En la piel de un agresor sexual | una intervisión diferente 

En las sesiones de supervisión, tendemos a abusar del pensamiento convergente. Partimos de la premisa de que las dificultades se resuelven mejor aplicando la lógica más tradicional y buscando “la mejor solución”. A veces, es necesario salir de este patrón, y experimentar con alternativas que abran nuestra mente. Un ejemplo. 

—Si queréis, podemos hacer un experimento —propuse—. Pero no sé dónde nos va a llevar. Quizás nos abra puertas, o quizás nos quedemos bloqueados, en el mismo sitio donde estamos. Qué sé yo.  

Les miré a modo de pregunta, y asintieron. 

—Voy a hacer como si fuera la “parte protectora” de ese adolescente —empecé a contar—: la parte sociópata, la que ha sido directamente responsable de la agresión sexual. La que más rechazo nos provoca y la que más miedo nos da. A nosotros, y a su madre, que es incapaz de confrontarle con los hechos, ni mucho menos de recogerle como el niño herido que sufre que, sin duda, también es.  

Lo debí contar con muchas ganas porque a todos les pareció bien.  

—Bien… vuestra misión es, entonces, preguntarme lo que queráis, pero SÓLO —enfaticé— desde la más genuina curiosidad. Si siento que me estáis preguntando desde vuestras partes protectoras, o que estáis tratando de presionarme o ejercer control, paramos y volvemos a empezar.  

Se hizo el silencio.  

No hay momentos más bonitos en este trabajo que cuando se te va la olla, y tu equipo te sigue.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó la primera.  

—Porque el mundo es una puta mierda —respondí muy metido en el rol—. No tengo nada, sólo recibo hostias. Así que, si quiero algo, que se joda, lo cojo, lo disfruto y que le den. 

—¿Y cómo crees que se sintió ella? —preguntó, con mirada retadora un compañero.  

—No, no, no… —paré la actividad— ¿Os habéis dado cuenta de lo que ha pasado?  

Se quedaron pensando.  

—Esa pregunta no ha sido desde la curiosidad —expliqué—, sino desde una parte protectora. Una parte que quería hacerme reflexionar, empatizar, y presionarme para meterme en vereda. Mi personaje la ha sentido como una agresión, y se ha cerrado en banda. 

—Es verdad —reconoció el compañero aludido.  

—Dejadme que diga algo a vuestras partes protectoras.  

—Adelante.  

—Estamos en un lugar seguro. Gorka sólo está jugando un rol. Aunque parezca que es un poco sociópata, él es un poquito más bueno… —dije, guiñando un ojo. 

Se rieron 

—Nuestro trabajo ahora no es resolver nada —apunté—. No es encontrar una solución, ni nada parecido. Ahora no hay ningún tipo de peligro. Si queréis y lo sentís así, podéis salir de esta sala y tomaros un pequeño respiro. Estoy seguro de que os lo merecéis, porque os exigimos mucho en las sesiones con las familias. De todas formas, sois libres de volver cuando lo creáis conveniente. 

Ahora estaban más atentos.  

—¿Qué ha pasado con ellas? —pregunté— ¿Dónde están ahora? 

Coincidieron en que todas y todos se sentían más relajados, que sus partes protectoras estaban descansando y que agradecían poder hacerlo. 

—Vale… entonces, ¿continuamos? 

Asintieron.  

—¿Qué te lleva a sentir que sólo recibes hostias? —preguntó otra compañera, pero esta vez no sentí presión de ningún tipo.  

—¡Tú me has visto! —respondí golpeando la mesa—. No voy a clase, todo el mundo me odia, mi madre no me hace ni puto caso, y mi hermano siempre es el maldito bueno de la familia. Además, tengo un padre de mierda, que lo único que hacía era gritarme y pegarme y que, ahora, me ha abandonado como a un perro. Estoy sólo en una casa donde todo el mundo me mira como un problema. Fuera, todo el mundo me mira como a un puto violador… ¿Sabes qué? Ojalá la hubiera violado. Más a gusto me habría quedado.  

—¿Qué es lo que sientes realmente sobre lo que ha pasado? —se animó un tercero.  

—Que no puedo fiarme de nadie —confesé—. Estoy sólo y necesito hacerme fuerte para mantenerme vivo. Que tengo que decidir entre ser un depredador o una víctima, y que en esa disyuntiva lo tengo claro. Yo voy a ser de los que comen. No voy a ser comido. 

—¿Y qué te gustaría que cambiara para que las cosas fueran un poco mejor? —pregunto otra compañera.  

—Que me dejen en paz, joder.  

—¿Qué significa eso para ti? 

—Yo sólo quiero relajarme un poco —estaba tan metido en mi rol que noté un nudo en la garganta—; alguien que me mire, de una puta vez, con un poco de aprecio y cariño.  

Ellas y ellos lo notaron, y algo cambió también en su mirada.  

—¿Crees que lo mereces? —dijo tímidamente un compañero.  

—No. Después de lo que hice no puedo ni mirarme en el espejo —afirmé—. Tengo la sensación de que, en cualquier momento, puedo reventar y hacer una barbaridad a alguien. Hay algo dentro de mí que me da miedo no controlo. 

—¿Qué haces para evitarlo? 

—Me aíslo —dije continuando en mi rol—. Me encierro en mi cuarto. Me distraigo con videojuegos. Me diluyo en actividades que me distraen de mí mismo. 

—¿Qué crees que pasaría si no pudieras hacerlo?  

Toma ya.  

Me quitaría la vida. Sería lo único para hacer justicia a la víctima y a las personas a quienes quiero.  

Nos quedamos todos helados. 

Pero ya no sentíamos rechazo, sino cierto cariño.  


La dialéctica intrapersonal puede darnos pistas sobre el proceso que las personas pueden seguir para sanar sus heridas, pero también sobre la mirada y el trato que esas partes protectoras necesitan por parte terceros —familiares o profesionales— para relajar las tensiones y dejar paso a la curiosidad, la empatía y el cariño. 


Quiero aprovechar este espacio para reconocer el valor de mi equipo. Que se puedan hacer supervisiones así sólo es posible en compañía de excelentes personas con quienes se ha logrado un perfecto equilibrio.  

Gracias por enseñarme día tras día, y motivarme a ser mejor profesional y persona. 


* Nota para los que vais a SALTARME AL CUELLO: este artículo en ningún caso justifica algo tan grave y dañino como una agresión sexual, ni mucho menos, apuesta por reducir las penas a las personas que cometen este tipo de delitos. De hecho, el trabajo con personas que han cometido delitos graves, exige la aplicación de una PENA JUSTA, entre otras cosas, para que los responsables puedan tomar CONCIENCIA —desde sus diferentes partes protectoras, a menudo disociadas— de la gravedad de sus actos. Sin embargo, esto no excluye una mirada comprensiva hacia estas personas, dado que es LA ÚNICA FORMA de que puedan tomar conciencia del daño que han hecho. 

Referencias:

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica.

CRITTENDEN, P.M. (2002). Nuevas implicaciones clínicas de la teoría del apego. Valencia: Promolibro.

CYRULNIK. B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Barcelona: Gedisa.

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon.

GUÉNARD, T. (2017). Más fuerte que el odio. Barcelona: Gedisa.

HUGHES, D. A. (2019). Construir los vínculos del apego. Cómo despertar el amor en niños profundamente traumatizados. Eleftheria: Barcelona.

NARDONE, G. (2009). Psicosoluciones. Barcelona: Herder.

PAYNE, M. (2002). Terapia narrativa. Barcelona: Paidós.

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria.

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria 

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

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