “tienen” las madres y los padres, que “regalan” espontánea y generosamente, siempre, a sus hijas e hijos haciéndoles un precioso bien, ¿no?

Bueno, igual no es tu conclusión. Pero seguro que estás de acuerdo conmigo en que gran mayoría piensa así.

Pero, ¿es cierto eso de que amamos SIEMPRE a nuestras hijas e hijos?

J. P. Sartre, por ejemplo, que sabía mucho, diría que no.

¡Ay lo que ha dicho!

La idea está en un libro que se llama “El ser y la nada”, que es ilegible, pero es muy sencilla. Para amar, necesitamos que “el otro” esté en nuestra conciencia.

Es decir, que si yo estoy zampándome una alubiada, pensando en las musarañas, no estoy queriendo a mi hija o a mi hijo, porque sencillamente NO ESTÁ EN MÍ.

Es cierto que lo puedo evocar, y que estando allí va a suscitar reacciones en mi mente y cuerpo para que todo mi ser se ponga en “modo amor”. Pero mientras estoy a otra cosa, ella o él, está ausente y no suscita amor.

Y esta realidad, fenomenológica, no le resta ningún tipo de valor.

Si volvemos a J. P. Sarte que, no sé si lo he dicho, pero era un crack, esa “nada” en la que desaparece un ser querido, es parte substancial de la realidad. Porque gracias a que EXISTE —sí, la nada existe— las cosas que están presentes cobran más valor.

Vuelvo el ejemplo anterior. Yo estoy jamando alubias, pensando en los gases que voy a emitir, relajado, tranquilo, sin que mi hija o hijo esté presente en mí. De repente, miro a la mesa y veo su juguete preferido. Evoco su imagen jugando con él: riendo, saltando e imaginándose una escena recurrente que le gusta representar. Todo mi cuerpo se estremece, y siento un estallido de oxitocina, que me pone la piel de gallina, e incluso me hace aflorar alguna lagrimilla. Eso es amor. Pero ese amor, inevitablemente, está asociado a la NADA. que es justo lo le da VALOR.

Porque si siempre amásemos nuestro sistema acabaría colapsado. Impidiéndonos ejercer otras tareas con normalidad.

Bien, así, sin comerlo ni beberlo, hemos empezado a ver el amor como UN FENÓMENO que implica una REACCIÓN.

Pero, si me apuras, podemos ir un paso más allá.

Porque, ¿cuántas personas hacen falta para sentir ése amor?

La primera, está clarinete: la persona que SIENTE amor.

La segunda, tiene matices. Porque se puede amar a una PERSONA viva, muerta, o a un animal. Y es discutible si las cosas pueden ser, también, objetos de amor. Pero, lo que sí está claro, es que para amar hace falta algo que amar, bien esté en el mundo real o representado en nuestro interior.

La tercera, quizás, es más discutible. La pongo yo. Es un MEDIADOR DEL AMOR o, lo que es lo mismo, alguien que nos ayude a dar significado a ese amor. A fin de cuentas, no es casualidad que al responder a la pregunta “¿qué es el amor?”, hayamos respondido casi todos igual. Hay un sistema de contenidos y significados que nos ayuda a relacionarnos en términos de algo que es tan fundamental para nuestra vida social, como lo es querer y sentirse queridos.

La cuarta, madre mía, es todavía más difícil de ver. Porque esa experiencia de amar se cimenta, inevitablemente, en la experiencia de habernos SENTIDO AMADOS en un lugar y un momento que fueron críticos para nuestro desarrollo posterior, sobre todo, entre los 0 y los 3 años. Casi todas las niñas y los niños nacen con el potencial de amar, es decir, con la neurobiología que les va a permitir adaptarse y prosperar en un grupo social, pero si esa “hambre” no se satisface a tiempo, o el cariño se confunde con el dolor, difícilmente van a poder desarrollar su capacidad para amar.

No es imposible, pero va a costar mucho, pero que mucho más.

Ése es el papel de las relaciones reparadoras, pero no nos vamos a parar aquí.

El amor pasa a ser, así, un FENÓMENO RELACIONAL. Es decir, algo que ocurre ENTRE VARIAS PERSONAS, que no son sólo el que quiere y el que, con mayor o menor acierto, se deja querer. Y cuando se ama, con la mente y con el cuerpo, todos ellos llegan a un ajuste que configura nuestra experiencia más íntima y personal.

No sé por qué me ha venido a la cabeza una orgía de mimitos, en la que todos disfrutan pero, oye, se tienen que organizar.

Sea como sea, no deja de ser llamativa la ausencia de palabras y significados para describir lo que pasa en nuestro cuerpo cuando amamos, o lo que ocurre entre nosotros, en el contexto de la relación.

La nada pesa, especialmente en este fenómeno. Más que en los demás.

¿Por qué será?

Referencias:

Os recomiendo ésta serie de videos sobre J. P. Sartre, y “El ser y la nada”, porque el libro es bastante indescifrable, al menos para mí:


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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