Después del ataque: una conversación sobre el trauma, los cuidados y la necesidad de no poder con todo

Una entrevista a Gorka Saitua a partir de su artículo «Después del ataque», publicado el 30 de octubre de 2026 en educacion-familiar.com

1. La verdad y las licencias literarias

Entrevistador: En tu artículo cuentas que, cuando el perro atacó a tu hija, sentiste que habrías matado tanto al animal como a su dueño. Es una expresión de una violencia extraordinaria, especialmente viniendo de alguien que dedica buena parte de su vida profesional a comprender y acompañar el sufrimiento humano.

¿Qué descubriste de ti mismo en aquellos segundos? ¿Apareció un padre que ya conocías o te encontraste con alguien que no sabías que llevabas dentro?

Gorka: Aquí toca decir que cuando puse exactamente eso en el artículo fue una pequeña licencia literaria. Es verdad que yo en ese momento sentía agresividad hacia el perro y hacia el dueño, pero no tanta como queda de manifiesto en el artículo.

Lo que quería en ese momento era captar principalmente la atención del espectador. Por eso exageré demasiado el comienzo.

Esto es algo que suelo hacer muchas veces en mis artículos. Empiezan con una afirmación quizás demasiado categórica, quizás no demasiado adaptada a la realidad o a la teoría, pero que ayuda a generar curiosidad, que ayuda a seguir leyendo.

Para mí es importante hacer estos pequeños movimientos literarios porque yo, a fin de cuentas, escribo artículos largos en contextos donde ya no es frecuente leer contenidos largos. Entonces necesito, de alguna manera, una estrategia que capte significativamente la atención del lector.

2. La responsabilidad de quien escribe

Entrevistador: Acabas de reconocer que exageras deliberadamente algunas afirmaciones para captar la atención de quienes te leen. Pero hay una tensión interesante: escribes sobre experiencias reales, muchas veces relacionadas con el sufrimiento, la infancia o la violencia, y al mismo tiempo utilizas recursos narrativos que pueden alterar la percepción de lo sucedido.

¿Dónde sitúas la frontera entre una exageración literaria legítima y una manipulación de quien te lee? ¿Hay alguna responsabilidad especial cuando escribes desde tu posición de educador familiar?

Gorka: Sí, claro que sí. Yo todo lo que escribo me lo creo. Puedo estar equivocado y, de hecho, sé que muchas veces lo estoy. Porque no es infrecuente que yo relea artículos del pasado y me diga a mí mismo: «Madre mía, ¿cómo pude llegar a escribir esto?».

Pero en el momento en el que escribo, lo que creo es para mí una verdad.

Si te das cuenta, siempre escribo en términos de probabilidad. Intento no reducir la realidad a lo que yo estoy pensando en ese momento. Pero cada uno de mis artículos describe una forma alternativa de ver la realidad que habitualmente no se tiene en cuenta.

¿Significa esto que es la única forma de ver este tipo de sucesos? Por supuesto que no. Pero es una alternativa que a veces aporta otras formas de relación con el problema o con el sufrimiento humano que es necesario considerar.

Lo que me gustaría decir es que en mi blog no se miente. Mi blog no altera la realidad. Puede ser que en ocasiones exagere en términos performáticos algún tipo de emoción. Seguramente sí. Pero esa emoción estaba ahí.

3. Escribir para organizar el sufrimiento

Entrevistador: Quiero cambiar de escenario y volver al momento del ataque. Has hablado de lo que sentiste tú, de tu reacción y de cómo reconstruiste literariamente aquella experiencia. Pero me interesa otra perspectiva.

Si dentro de veinte años tu hija leyera este artículo, ¿qué te gustaría que comprendiera de aquel día y de su padre? ¿Y qué te preocuparía que pudiera interpretar equivocadamente?

Gorka: Si te soy sincero, no creo que eso pase. Y tampoco es para nada mi intención.

Cuando escribí ese artículo, lo que yo quería era básicamente dos cosas.

La primera es utilizar una experiencia personal significativa para explicar cómo se puede intervenir frente a un suceso potencialmente traumático en casa. Pero quería explicarlo no desde las páginas de un libro, sino desde la experiencia concreta, con toda la desorganización que esta implica.

Por otro lado, creo que también yo necesitaba escribir sobre lo que pasó para organizarme la cabeza, para entender que quizás sí que había hecho las cosas con determinado sentido. Y para encontrarme al otro lado con personas compasivas que me digan que lo he hecho medianamente bien.

Porque en estas situaciones, aunque uno sea profesional, pasan muchas cosas. Y no todas ellas se cuentan en el relato. Y algunas te hacen dudar mucho.

A veces, en momentos en los que el trauma o los sucesos potencialmente traumáticos están cerca de nosotros, es muy importante el papel de los testigos. Es decir, de esas personas que, observando la situación desde fuera, pueden aportarte cierto criterio de realidad.

No es extraño que en este tipo de situaciones cercanas al trauma uno sienta cierta desrealización, cierta despersonalización o cierta sensación de irrealidad que impliquen un viaje del que solo lo social, solo el otro, nos puede ayudar a regresar.

4. ¿Quién cuida a quienes cuidan?

Entrevistador: Hay algo que me llama especialmente la atención de tu respuesta. Has reconocido que, además de compartir una experiencia que pudiera ayudar a otras familias, necesitabas encontrar personas compasivas que te dijeran que lo habías hecho medianamente bien.

En las profesiones de ayuda se habla mucho de sostener, acompañar, contener y ofrecer seguridad. Pero bastante menos de la necesidad que tenemos los propios profesionales de ser sostenidos, reconocidos y cuidados.

¿Crees que existe cierta exigencia, explícita o implícita, de que quienes nos dedicamos profesionalmente al cuidado de otras personas tengamos que saber gestionar nuestro propio sufrimiento? ¿Te has sentido alguna vez atrapado en esa exigencia?

Gorka: Sí, por supuesto. Y es una demanda bastante frecuente en las profesiones de cuidado que por sí misma no se sostiene bien.

Existe la idea de que quien cuida, quien protege o quien acompaña debe saber regularse para acompañar bien. Y por supuesto en esta afirmación hay parte de verdad. Tenemos que disponer de esos recursos.

Pero también es importante considerar que muchas veces la regulación no es posible sin un contexto que se haga cargo de la situación. Es decir, que sostenga de alguna manera lo material, como pueden ser los ritmos de trabajo, un sueldo aceptable, la posibilidad de descansar entre sesiones, etcétera. Pero también situándose de manera comprensiva frente a la persona que acompaña.

Y esto es algo que en las profesiones de cuidado hacemos francamente mal.

Quizás llevados por una filosofía neoliberal pensamos que el trabajo tiene mucho más de individual de lo que realmente tiene. Porque una persona que protege, que cuida, que acompaña solo puede sostenerse en un contexto que pueda satisfacer sus necesidades.

Porque de lo contrario, si ese contexto no contiene, protege y cuida al que contiene, protege y cuida, no sería extraño que esa persona acabe tratando de cubrir esas necesidades precisamente con las personas a las que acompaña, dejándolas en un lugar que ellas pueden aceptar o rechazar.

Hay una cosa que decía mi anterior terapeuta que me parece profundamente sabia, que es que tenemos que darnos permiso para no poder.

Porque a veces las condiciones no permiten que podamos.

5. El componente narcisista de la urgencia

Entrevistador: Has dicho algo especialmente relevante: cuando el contexto no cuida a quien cuida, existe el riesgo de que el profesional termine buscando satisfacer sus propias necesidades en las personas a las que acompaña.

Quiero darle la vuelta y llevarlo al terreno de la paternidad. En tu artículo aparece una figura fundamental, tu mujer, que se hizo cargo de muchas cosas mientras tú estabas absorbido por la urgencia de proteger a tu hija.

¿Crees que aquella experiencia te permitió descubrir algo sobre tu propia necesidad de ser el que protege? ¿Hasta qué punto esa necesidad puede impedirnos reconocer que también necesitamos ser protegidos, o incluso invisibilizar a quienes nos están cuidando?

Gorka: Esto que planteas es sumamente interesante porque después de este artículo escribí otro. Y lo escribí con urgencia y con la ayuda de la inteligencia artificial para que estuviera publicado lo antes posible.

En ese artículo manejo un concepto que seguramente alguien ya haya inventado, pero en este caso me lo inventé también yo, que es el componente narcisista de la urgencia.

El componente narcisista de la urgencia implica la idea de que cuando nos hacemos cargo de una situación de urgencia nos sentimos demasiado protagonistas en la situación. Y yo me atrevería a decir que principalmente si los resultados han sido positivos, como es el caso.

Lo que suele pasar es que las personas, cuando atendemos una de estas situaciones, nos contamos una historia, una narrativa predominante en la que excluimos a otras personas que han tenido precisamente la misma importancia frente a los hechos.

Como pueden ser aquellas personas que se han hecho cargo de lo material, permitiendo que a su vez quien se cuenta esta historia se haga cargo de lo emocional o del suceso potencialmente traumático.

En este caso llegó un momento en el que me sentí sumamente culpable porque me di cuenta de que en mi relato apenas aparecía la figura de mi mujer y su papel fue tanto o más importante que el mío.

Porque si yo hubiese tenido que atender simultáneamente a lo emocional y a lo material, posiblemente no hubiese podido estar disponible para mi hija. Pero ella se hizo cargo estupendamente bien de todo lo que había que hacer.

A mí me apetece trasladar esta idea, el componente narcisista de la urgencia, también al ámbito laboral, donde los que atendemos muchas veces situaciones de gran dolor o de urgencia en las familias hacemos exactamente lo mismo.

Colocamos la atención en nosotras y nosotros mismos como si estuviéramos investidos de cierta luz extraordinaria, obviando las condiciones estructurales y las personas que, aunque estaban en un segundo plano, permitieron que fuera posible nuestra intervención.

Y yo creo que aquí deberíamos empezar a tomar conciencia de esto para que las personas que gestionan o hacen un trabajo no reconocido puedan disponer del reconocimiento que merecen.

Podemos decir que se trataría de algo así como un acto de justicia narrativa que además tendría un componente estratégico.

Porque si reconocemos el trabajo de estas personas y el esfuerzo, seguramente sea más fácil que permanezcan en ese lugar siendo imprescindibles en estos procesos.

6. Patriarcado y cuidados invisibles

Entrevistador: Me interesa mucho esa idea de la justicia narrativa. Pero quiero introducir una incomodidad.

En tu relato, tu mujer se hizo cargo de lo material mientras tú pudiste concentrarte en lo emocional. Y después reconociste que su contribución había quedado prácticamente borrada.

Históricamente, el trabajo doméstico y de cuidados, realizado mayoritariamente por mujeres, ha sufrido precisamente esa invisibilización. Y no siempre basta con reconocerlo para transformar las relaciones que la producen.

¿Crees que el componente narcisista de la urgencia puede tener también una dimensión patriarcal? Y, si es así, ¿qué tendría que cambiar, más allá de nuestro relato, para que ese reconocimiento se convirtiera en una redistribución real del cuidado y del protagonismo?

Gorka: Sin duda alguna. Claro que tiene un componente patriarcal.

De hecho, a los hombres nos resulta mucho más fácil colocarnos medallas en público. Y es evidente que los hombres podemos colocarnos esas medallas haciendo mucho menos que las mujeres. Esto lo sabe todo el mundo.

Pero creo que aquí tenemos que ir un paso más allá.

Porque no se trata solo de que los hombres seamos más reconocidos, que eso es cierto. Sino que el hecho de sostener la familia, los cuidados habituales, la carga mental que implican los hijos, es lo que permite que determinados procesos de la gestión de la urgencia se puedan dar.

Y esto que estoy diciendo tiene implicaciones serias en todo lo que respecta a cómo gestionamos socialmente la protección a la infancia.

Porque si te fijas, muchas de las familias a quienes atendemos son monomarentales. Es decir, es una mujer a cargo de sus hijos sin un hombre que aporte nada en esa familia nuclear.

Exigir a estas mujeres, tal y como hacemos muchas veces en protección a la infancia, que se hagan cargo de lo que implica sostener y de la gestión emocional o del trauma es muchas veces hacer una petición que implica un conflicto de misiones incompatibles.

Y esto vuelve a conectar con lo que me pasó el otro día con el perro. Yo no podía estar a la vez gestionando la situación y atendiendo a mi hija. Y creo que nadie puede.

Entonces creo que como servicios sociales nos deberíamos plantear muy seriamente en qué términos formulamos nuestras demandas explícitas o implícitas a las familias, sobre todo cuando la misma persona tiene que hacerse cargo de sostener la realidad y de hacerse cargo de lo emocional.

7. Cuando ayudar significa exigir más

Entrevistador: Acabas de señalar una contradicción importante en los sistemas de protección a la infancia: podemos terminar exigiendo a una madre que proporcione seguridad emocional a sus hijos mientras las condiciones materiales en las que vive hacen extraordinariamente difícil esa tarea.

Pero quiero introducir otra tensión. Los profesionales de protección a la infancia también tenemos la responsabilidad de valorar situaciones en las que las necesidades de los niños y las niñas no están suficientemente cubiertas, independientemente de cuáles sean las causas.

¿Cómo podemos reconocer que una madre no dispone de las condiciones necesarias para cuidar como quisiera, sin que esa comprensión termine convirtiéndose en una justificación de situaciones que pueden estar perjudicando seriamente a sus hijos? ¿Dónde situarías la responsabilidad de esa madre y dónde la responsabilidad de las instituciones?

Gorka: Es que la responsabilidad de las instituciones en estos casos debería ser crear las condiciones para sostener la estructura que permita a las madres cuidar. Es decir, eliminar su carga física y mental.

Ahora bien, comparemos esto que estoy diciendo con lo que normalmente se hace. Lo que los recursos supuestamente de apoyo a las familias hacemos habitualmente conlleva una obligación o una petición de hacer más.

Y además muchas veces bajo la amenaza de que si no se hace más y mejor puede haber un informe negativo que implique la derivación a los servicios sociales especializados o incluso la articulación de medidas de protección.

Esto es sumamente cruel. Y está normalizado.

Hemos naturalizado colocar en las mujeres más carga mental de la que pueden soportar.

Y cuando hacemos esto estamos limitando flagrantemente su capacidad para cuidar, estar emocionalmente, crear vínculos de apego seguros y atender a todas aquellas cuestiones que tienen que ver con el trauma, la gestión del sufrimiento o un componente emocional.

Yo preguntaría a mis compañeras y mis compañeros: cuando tú llegas a una casa, ¿qué necesitas tú como profesional que pase para sentirte bien?

Si somos sinceros a la hora de responder a esa pregunta, nos daremos cuenta de que a veces nuestra demanda implícita profesional implica un conflicto de misiones incompatibles para las personas a las que atendemos.

No es extraño entonces que estas personas se resistan a nuestra intervención porque tiene un componente iatrogénico que no se puede obviar.

8. Cuando los manuales no sirven

Entrevistador: Quiero salir un momento de las instituciones y regresar a tu experiencia personal.

Has hablado de profesionales que, sin darse cuenta, pueden exigir a las familias más de lo que estas pueden sostener. Y también has reconocido que, durante el ataque y sus consecuencias, tú mismo necesitaste que otras personas se hicieran cargo de aquello que no podías atender.

¿Hay algo que hayas cambiado en tu manera de ejercer la paternidad después de lo sucedido? ¿O alguna idea sobre la crianza, el trauma o la seguridad que antes defendías con bastante convicción y que aquella experiencia te obligó a cuestionar?

Gorka: No es la primera vez que nos pasa algo parecido. Pero sí hay algo que me gustaría decir. Y es que a veces las instrucciones del manual hay que pasárselas un poco por el forro.

En situaciones de agobio, sufrimiento y desorganización como esta, no es posible hacer las cosas bien, si entendemos «bien» como acercarnos a lo que dicen los libros tal y como está descrito en ellos, en el mismo orden, con el mismo tipo de acciones, dándonos cuenta de cada uno de los pasos y chequeando que lo estamos haciendo bien.

En situaciones de sufrimiento y desorganización a lo sumo podemos tener cierto esquema mental, sostenerlo y confiar en él.

Y ojalá ese esquema mental sea consistente con las experiencias que nos ha tocado vivir a lo largo de la vida, porque entonces lo tendremos integrado mejor y también en la parte emocional.

En mi caso, cuando nos sucedió eso, yo tenía en la cabeza muy pocas cosas.

Una era que si la niña se bloqueaba, tenía que ayudarle a liberar esa tensión del cuerpo, a que pudiera articular el comportamiento o la conducta protectora que en ese momento igual no había podido sostener. Correr, atacar, protegerse del perro.

Y que solo cuando esa energía hubiese salido del cuerpo podría encontrarse con la seguridad.

Y que si se encontraba con esa seguridad, yo tenía que permanecer tiempo ahí para que el cuerpo volviera a tierra progresivamente y poco a poco.

Este esquema creo que se cumplió. Y creo que es lo que le ha ayudado a ella a no tener trauma a día de hoy.

9. La teoría frente a la experiencia

Entrevistador: Quiero detenerme en algo que acabas de decir. Hablas de ayudar a tu hija a liberar la tensión del cuerpo, completar una respuesta protectora que pudo quedar bloqueada y encontrar después la seguridad.

Son ideas que conectan con determinados enfoques somáticos del trauma, pero algunas de sus explicaciones sobre los mecanismos fisiológicos siguen siendo objeto de discusión científica.

Y has terminado diciendo que crees que ese proceso ha ayudado a tu hija a no desarrollar un trauma.

¿Cómo distingues, en una experiencia tan emocionalmente significativa para ti, entre lo que realmente observaste en tu hija y lo que interpretaste a través de las teorías psicológicas en las que confías? ¿Qué necesitarías observar para llegar a pensar que quizá tu explicación no fue la acertada?

Gorka: En este caso creo que tu pregunta va con trampa.

Yo no soy un profesional de mi hija. Yo soy padre de mi hija. Así que creo que no quiero hacer valoraciones profesionales en torno a lo que ha pasado.

Me vale con que ella dos días después del suceso pueda salir a la calle, se haya encontrado con perros y no haya entrado en pánico o incluso haya podido estar con un perro de la misma raza que la que la agredió. Estando ese perro suelto y relativamente tranquila, alerta pero tranquila.

Esto a mí me da la impresión de que lo que hicimos y lo que ella hizo fue suficiente para gestionar la situación.

No necesito más teorías.

Y además creo que esto es importante decirlo. Porque las teorías, y esto nos pasa mucho a las personas que acompañamos el sufrimiento humano, aunque son necesarias, son un arma de doble filo.

Porque cuando estamos en el territorio cognitivo, en el territorio de las teorías, en la experiencia apolínea o ateneica de gestionar mentalmente la realidad, lo habitual es que nos desconectemos mucho de las personas a las que acompañamos.

Y yo no quiero que la teoría me desconecte de mi hija, menos aún en estos momentos.

10. El profesional perfectito

Entrevistador: Has introducido una imagen interesante: Apolo y Atenea como representantes de esa necesidad de comprender, ordenar y controlar la realidad mediante el pensamiento.

Quiero llevarte ahora a tu trabajo. Imagino una escena: entras en el domicilio de una familia, escuchas lo que está sucediendo y empiezas a reconocer patrones que has estudiado durante años. Apego, trauma, circularidades sistémicas, respuestas defensivas…

Pero delante de ti hay personas que quizá están viviendo algo muy distinto de lo que tus teorías te permiten reconocer.

¿Recuerdas alguna ocasión concreta en la que tus conocimientos psicológicos te hayan impedido ver a la persona que tenías delante? ¿Alguna vez has tenido que renunciar a una explicación que te parecía brillante para poder acompañar mejor a alguien?

Gorka: Sí, por supuesto. Me ha pasado muchas veces.

Recuerdo con especial cariño el acompañamiento a una mujer en el que yo pensaba que estaba haciendo las cosas francamente bien porque le estaba dando las respuestas perfectas a todas sus preguntas.

Lo estaba haciendo todo desde la teoría y además yo me sentía francamente bien.

Y en un determinado momento esa mujer se enfadó mucho conmigo y yo no entendí en ese momento por qué.

Y me dijo que estaba hasta las narices de mí porque el hecho de que yo utilizara tan bien la palabra y utilizara un tono de voz tan adecuado le hacía sentirse completamente inútil como madre y como mujer.

Esto pasa mucho.

Jugamos en el contexto de la relación con determinados personajes que colocan al otro en un lugar que puede aceptar o rechazar.

Y no hace falta que explique yo aquí en qué lugar coloca al otro el profesional perfectito que todo lo sabe, ¿verdad?

La otra persona pasa a ser automáticamente el inútil que no puede aspirar a esa perfección.

11. El lastre de saber demasiado

Entrevistador: Quiero regresar a una cuestión que atraviesa tanto tu artículo como algunas de tus respuestas: la importancia de que las personas que cuidan también puedan sentirse cuidadas.

En tu trabajo acompañas situaciones de sufrimiento que no siempre terminan cuando acaba tu jornada laboral. Y, al llegar a casa, sigues siendo padre, pareja y una persona con sus propias necesidades.

¿Qué precio has pagado personalmente por dedicarte profesionalmente al sufrimiento de otras personas? ¿Hay algo de ti que hayas tenido que recuperar, o que todavía estés intentando recuperar, después de tantos años trabajando como educador familiar?

Gorka: Yo siempre digo que en profesiones como la mía hay cierta distancia entre lo que la gente piensa sobre nosotros y la propia realidad.

Lo que la gente piensa sobre nosotros es que tenemos herramientas especialmente poderosas para gestionar lo que pasa en casa.

Y parte de esto es verdad, porque podemos ver cosas que otras personas no ven o cuando toca elegir entre lo que vamos a hacer igual vemos más posibilidades.

Pero la realidad es que esto muchas veces se convierte en un problema.

Porque a mí me ha pasado en muchas ocasiones que cuando mi hija está pasándolo mal, yo no solo estoy viendo a mi hija, sino que estoy viendo las situaciones horribles que veo sistemáticamente en mi trabajo. Violencia, problemas graves de salud mental, drogas, etcétera.

Entonces no es extraño que como profesional que interviene en casa uno tenga encima una carga que es muy difícil de gestionar simultáneamente.

Yo personalmente, cada vez que a mi hija le pasa algo como los sucesos que describo, siento una carga brutal y la necesidad de alguna manera de hacer las cosas muy bien porque, aunque no es verdad, siento que todo depende de mí.

Y de ahí viene también un poco el error que cometí en el artículo que escribí de omitir el importante papel de mi mujer.

No fue tanto por narcisismo sino porque frente a determinadas situaciones siento, y es un sentimiento, no una realidad, que tengo que cargar yo solo con ese peso porque soy el único que cuenta con las herramientas y los recursos para hacerlo bien.

Y eso es un lastre de mi trabajo, no es una ventaja.

Así que yo resumiría todo lo que he dicho con una frase. Y es que quienes trabajamos en esto quizás seamos las personas que peor estamos situadas muchas veces para acompañar determinados procesos.

12. Divertido, calentito, juguetón y abrazable

Entrevistador: Has dicho algo que me gustaría explorar desde otro lugar: que, cuando tu hija sufre, no solo ves lo que le está pasando, sino también todas esas situaciones terribles que has conocido a través de tu trabajo.

Y que eso puede hacerte sentir que tienes que cargar tú solo con la responsabilidad de que todo salga bien.

Quiero alejarme ahora de la psicología y preguntarte por algo más íntimo.

Cuando tu hija sea adulta y mire hacia atrás, ¿qué te gustaría que recordara de ti como padre? No me refiero a lo que le enseñaste ni a cómo la protegiste, sino a cómo se sentía estando contigo.

Gorka: Pues a mí me vienen cuatro palabras de repente a la mente: divertido, calentito, juguetón y abrazable.

13. No tienes que hacerlo solo

Entrevistador: Hemos hablado del miedo, del trauma, de la paternidad, de los cuidados invisibles, de las contradicciones profesionales y de la necesidad de que alguien nos sostenga cuando nosotros no podemos.

Pero quiero terminar con algo más sencillo.

Si pudieras regresar a aquel día, justo después del ataque, y encontrarte contigo mismo, con aquel padre asustado que estaba intentando hacerlo todo bien, ¿qué te dirías?

Gorka: No tienes que hacerlo solo. No tienes que cargar con todo esto solo. Hay gente sumamente valiosa a tu alrededor. Y esa gente sabe y puede hacerlo incluso mejor.

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