[…] No es extraño que esas personas se sientan más solas y desamparadas con unos profesionales que no respetan sus ritmos, sus anclajes a la seguridad o sus recursos, porque están más centrados en justificar que han hecho algo, no vaya a ser que salte la liebre y alguien les reproche lo contrario. […]
Si hay algo que no terminamos de ver en los servicios sociales, es que cualquier cambio significativo probablemente implica una pérdida de la espontaneidad y un duelo.
No es una idea nueva. A nada que miremos un poco, vemos que cualquier cambio, a nivel personal, relacional, social, económico o cultural, implica pérdidas importantes. Pero la narrativa del progreso subyuga cualquier relato que conecte con la tristeza asociada a lo que hemos renunciado o ha desaparecido. En nuestro mundo, tenemos tan integrado que evolucionar es positivo —nos da un poco igual hacia dónde—, que asociamos directamente el progreso a un beneficio incuestionable. Esto refuerza nuestra actitud capitalista-emprendedora, en plan Lambo y Rolex, pero aparta radicalmente la mirada de los “pájaros muertos” que dejamos por el camino.
Lo jodido es que en servicios sociales hemos comprado la misma narrativa. Por eso no nos suena tan distante la metáfora de que somos un “taller de reparaciones”, perversamente gratuito. Es decir, que la gente acude donde unos “técnicos” —no es casualidad que se les llame así a los coordinadores de caso en infancia—, para que les ayuden a resolver sus averías o problemas, dado que se les presupone un conocimiento, acceso a recursos y un saber extraordinarios.
El trabajo de las y los profesionales se justifica así por sus acciones. Es decir, por las cosas que supuestamente se han hecho en beneficio de estas personas. Esto tiene dos implicaciones monumentales. Por un lado, engorda la burocracia —es la forma que la incompetencia tiene de justificar su trabajo y su sueldo— y, por otro, se culpa a las personas vulnerables y vulneradas de tener “resistencias” cuando se oponen a estas formas de violencia. Como al dueño del seat que no ha seguido las instrucciones del mantenimiento, y le peta la garantía: “tú calla, que no nos hiciste caso”.
Quizás esta “cultura de la intervención” sea uno de los grandes males endémicos de los servicios sociales: la aplicación de la lógica del mercado a las relaciones con las personas que más están sufriendo. No es extraño que esas personas se sientan más solas y desamparadas con unos profesionales que no respetan sus ritmos, sus anclajes a la seguridad o sus recursos, porque están más centrados en justificar que han hecho algo, no vaya a ser que salte la liebre y alguien les reproche lo contrario.
Actuar se convierte así en un mecanismo de protección profesional, desconectado de las necesidades reales de las personas. Y en ese actuar, a menudo nos lo llevamos todo por delante, sin dejar espacio para respirar a nadie, presionando a las personas a actuar de manera rígida, estereotipada, y sin posibilidad de atender a los duelos que nosotros mismos hemos provocado.
Lógico: si tomáramos conciencia de los duelos que estamos provocando, nos daríamos cuenta de las mierdas que hemos hecho, y ya no podríamos habitar el mito de que somos “un bien para el mundo”, tan conectado con el goce inconsciente de no pocas, ni pocos.
Salió en la supervisión del miércoles: en servicios sociales compramos las teorías que nos mantienen cómodas y cómodos, anclados al inmovilismo. Puede que sean unas teorías, reales, efectivas, con base científica —siempre dudo de esto aplicado a los sistemas—, pero ya nos encargamos nosotras y nosotros de interpretarlas y convertirlas en normativa y protocolos que estén sólo y exclusivamente a nuestro servicio. Creo que no digo ninguna chorrada si afirmo que todos los paradigmas que se han popularizado, parten de la idea de incorporar ideas y técnicas formidables y efectivas que justifican frente al mundo que nuestro trabajo ayuda a los demás, y tiene un profundo sentido.
Sin embargo, hoy sabemos que lo que ayuda a las personas no son tanto los modelos y las técnicas, sino la calidad de la relación con los profesionales que acompañan. Y esa calidad de la relación depende, en gran medida, por cómo se posicionan éstos frente a los recursos personas vulneradas. ¿Los anulan o los reconocen honestamente como algo valioso?
Esta pregunta no es baladí, porque determina la actitud vital y existencial que va a determinar la relación con el modelo imperante: ya sabes, el taller mecánico. Si uno se cree que las personas cuentan con recursos, y que lo que hay que hacer es apoyarlos, respetando su forma de ver el mundo y sus tiempos, entrará en conflicto con toda la estructura que se ha montado, y fácilmente puede ser anulado o difamado atribyéndole los peores de los pecados: “no hace nada” o “se ha puesto del lado de ellas o ellos”. Castigos coherentes con la cultura de la intervención, y castillo de naipes que hemos montado sobre ella.
Pero, si uno acaba denostando la sabiduría de las personas que sufren, y acaba proponiendo o, lo que es peor, imponiendo recursos externos, recibirá el beneplácito de la comunidad, que culpará a las personas que sufren de su propio sufrimiento, y del de las personas a las que quieren.
¿Por qué se nos pide que los informes sean objetivos, es decir, basados en supuestos —nótese la ironía— hechos?
El mito es que hay que tratar de ser éticos y justos, y que no podemos especular o interpretar si luego vamos a defender lo que hemos escrito en los juzgados, pero a mí siempre me ha parecido una maniobra destinada a mantener a los profesionales, sus valores, su ideología y su impacto en la realidad, ocultos. Porque ocultar nuestra forma de trabajar, cuando sabemos que hace aguas, es la mejor forma de seguir diciendo que hacemos todo lo posible, pero que son ellas y ellos, con su negligencia, los que están fallando.
Pero, ahora, pregunta para ti:
¿Hasta qué punto necesitas hacer cosas para sentir que estás haciendo lo correcto?
¿Propones acciones o recursos, o apoyas las fuerzas que las familias y las personas naturalmente pueden poner en juego?
¿Acompañas a las personas a reflexionar sobre las pérdidas que implican los cambios que apoyas? ¿O sencillamente das por hecho que son “buenos”?
¿Hasta qué punto te ha picado el ojete al leer este artículo?
Descuida, no son lombrices. Es algo bueno.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
