Siria, bombas, risas y educación familiar 

Ante el peligro, la percepción se reorganiza para que sólo contemplemos la información que nos puede proteger.

—Quiero enseñarte un vídeo que ayer me hizo llorar —propuse—, porque creo que puede ilustrar muy bien algunas de las cosas que estamos explorando.  

Me miró con cara rara.  

—No te preocupes —continué—, no es un vídeo violento, ni nada por el estilo. Pero a mí me ha parecido muy triste.  

—Vale, vale… —respondió con cierto recelo.  

Tomé mi teléfono móvil y busqué en YouTube algo parecido a “niña siria ríe bombas”. Y encontré este vídeo que recientemente se ha hecho viral:  

Cuando terminamos de verlo, le pregunté que le había parecido la actuación de ese padre. 

—Me parece increíble que pueda hacer eso por su hija —respondió, admirada.  

Exploré con curiosidad lo que pensaba. Hablamos un poco de las injusticias del mundo, de la guerra, y del sufrimiento de las personas que quedan atrapadas entre las bombas y el fuego cruzado. Todo ello con cierta afectación y bastante empatía.  

—¿Te puedo dar yo mi opinión? —pregunté cuando la conversación había decaído.  

—Claro —respondió ella.  

—Pienso que lo que ese hombre ha hecho es una estupidez —solté bruscamente.  

Se hizo un silencio incómodo en el que ella me miraba perpleja y con aparente rechazo.  

Mantuve la boca callada, dejando que se incrementará la tensión.  

Finalmente, ella me reprochó.  

—No sé por qué dices eso. 

—Creo que está siendo negligente, y exponiendo gratuitamente a su hija a una situación de riesgo —continué—. Si de verdad están en medio de un bombardeo, y la casa está en peligro, lo más inteligente sería refugiarse debajo del marco de una puerta, de una viga o en la bañera. Así, si el edificio se desploma encima suyo, tienen alguna posibilidad de supervivencia.  

—¿Tú crees que merece la pena vivir con un trauma de guerra? —me espetó, enfadada—. Hay heridas que no se curan, Gorka. Ese padre está protegiendo a su hija de un dolor que puede afectarle durante toda la vida.  

Quizás sabía la respuesta. Pero me había dejado sin palabras.  

—Además —continuó—, ¿quién eres tú para juzgar lo que ese hombre hace en una situación como ésa? 

Era el punto exacto a donde yo quería llegar. Se me escapó una sonrisa.  

—¿De qué te ríes? —me reprochó muy enfadada.  

Mierda. Eso no me lo esperaba… 

—Discúlpame, por favor —le pedí con total humildad—, no me estoy riendo de ti, ni de la situación horrible que está viviendo ese pobre hombre. He sonreído porque creo que hemos llegado a un punto clave. Era una sonrisa de satisfacción, no de superioridad ni, tampoco, un ataque. 

—De acuerdo —dijo mientras parecía retirarse de la pelea.  

—Es verdad —respondí—. No es justo que juzguemos a ese padre. Está expuesto a una situación de riesgo real para él y para su familia, y para protegerse ha activado “El Payaso”, que seguramente es una parte protectora con la que ya contaba anteriormente.  

Ella pareció relajarse al acercarse nuestras posturas. 

—Parece que tiene algo de control sobre la situación —continué —. Así trabajan nuestras partes protectoras, asumiendo el control para enfrentarse al peligro. Y, hasta cierto punto, cuentan con muchos recursos. Pero la verdad es que tenemos escaso control sobre qué partes protectoras activamos. Sencillamente aparecen, y se hacen con el control de todo nuestro sistema, para protegernos.  

—Ya… ya… Pero, ¿tú te has fijado en que están grabando un vídeo? 

Zás, en toda la boca.  

El zaska se escuchó en Laponia.  

Manolete, Manolete, si no sabes torear, para qué te metes.  

Gol por toda la escuadra.  

Toca reconocer la derrota y entregar el premio.  

—Pues no lo había tenido en cuenta —reconocí con las orejitas gachas.  

Me sonrió orgullosa.  

—Puede que sea un fake… es verdad —reconocí, sintiéndome un poquito tonto.  

—Es que parece que está más a grabar que a proteger a su hija, ¿no? —dijo, recreándose en su victoria.  

—Tienes razón —asumí—. Creo que ya sé lo que me ha pasado.  

—¿Qué te ha pasado? —preguntó con curiosidad.  

—Creo que yo estaba funcionando, también, desde una de mis partes protectoras —me aventuré—. Cuando he visto el vídeo, me he sentido amenazado. A fin de cuentas, esa niña tiene la misma edad que mi hija, y me he quedado impactado, como si yo mismo estuviera viviendo esa situación horrible.  

Escuchaba con mucha atención. 

—Creo que me ha salido “el salvador” —dije—. Es una parte mía que se alía irremediablemente con las personas que sufren, para protegerlas del daño que otras personas les puedan hacer. Que es muy leal al sufrimiento ajeno, pero que me hace perder cierta perspectiva de la realidad: incluso, información que puedo tener delante de los ojos pero que comprometería esa lealtad. Diría que me llevo bastante bien con ella, pero también me ha reportado algunos disgustos en el terreno laboral.  

Me quedé pensando, mirando hacia abajo.  

—A mí me cae bien —me respondió mirándome con cierta ternura, colocándome una mano en el hombro.  

Referencias: 

VAN DER KOLK, B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Eleftheria: Barcelona

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria

SALVINI, A y NADRONE, G. (2011). El diálogo estratégico: comunicar persuadiendo: técnicas para conseguir el cambio. Barcelona: Herder

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

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