Marcas en el cuerpo | diagnósticos que abren puertas 

La mayor parte de las etiquetas diagnósticas tienen un impacto negativo. No lo dudo. Sin embargo, en algunos casos, un cambio en la etiqueta diagnóstica puede abrir puertas.  

Llevo casi 2 años trabajando con ellos, y os juro por mi ojete que no me lo esperaba.  

—Creo que vamos a cambiar el diagnóstico —dijo el psiquiatra—: de trastorno límite de la personalidad a trastorno del espectro autista.  

Casi me da un patatús.  

—¿Co… cómo es eso? —atiné a decir.  

—Últimamente nos está pasando mucho. Estamos viendo que muchos chicos y chicas que tienen un comportamiento hipersensible, hiperractivo y disociado, en realidad, tienen una base TEA —empezó e explicar.  

Yo le miraba  con la boca abierta. Me había pillado con la guardia baja, y sentía hacerse añicos mi plan de caso.  

—Pero estate tranquilo, Gorka —me leyó la mente— el nuevo diagnóstico no cambia nada en relación a todo lo que hemos hablado. Pero es una ETIQUETA que puede cambiar la mirada de la comunidad educativa, y provocar una respuesta mucho más adecuada a sus necesidades.  

Normalmente confío a ciegas en las y los profesionales que componen la comunidad educativa; pero, en este caso, no es así. Me ahorro los detalles para no comprometer a nadie.

Cuanto más hablaba, más claro lo veía. La cara de tonto se me transformó en una sonrisa.  

Mientras, yo iba atando cabos. La chica, ahora adolescente, era la segunda hija de una madre muy competente. Su padre, había jugado tradicionalmente un rol periférico, y aunque hubo algún episodio de violencia durante la separación, no reportaban maltrato de ningún tipo. La hermana mayor era distante, seria, y tendía al aislamiento.  

Todos tendían a la rigidez excepto ella, que funcionaba de forma predominantemente caótica. 

En este contexto familiar aparecía esta hermana pequeña con un sistema de apego muy desorganizadoCon un deseo de fusión extremo, con nula tolerancia a la frustración y el rechazo, un funcionamiento “por partes” que parecían disociadas, y con un llamativo mimetismo hacia sus iguales.  

No cuadraba. De hecho, había renunciado a explicarme el síntoma, presuponiendo —a pesar de la buena disposición de la familia— que había por ahí algún tipo de secreto turbio o inconfesable.  

Ahora, sin embargo, todo podía tener sentido. Coño, qué corto de miras.  

—Ella necesita un entorno predecible y flexible a sus necesidades —siguió el psiquiatra, que ya contaba con toda mi admiración y respeto—, pero la comunidad educativa nunca se lo va a dar mientras entienda que lo que le pasa “tiene que ver con las emociones”. Es mejor que piensen que su comportamiento es resultado de una característica innata, y que necesita apoyo como otros chicos con diversidad funcional. Esto puede abrirle muchas puertas para recibir la atención que necesita.  

Me cago en mi vida. Qué listo el tipo.  

—Veo por dónde vas —respondí. Y creo que me encanta la idea. Creo que, además, puede ser muy positiva de cara a la intervención familiar, porque puede cambiar la mirada de su hermano y situarla de una manera mucho más comprensiva. Desde nuestro equipo entendemos que el hermano mayor es una figura fundamental, porque él trata por todos los medios de asemejarse a ella. 

—Eso es —respondió. 

—¡Hostia! —exclamé, sin filtro.  

—¿Qué pasa? 

Me acabo de dar cuenta del impacto que este diagnóstico puede tener en la familia… —me quedé pensando. 

Él me miró con interés.  

Se me pusieron los pelos como escarpias: 

—…el alivio que la madre puede sentir al integrar que no hay tanta negligencia de base como la administración siempre le ha dicho.  


* IMPORTANTE: En este blog sólo tratamos de reproducir situaciones que estimulen el pensamiento.  

Expongo una conversación que me ha parecido interesante. En ningún caso estoy hablando de una norma de carácter general, sino de algo que debemos trabajar en equipo y en sesiones de supervisión, para saber cómo proceder. La realidad nunca es tan simple como lo que se traslada en un post.  

Referencias: 

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

CRITTENDEN, P.M. (2002). Nuevas implicaciones clínicas de la teoría del apego. Valencia: Promolibro

GONZALO MARRODAN, J.L. y PÉREZ MUGA, O. Todos los niños vienen con un pan debajo del brazo. Bilbao: Descleé de Brouwer

MINUCHIN, S. (2009) Familias y terapia familiar. Barcelona: Gedisa

NARDONE, G. (2009). Psicosoluciones. Barcelona: Herder

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

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