[…] Sintió una brisa de aire en la cara, y un tejón se ocultó en su madriguera. Una oscuridad pesada ocultó el bosque, y todas las hojas cayeron. […]
«¿Amas a tu hija, o amas lo que imaginas sobre quién es ella?»
Al formular la pregunta, La Esfinge congeló el tiempo. Los pájaros quedaron suspendidos en el aire, los árboles dejaron de susurrar, y un pequeño zorro quedó paralizado, mirándolo, con los ojos bien abiertos.
Sabía lo que se decía de ella. Sólo respondiendo con plena honestidad volverían a fluir los ríos y a refrescar el aire, pero, si la respuesta no era sincera, sólo cabía la muerte.
La Esfinge era justa, pero carecía de piedad sobre los vivos.
Miró atrás. La niebla se había tragado el camino.
Miró hacia delante, y sólo pudo ver lo cerrado de la espesura.
—Amo lo que he proyectado sobre ella —dijo—. Sólo puedo amar lo que, con acierto o sin él, veo en ella.
Sintió una brisa de aire en la cara, y un tejón se ocultó en su madriguera. Una oscuridad pesada ocultó el bosque, y todas las hojas cayeron.
Miró atrás. No había nada. Nada. Hasta la niebla había desaparecido.
Miró hacia delante de nuevo, y vio un camino que avanzaba hacia la espesura, cada vez con más maleza y más oscuro, entre cadáveres putrefactos semienterrados en el suelo.
—Son los restos de quienes no pasaron, y quedaron para siempre en este punto del sendero —dijo la mujer de vestido negro, que alumbraba con un farol—. Tú puedes continuar, pero antes debes elegir un camino.
—¿Hay alguno cómodo, corto y seguro?
—El camino que es cómodo y corto, no es seguro. El que es corto y seguro no es cómodo. Y el que es seguro y cómodo no es corto —dijo Hécate—. Toda decisión implica una renuncia. No puedes evitar la oscuridad, ahora que sabes la verdad: ningún amor es del todo sincero.
—¡¡Pero eso no implica que no tenga valor!! —se quejó el viajero.
—No, pero no es a mí a quien debes convencer, sino a tu corazón muerto.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
