Sexo y violencia | neoliberalismo, abandono a la infancia y cultura de la violación 

Conjeturas sobre las políticas de la sexualidad.

Anderi Románivich Chikatilo, apodado por los medios “El Destripador Rojo”, fue un asesino en serie de la Ucrania Soviética. En su historial hay asesinatos, violaciones e incluso episodios de canibalismo.

No hay sistema político que pueda prevenir con suficiente eficacia monstruos como Chikatilo, dado que esa brutalidad y violencia se gestan y construyen, principalmente, en entornos familiares donde predomina el abandono emocional, el miedo, y la incapacidad de los niños y adolescentes para anticiparse a las agresiones físicas y morales de las personas de quienes dependen.

Los sistemas políticos y sociales podrían tener —yo creo que tienen— un impacto profundo en cómo vivimos las relaciones humanas íntimas, también en el terreno sexual.

Sirva como ejemplo algo tan popularizado como la pornografía, donde llama especialmente la atención la violencia ejercida contra las mujeres, y —esto es clave— especialmente hacia aquellas por las que se siente algún tipo de atracción.

Sólo trata de evocar algunos de los títulos de los  —y subtítulos— vídeos que circulan por la red, y a los cuales cualquier persona puede tener acceso sin ningún tipo de restricción.

¿Se ve?

Es como si todas esas páginas supieran que los hombres tenemos un pequeño Chikatilo en nuestro interior. Por eso, la pornografía a menudo sugiere escenas de abuso o agresión sexual, las simula, o sencillamente las difunde disfrazadas de grabaciones consentidas.

Y esto pasa porque ES VERDAD.

Muchos hombres asociamos sexo, humillación, dominación y violencia, hasta el punto de que hemos naturalizado esta relación.

Algunos —en menor medida “algunas”— dirán que estás actitudes son el resultado del consumo de pornografía, pero quizás también sean UNA DE LAS RAZONES que explican el consumo de este tipo de explotación y violencia contra las mujeres.

Que sí, que la pornografía homosexual no es muy diferente de la otra, pero ¿me resta eso algo de razón? Es innegable que existe más violencia contra las mujeres, en tanto que ellas son relegadas con frecuentemente a la sumisión, la agresión o la humillación.

Podría dar para un libro, o una tesis doctoral. Yo sólo me atrevo a formular algunas hipótesis que podrían probar otras personas con más afán investigador.

Por ejemplo, que esa violencia, asociada al sexo, tiene parte de su origen en la desconexión emocional que muchas personas —y especialmente, los hombres— sufrimos en nuestra primera infancia, y que nos invita a sentir la cercanía física y sentimental como una amenaza frente a la que nos tenemos que defender.

Es un código que queda grabado en nuestro cuerpo. Y que ya no vemos.

Estamos rodeados de niños heridos que aprendieron a sobrevivir solos, desconfiando de los demás. Que en algún momento, muy temprano, sintieron y aprendieron que sus referentes adultos eran personas en quienes no se podía confiar.

Que no les sentían cuando algo desagradable les pasaba, o que cuando estuvieron afectados por la tristeza o el iedoo y se acercaron en busca de consuelo, se encontraron con rechazo y frialdad.

No es extraño, visto así, que cualquier relación que busque reciprocidad, afecto, cariño, o satisfacción de cualquier tipo, esté asociada a una profunda rabia. Porque acercarse a pedir y recibir lo que uno necesita, sexo o cariño, es arriesgarse a sufrir un gran daño emocional: abandono o rechazo.

No parece tan raro, tampoco, que se agreda a la persona que uno desea, como mecanismo de protección ante un dolor que ha quedado congelado en el tiempo, y que, al tener su correlato en un recuerdo, es muy difícil de ver y cuidar. Como el niño que se altera agrede a su madre, porque sólo así siente que dispone de algo de su tiempo, cuidado y atención; o como su compañero de clase, que se aparta de su padre cuando llega del trabajo, porque sabe que su cansancio extremo le lleva a ser agresivo, rechazante o despectivo con él.

Todo eso configura nuestra percepción del mundo relacional, así como las emociones que se activan como un patrón en el contacto íntimo con los demás.

No es casualidad que ir a un prostíbulo sea un rito de iniciación entre los cachorros de esta sociedad capitalista y patriarcal.

Pero vamos a ir un poquito más allá.

Porque todo eso conecta la idea de consumismo neoliberal. A fin de cuentas, nuestro sistema económico, político y social, que hemos llegado a sentir como el ÚNICO POSIBLE, tiene un profundo impacto en las relaciones familiares.

A saber:

Dispone de una jerarquía social está asociada, en gran parte, al ejercicio del dominio o el poder de producción. Donde, los adultos de la familia, hombres y mujeres, sienten que su principal prioridad es el desarrollo de una carrera profesional, y garantizar a la familia ingresos suficientes que les coloquen —a esas personas y a su familia— en una posición de prestigio  social: un buen teléfono móvil un buen coche, y b/viajes bonitos de los que presumir en Instagram. Todo ello, a cambio de restar tiempo a unos hijos que necesitan de la compañía y presencia de su padre y su madre para crear las bases de un psiquismo que les permita “sobrevivir a la vida”, sin graves daños que, a su vez, generen daño a los demás.

Nuestro cuerpo siente que la única forma eficaz de proteger y protegerse, es acaparando bienes, prestigio y poder sobre los demás.

Es el caldo de cultivo perfecto para un machismo radical. Entre otras cosas, porque el mantenimiento del poder —como en todas las sociedades— requiere de la presencia de figuras esclavas cuyo destino esté fijado por caracteres de nacimiento. Es la forma más inteligente de garantizar la explotación y el poder de las clases dominantes. Y el sexo es la característica ideal para eso, dado que las mujeres por naturaleza son menos fuertes físicamente y, por tanto, más fáciles de someter en un contexto donde prima —en última instancia y simbólicamente— la brutalidad y la violencia física y estructural.

Donde jefaturas explotadoras cosifican a los trabajadores. Las clases sociales son fijadas por el dominio del capital, es decir, por acumulaciones de dinero que permiten no sólo autoperpetuarse y producir más dinero, sino el dominio y el control de los medios de producción —personas trabajadoras incluidas—, que son explotadas sin ningún freno o criterio de razón práctica o moral.

En estas condiciones, la clase trabajadora, que posee la fuerza de trabajo pero no el beneficio de la producción, se ve obligada a hacer titánicos esfuerzos para obtener un mínimo beneficio que garantice su supervivencia, o como se suele decir, llegar a fin de mes. La consecuencia inmediata de esta distribución injusta de la riqueza, es que las y los trabajadores están perpetuamente amenazados por la pobreza, y no cuentan con medios suficientes para estar y dedicar tiempo a sus hijos e hijas; y que la clase dominante, sólo en apariencia más libre, vive en un perpetuo pánico a la rebelión social, restando tiempo también a los suyos sólo para conservar su privilegio y su poder.

En este terreno, de jerarquía, explotación y violencia, es lógico que infancia permanezca fuera de la vista, y esté subordinada a la adultez. Las personas adultas hacen y deshacen, sin ver a las niñas y los niños, sin contemplar su opinión o sus necesidades, entre otras cosas, porque dejarles SER es exponerles a SER VULNERABLES en un entorno que SE SABE PELIGROSO, y eso  no se debe permitir.

No es casualidad que nuestra cultura y nuestro lenguaje confundan al tonto, el inocente y el “pringao”.

Ni que estos hijos e hijas, que no tienen voz, sean vividos y legitimados institucionalmente como una MERA PROPIEDAD de sus progenitores, siendo residuales los recursos de los que estado dispone para ejercer una protección a la infancia —primaria, secundaria y terciaria—  efectiva y de calidad.

En definitiva, un estado neoliberal, en una economía de libre mercado global, genera “per se” las condiciones perfectas para el abandono y la violencia estructural contra la infancia, negando, además, los recursos necesarios para que la sociedad y el conjunto de la población olvidemos nuestro deber de proteger, creando y sosteniendo centros de acogida segregados para las clases más bajas, que no son sino la máxima expresión del abandono social e institucional.

Es “lo que hay”, ¿Verdad? Y contra ello es “imposible” luchar.

Pero a ver, tío, tú mismo has empezado este artículo con la figura de Chikatilo, un delincuente de la Ucrania SOVIÉTICA. Va a ser que te contradices, ¿no?

Eso es porque —todavía— no sabes nada de su historia. De lo que le conformó para llegar a la fama. Te lo resumo un poco: el abandono, la humillación, el terror y ser tratado como un mero medio, o un objeto de dominación. Y en consecuencia, unas partes protectoras demasiado fuertes que negaron al resto de su personalidad.

Vaya, qué “chorprecha”, la misma relación que tienen muchísimos niños y niñas con el mundo y con los suyos, en cuya base está el neoliberalismo sociocultural.


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

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