Romper el silencio del suicidio | propuesta para la intervención familiar

Los intentos de suicidio provocan, invariablemente, una gran conmoción en las familias, y en los (y las) profesionales que nos acercamos a esa realidad.

Los intentos de suicidio suelen afectar a personas con apego muy evitativo o desorganizado; pero, en ambos casos, las implicaciones son muy diferentes.

Nos centramos, por ahora, en los casos en los que la persona que intenta suicidarse tiene un apego evitativo.

Como sabéis, este tipo de apego encuentra la seguridad a través del aislamiento social, las relaciones superficiales o funcionales, la propia eficacia y en el acto de “apartar” las emociones que conectan con el propio dolor y la vulnerabilidad. Son personas que pueden funcionar bien a nivel mental, pero con grandes dificultades para disfrutar de la conexión y la intimidad.

Tienen, por tanto, una gran dificultad para expresar el sufrimiento y el malestar, porque en las relaciones tempranas —y posteriores— sólo han podido contar con cuidadores demasiado rechazantes, intromisivos o deprimidos, como para situarse como una base segura que satisfaga sus necesidades de seguridad. Y sólo ha cabido una profunda desconfianza que les ha llevado a organizarse con independencia de los demás.

La inseguridad y el peligro provoca en estas personas, si cabe, una mayor necesidad de estar solos y ajenos a la experiencia de dolor y vulnerabilidad de los demás, porque esta conecta con las “partes” que han tenido que repudiar para poder situarse con eficiencia y coherencia en su realidad.

Cuando una persona así se intenta suicidar —y no me oiréis nunca hablar de «una llamada de atención»— es probable que esté tratando de transmitir un fuerte sentimiento de soledad y desamparo con el que no puede conectar, ni mucho menos expresar. O hacer desaparecer un dolor profundo que, en su imaginario interno, no puede compartir con los demás.

La paradoja es la siguiente. A corto plano, el intento de suicidio activa en las personas que tiene alrededor una necesidad de actuar, de proteger y de cuidar; un mito de armonía; y una necesidad profunda de satisfacer para calmar. «Dar todo al suicida para que no trate de volverse a suicidar». Pero a largo plazo, puede etiquetarse a esa persona como aprovechada, egoísta o incapaz, desarrollándose importantes sentimientos de rabia y hostilidad que no pueden expresarse, precisamente por el miedo a que el suicidio se pueda hacer realidad.

Lo normal es entonces que el suicidio se “calle” y se “tape”, que no se hable de él. Pero esta solución sólo genera más malestar en la persona que se ha querido suicidar. Porque siente, si cabe, más desconexión del mundo, y de las personas a las que quiere, a quienes ahora ve aliadas entre sí, cuidándose entre ellos, y cuchicheando a sus espaldas, formando una comunidad en la que él (o ella) no es bienvenido.

Estas soluciones, que parecen lógicas, aumentan la probabilidad de que estos episodios se vuelvan a repetir. Son, desde este punto de vista, “pan para hoy y hambre para mañana”, porque dan al presunto suicida una sensación de ser cuidado y reconocido tras el incidente, pero que, a su vez, alimentan las coaliciones y el resentimiento ocultos contra él, provocando sentimientos encontrados más intensos si cabe y más difíciles de compartir y expresar.

—Mira, aquí estás tú —miré al padre, y dibujé un cuadrado.

—Y aquí tú —señalé a la madre, y tracé un círculo.

—Y estos son vuestros 3 hijos —pinté tres cuadrados debajo de ellos.

—Entre vosotros hay un problema que os impide hablar —tracé una línea cortada en un gran segmento por la mitad, y en el hueco comencé a dibujar despacio, muy despacio, una calavera—. Es algo que da mucho miedo, tanto miedo que parece que es una buena solución apartarlo, taparlo ¿verdad?

El silencio se podía cortar con un cuchillo. Si hubieran sido canguros machos se les habrían metido los testículos en el abdomen.

Hace unos días habíamos recogido información que apoyaba la hipótesis de que el padre lograba mantener el matrimonio y el dominio de su familia a través de la amenaza del suicidio. Y ahora tocaba ser valiente, y romper el tabú.

—El problema es que ese es un tema muy importante —era evidente que sabían de lo que estaba hablando—, que genera mucho malestar en todos vosotros; y que nosotros, los profesionales que trabajamos en protección a la infancia, no os podemos ayudar a superar. A fin de cuentas —continué— estamos evaluando cómo funcionáis como padre y madre, y creo que nunca sentiréis la suficiente seguridad con nosotros para poderlo trabajar.

Me miraban en silencio.

—Así que sólo me queda recomendar que lo trabajéis por vuestra cuenta —continué—. Que contratéis a un buen terapeuta para hablar sobre ello, y tratar de llegar a ajustes que os permitan ser más flexibles. Porque sólo si superáis esa prueba, podréis estar seguros de no repetir los errores del pasado. Pero que sea alguien de vuestra confianza. Y que no tenga nada que ver con los servicios de protección a la infancia.

Como educadores familiares en protección a la infancia, trabajamos con muchos casos en los que la amenaza del suicidio es una realidad. O con personas que han vivido el suicidio en sus familias de origen o en su entorno cercano.

Y como “no es posible no comunicar” estaremos sí o sí, transmitiendo algo en relación a esta realidad. Callarse no es una solución, porque validamos indirectamente las soluciones que la familia ha dado al problema, contribuyendo a su repetición. Pero hablarlo y tratarlo a nivel emocional requiere un esfuerzo y una supervisión externa por parte del profesional, para no caer en actitudes o roles que puedan perjudicar.

Y es que la intervención con la persona que ha tratado de suicidarse será, probablemente, complicada. Pero no podemos olvidar el valor que tiene un cambio de narrativa en el resto del sistema familiar.


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

2 comentarios en “Romper el silencio del suicidio | propuesta para la intervención familiar

  1. Muy interesante el artículo. Sin duda es enriquecedor tener en cuenta el apego cuando se trabaja con personas en general. Yo como preferencia personal, intento tener en cuenta además, otros factores.
    Cuando trato un tema tan delicado como el suicidio, me gusta tener a la vista todas las posibles hipótesis para poder ser más útil y dar una mejor redefinición no centrada sólo en el/la paciente identificado/a.
    Para ello, cuestiones como el ciclo de vida familiar y los posibles impactos, crisis, cambios de ciclo o incluso la historia familiar transgeneracional, para mi son fundamentales. (Episodios parecidos en generaciones anteriores, secretos familiares y su posible impacto en la familia, psicosomatizaciones, etc)
    Por otro lado, para mi es fundamental, la aportación de los/las construccionistas sociales. Detrás de un suicidio hay un sufrimiento muy poderoso. Tener en cuenta que ese sufrimiento se construye en conjunto y que tiene un componente fuertemente social y cultural, se me torna indispensable.
    Además, a nivel cerebral, para mi también sería importante, conocer el estado de su sistema nervioso. La luz que se arroja desde la neurociencia y la nueva biología en este sentido es determinante.
    Gracias por este espacio y por tu aportación.
    Un saludo

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    1. Gracias por tu aportación, Adrián. Sin duda, estoy muy de acuerdo con lo que planteas. La realidad de las de las familias es siempre mucho más compleja de lo que puede resumirse en un artículo tan breve. Te agradezco mucho el tiempo que has dedicado para hacer una aportación de gran calidad. Saludos!

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