[…] No hay influencia física de ningún tipo. No hay una relación causal entre los planetas y nuestra personalidad. No hay forma reconocida alguna que explique ningún tipo de interacción. Sin embargo, uno lee su carta natal y le sale algo así como “ay, hostia, coño, si soy yo”. Y de esa sorpresa, emerge la curiosidad. Porque es difícil encontrarse con ese material aparentemente tan preciso y, oye, dejarlo sencillamente pasar. […]
Venga, me meto en otro marrón.
Total, ya no me quedan apenas seguidores, así que qué más da 😉
Si has escuchado alguna vez la descripción que hace la astrología sobre tu personalidad, es muy probable que te hayas sentido bastante identificada o identificado, como si hubiera cierta forma de “brujería” detrás.
¿Cómo es posible que la localización de unos objetos que estuvieron en el momento de nuestro nacimiento a distancias que se miden en unidades astronómicas puedan describirnos tan bien?
No hay influencia física de ningún tipo. No hay una relación causal entre los planetas y nuestra personalidad. No hay forma reconocida alguna que explique ningún tipo de interacción. Sin embargo, uno lee su carta natal y le sale algo así como “ay, hostia, coño, si soy yo”. Y de esa sorpresa, emerge la curiosidad. Porque es difícil encontrarse con ese material aparentemente tan preciso y, oye, dejarlo sencillamente pasar.
¿Qué más dirá sobre mí?
¿Cómo describirá los conflictos que me perturban?
¿Veré en esa cosa en la que no creo —pero sí creo— algún tipo de “solución”?
Y es como todo, amiga: si buscas, encuentras. Ya te digo yo.
Las astrólogas y los astrólogos malintencionados se basan en estos procesos para captar clientes, convertirse en gurús, y hacer una suerte de “pseudociencia predictiva” que haga a los incautos flipar, adherirse a procesos complejos, y soltar la pasta a manos llenas. Es ley de vida. Hay gente torcida en todos los lados, incluso en la supuesta “terapia basada en evidencia”, con másters de 20.000 pavos y supervisión clínica.
¿Significa esto que no podemos aprender nada, absolutamente nada, de la astrología? ¿Que tenemos que desecharla como basura sin ningún tipo de valor?
Pues yo creo que no.
La astrología, bien estudiada, recoge experiencia humana milenaria. Eso no la convierte en certeza, pero sí que nos sugiere una serie de preguntas: ¿qué necesidades ha podido cubrir para permanecer tanto tiempo?, o ¿cómo les estamos cubriendo ahora? Implica una forma de tener acceso al alma humana que aportaba algo al individuo y a las sociedades, antes de que nos empeñamos en meter a la psique humana en ese Lecho de Procusto que es el método científico. Que es muy útil para algunas cosas —nunca diré lo contrario—, pero para otras francamente no.
Repito: no digo que la posición de los planetas cause nuestra personalidad, ni mucho menos que determine nuestra vida, pero sí que, cuando un sistema pervive tanto en el tiempo e incluso sobrevive a la demolición de la época de la ilustración, quizás no sea tan tontería como al lego le pueda parecer.
Y eso es justo lo que ahora quiero argumentar. Porque llevo una temporada leyendo sobre astrología psicológica —que no se entere mi antiguo yo, porque se avergonzaría de mí—, sin renunciar a la sistémica, al apego, a la narrativa, al trauma, a la polivagal, ni a la madre que me parió, y me estoy encontrando con una serie de elementos que, coño, oye, qué movida, igual habíamos periodo, teníamos olvidados, y sería genial rescatar.
Que no compro yo el pack completo, ni de coña, pero aquí hay un territorio precioso para explorar.
Lo primero que me encanta de la astrología psicológica es el uso que hace del concepto jungniano de sincronicidad. Una sincronicidad acontece cuando dos sucesos —habitualmente uno interior y otro exterior— se unen a través del sentido que se les otorga, en una especie de elaboración personal en la que también intervienen los significados culturales compartidos.
La sincronicidad sugiere, por tanto, también en principio de que “lo que es dentro también es fuera”, como si el mundo fuera una especie de mapa de nuestra psique, en el que podemos encontrar elementos, historias, conflictos, que, sin ese soporte material, nos costaría identificar, representar y narrar. No se trata de aplicar un pensamiento mágico, sino aceptar que el mundo nos proporciona de manera natural un escenario en el que representar nuestra vida interior.
Piensa, por ejemplo, en el daño ingenuo que ha hecho la moda de reducir nuestros estados internos a etiquetas emocionales. Es cierto que decir “estoy enfadado”, da un significado a la experiencia, pero también restringe su componente vivo e imaginal. Ni todos los enfados son iguales, ni nos llevan a ver el mundo de la misma manera, ni nos tocan las mismas teclas cuando se activan en nosotros.
Esto es clave, amigas y amigos, porque si algo chungo ha hecho la psicología contemporánea es utilizar una terminología abstracta que aleja a la persona de las formas de experiencia que les resultan naturales: por ejemplo,ver el mundo exterior como un reflejo casi indiferenciado del interior.
Una carta natal, por ejemplo, es un campo precioso de exploración. No porque tenga cualidades diagnósticas, claro que no, sino porque refleja multitud de flujos y tensiones que afectan a todos los seres humanos y de los que igual no te habías percatado. Y sólo cuando lo vemos fuera, en forma de metáforas (los planetas, los dioses, etc), los podemos reconocer en nuestro interior.
Es como cuando vas a terapia, te dice algo el terapeuta, y te dices a ti mismo, joder, es verdad, cómo no había caído yo. Puede ser aleatoria y subjetiva, por supuesto, pero quién te asegura a ti que la figura profesional que te atiende no. Si esa carta, ese diseño vital, no se toma como una verdad incuestionable, sino como un campo de exploración en el que aceptar o rechazar rasgos, experiencias o interacciones, y el sujeto no es demasiado crédulo, puede servir de mapa vital, siempre y cuando nadie nos imponga una dirección.
Lo digo bien claro. La astrología puede ser sumamente dañina. Claro que sí. Sobre todo, si se observa desde una perspectiva determinista, sin formación terapéutica de base, si se aplica a personas lábiles o crédulas, o si se utiliza como justificación para no cambiar. Pero, oye, el hecho de que conlleve evidentes riesgos, no anula automáticamente lo que de ella se puede rescatar.
Otra cosa que me fascina de la astrología, es que facilita casi de manera natural cierta forma de espiritualidad. No porque sugiera o imponga cierto modelo de creencias —huye de quien haga algo así—, sino porque nos acerca a algo que nos transciende como individuos, y que nos lleva a sentirnos en comunidad con la vida y el universo. Porque, si todas y todos estamos compuestos por las mismas fuerzas vivas y autónomas, y el ego no es el centro del alma, la experiencia transcendente casi emerge de manera natural.
Qué vas a hacer tú con ella, forma parte de tu libertad.
Otra cosa que me alivia mucho, es que la astrología parte de una idea que hemos ido perdiendo: afirma que lo que somos no depende únicamente de la crianza que hemos recibido, de nuestras relaciones o de las dificultades por las que hemos tenido que pasar. También es capital la estructura que hemos traído de nacimiento —sea cual sea su origen—, y las virtudes o tensiones naturales que ésta nos va a deparar.
No todo viene de la crianza, ni de las heridas. También influye el temperamento, las predisposiciones, las sensibilidades, las tensiones internas, las alianzas naturales entre partes, o los procesos emergentes propios del desarrollo, que surgen de manera natural cuando no es posible resolver cierta tensión.
Esto completa de alguna manera la teoría sobre el trauma, entrando en un diálogo productivo con ella, porque ahora podemos seguir preguntándonos ¿qué respuesta tuvo esa persona por parte de su entorno cuando aquello pasó?, pero también ¿en qué campo de tensiones aconteció todo eso?, presuponiendo que hay entornos del alma más propicios para integrar el sufrimiento, que otros en los que hay partes en conflicto o tensión.
Si algo aporta la astrología psicológica son metáforas. Metáforas que permiten acercarnos de manera limitada a la multiplicidad de la mente humana. Metáforas que no pueden abarcarlo todo, pero que sí reconocen y nombran a las partes o estados de conciencia, con quienes podemos trabajar otros modelos de relación. No hace falta creer en la potencia de Urano como planeta, para reconocer que todas y todos albergamos un deseo transpersonal de expansión con el que, tarde o temprano, nos va a tocar lidiar.
Y las metáforas tienen algunas cualidades maravillosas: tienen vida, unen experiencia somática, imagen y signo, y crean puentes entre la razón y la emoción, facilitando los procesos de integración.
Es cierto que un exceso de metáfora nos aleja de la generalidad que describe la ciencia, pero también que un exceso de ciencia nos aleja de la experiencia humana, reduciéndonos a mecanismos que cumplen una función.
Por tanto, quizás la pregunta no sea si la astrología sirve o no, sino qué partes de ella podríamos recuperar e integrar en nuestros modelos de trabajo, para hacerlos más humanos, más colectivos, más vivos, más bellos, o más coherentes con la complejidad.
¿Tú qué piensas?
Ahí te lo dejo yo.
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Para seguir explorando:
Greene, L. (1992). La dinámica del inconsciente: Astrología y psicología profunda. Editorial Urano.
Hillman, J. (2004). Re-imaginar la psicología. Ediciones Siruela. (Obra original publicada en 1975).
Jung, C. G. (2013). Sincronicidad: Un principio de conexiones acausales (R. Reszler, Trad.). Editorial Kairós. (Obra original publicada en 1952).
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
