Díselo de otra manera con nuestro cuento: El Don de la Palabra

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El Don de la Palabra es un cuento pensado para que puedas transmitir a tus hijos o hijas la importancia de expresar cómo se sienten en cada momento. Seguro que os da mucho de qué hablar ¿no lo crees?

Por fin habían llegado las vacaciones. Julia llevaba mucho tiempo contando los días que faltaban para que acabara el curso y poder irse como cada año con sus padres a su pueblo, un pequeño rincón del interior del país.

Julia esperaba impaciente sentada en la acera, mientras sus padres metían los bártulos en el coche. Transcurridos unos minutos, que se le hicieron eternos,  Julia escuchó de su madre las palabras mágicas que estaba esperando.

  • Ya está, Julia monta en el coche y átate, que nos vamos.

Julia dio un salto y, antes de que su madre se hubiera girado, estaba sentada en su sitio y atada, preparada para iniciar el viaje. Un viaje que, sin ella saberlo, iba a ser diferente al de los otros veranos.

Después de 3 horas de viaje por fin habían llegado. Julia no dio casi tiempo de parar el coche y se tiró para ir en busca de sus amigos; Paula, Lucas, Álvaro y Lucía, a quienes encontró en la plaza jugando animadamente. Al verse, un griterío estalló y todos corrieron a abrazarse, porque eran, según ellos, los mejores amigos del universo. Y en ese instante empezó de verdad el verano para ellos, empezaron las risas, los juegos, las aventuras, las exploraciones, la construcción de casetas secretas, las carreras con la bici, las historias de miedo por las noches, etc.

Hasta que llegó el día en que los cinco amigos decidieron bajar al río al atardecer. Bajaban animados, sin saber lo que les iba a deparar esa aventura. Julia iba la primera, como siempre, liderando cualquier hazaña.  De pronto vio una pequeña libélula que volaba a su alrededor y se le ocurrió la idea de seguirla. Los demás amigos la vieron alejarse, adentrándose entre los árboles. Trataron de seguirla pero corría demasiado y la maleza no les dejaba ver bien hacía donde se dirigía. La libélula giraba con diligencia y Julia, sin perderla de vista trataba de alcanzarla. De pronto la libélula se posó sobre la rama de un roble y Julia se quedó parada frente a ella esperando su próximo movimiento. Sin embargo sonó algo a su espalda, fue un chasquido – ¡cronch! –, parecía una rama partida. Alguien se acercaba. Julia pensó que se trataba de alguno de sus amigos pero no era así. Transcurridos apenas unos segundos, entre las hojas, apareció una anciana desaliñada y con mal aspecto a la que le faltaban varios dientes. Julia empezó a asustarse. De pronto se dio cuenta de que estaba sola y se había alejado demasiado de donde estaban sus amigos. Tras de la anciana apareció un hombre de aproximadamente la misma edad y al verla ambos empezaron a hablar como si Julia no pudiera oírles.

  • Vaya, vaya, querido, ¿has visto esa niña que está ahí plantada?. Creo que me va a servir para demostrarte que tengo razón en lo que estamos hablando.
  • Ains, nunca te cansas eh! A ver, ¿qué se te ha ocurrido esta vez?
  • Tú dices que no es tan importante hablar con los demás y decir cómo te sientes, pedazo necio. Y yo lo contrario, ¿no es así?
  • Sí, así es, y…
  • Pues que he tenido una idea brillante, le voy a quitar a esa niña la voz y la posibilidad de expresar cómo se siente y veremos quién tiene razón. Si no es importante, la niña seguirá disfrutando de la vida. Jujujuju, ¿no me digas que no es un buen plan?
  • Está bien, vieja bruja, haz lo que quieras, sino no te vas a quedar tranquila y vamos a estar discutiendo este tema hasta que las ranas críen pelo.

Julia no daba crédito a lo que estaba oyendo, pero ¿qué querían hacerle? No lo tenía claro pero no estaba dispuesta a dejar que le hicieran nada, así que rápidamente se giró y empezó a correr deshaciendo sus pasos. Sin embargo, cuando apenas había avanzado cien metros notó algo que tiraba de ella hacia atrás y pudo ver que se trataba de una especie de rayo que salía de una varita que la anciana portaba en su mano. La anciana empezó a decir:

  • Sapos y culebras, dientes de tritón, orejas de burro y colas de dragón, yo invoco a la magia, que me de todo su poder, para hacer que esta niña muda ante sus amigos vaya a aparecer, y que sus emociones no les se sepa hacer saber.

Tras decir estas palabras hubo un pequeño estallido, ¡Boom! ¡Cras! ¡Pop!  Y todo se iluminó.

Cuando todo volvió a la normalidad Julia miró a su alrededor. Los dos ancianos habían desaparecido y todo parecía como si nada de eso hubiera pasado, ¿habrían sido imaginaciones suyas? En fin, que lo mejor sería volver donde estaban los demás.

Julia tardó un tiempo en volver, no se había dado cuenta de que se había alejado tanto, la verdad, y el camino se le hizo eterno.

Los demás al verla empezaron a recriminarle que se hubiera ido sin esperarles.

  • Jo Julia, siempre haces lo mismo, te emocionas con algo y te olvidas de nosotros. ¿Dónde has ido? ¿Había algo interesante?

Julia hizo intención de hablar pero era imposible, de su boca no salía ni una sola palabra. Los demás la miraban esperando una respuesta.

  • Pero Julia, responde, no te quedes ahí como un pasmarote.

Pero Julia no podía decir nada. Se estaba poniendo muy nerviosa y asustada. Quería contar a sus amigos lo que le había pasado y cómo se había sentido pero algo se lo impedía, ni si quiera su cara expresaba nada. Desde detrás de la maleza la pareja de ancianos observaba la escena, con gran regocijo por parte de ella.

  • Jijijiji, lo ves maridito, no hay ninguna comunicación, podrían estar así días, meses o años, y nunca sabrían qué ha pasado, ni si ha sido bueno o malo, ni si su amiga está bien o mal…
  • ¡Bah! Eso tampoco es tan importante, qué más da lo que le ha pasado en estos minutos.
  • Muy bien, pues vamos a dejarla así unos días, a ver qué pasa.

Lucía, Paula, Lucas y Álvaro, se dieron por vencidos, estaba claro que Julia se había puesto graciosita y no quería contarles nada. Muy bien pues ella vería. Si no les quería hablar tampoco ellos la hablarían a ella. Julia, se sentía fatal. No podía explicarles nada y sus amigos lo estaban malinterpretando y se habían enfadado con ella. ¡Qué fastidio!

Cuando volvió a su casa fue lo mismo, sus padres le empezaron a hablar preguntándole qué tal se lo había pasado, qué quería para cenar, etc. Pero ella sólo podía quedarse mirándoles impasible. Con lo que acabaron también enfadándose con ella. Nadie se daba cuenta de lo triste y asustada  que se sentía porque ella no se lo podía decir, tampoco podía llorar, ni poner ninguna expresión con su cara que ayudara a los demás a entenderla.

Y poco a poco Julia se fue quedando aislada, nadie quería estar con ella porque no decía nada. Pasó los siguientes días en su habitación sin salir, total, de qué le servía estar con los demás si no podía hablar con ellos, ni expresar alegría, ni decirles cuando algo no le gustaba o cuando se sentía triste o preocupada.

Finalmente, al tercer día los ancianos decidieron que ya había sido suficiente.

  • Está bien mujer, tú ganas, pobre niña, devuélvele la capacidad de comunicarse con los demás. Ains, qué rabia! Siempre tienes razón.

A partir de ese instante Julia pudo explicar todo lo que le había pasado en los últimos días y como se había sentido. Con esto, no sólo el anciano aprendió que era muy importante comunicarse con los demás y decirles lo que nos pasa y cómo nos sentimos, sino que también lo aprendieron Julia y sus amigos. Eso, y que hay veces que los que nos rodean hacen cosas que no entendemos porque les cuesta decir cómo se sienten.

FIN

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

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