[…] La faena es cuando uno se identifica sólo con un pedazo de esa realidad, y empieza a omitir e ignorar que hay otras formas efectivas de protegerse y de desear que quizás no cuadran o se contradicen con lo que supuestamente nos constituye como seres humanos únicos. […]
Quizás uno de los mejores consejos que podemos dar a nuestras hijas e hijos es que NO sean ellas ni ellos mismos.
O, al menos, que se permitan explorar otras formas de ser y estar en el mundo que no cuadren con la identidad que supuestamente tienen.
Hay una narrativa predominante que dictamina que una de las bases de la salud mental es “ser fiel a una o a uno mismo”, como si fuésemos reductibles a una sola parte de nuestra mente, o a la narrativa que lleva asociada. Pero la mente no es una unicidad, sino una multiplicidad organizada por relaciones complejas.
Buah, chaval. Temazo.
La faena es cuando uno se identifica sólo con un pedazo de esa realidad, y empieza a omitir e ignorar que hay otras formas efectivas de protegerse y de desear que quizás no cuadran o se contradicen con lo que supuestamente nos constituye como seres humanos únicos. Comenzamos a experimentar, entonces, una existencia parcial, fragmentada, escindida o disociada que nos otorga una ilusión de coherencia y control, pero pagando un precio excesivo: la desconexión de la motivación, el interés y el deseo, que emerge de las partes que hemos relegado a mazmorras demasiado oscuras.
No es extraño que, entonces, emerja un síntoma como forma de comunicar este tipo peculiar de sufrimiento que no tiene tanto que ver con las violencias del contexto —bueno, un poco sí: toda identidad se constituye en relación al otro y al lugar en que habitamos— sino con las que nos aplicamos a nosotras y nosotros mismos. Un sufrimiento identitario, es decir, que emerge o se sostiene con la idea de que tenemos que ser de una manera, para permanecer fieles a lo que somos, como un mandato moral que no debería ser nunca jamás cuestionado.
¿Cuánta ansiedad y cuántas depresiones tendrán que ver con esto?
Como le pasa a algunas personas que sufren de compulsiones. A veces, ocurre que se identifican tanto con sus partes productivas y controladoras, que omiten los cuidados que necesitan las que se sienten frágiles o habitan el miedo. Por eso, suele ser una buena idea ayudarles a explorar otras formas de ser y estar en el mundo que no pasen por ese camino que su historia trazó, y su identidad —la que se formaron a través de la mirada de los suyos significativos— cristalizó como la única ruta posible hacia la seguridad y sus supuestos objetivos.
Pero esto no es algo que sólo le pase a las personas que tienen un sufrimiento psicosocial tan evidente, sino que, de alguna manera, nos pasa a todas y todos: nos identificamos con un sólo modelo de protagonista, y así, limitamos las posibilidades de ramificar nuestra historia, es decir, de explorar diferentes alternativas o caminos.
Porque las historias lineales son sólo para las novelas, que aspiran a un final único y definitivo.
Sea como sea, es frecuente que nos convirtamos en un personaje, en vez de ser la exploradora o el explorador curioso para el que hemos nacido. Un explorador que, a ratos, puede ser el héroe, pero también el príncipe cuyo talento merece la pena ser salvado, el sabio, el mago, el artesano, el monje, el jardinero, el monstruo, el diablo, al viajero, el padre, la nodriza, el fantasma, el duende, el rey, el brujo, y todas sus alternativas en femenino.
Cuando permitirnos habitar sin demasiada censura estos y otros muchos personajes, también les permitamos habitarnos a nosotras y nosotros mismos. Porque no es su esencia la que convierte en dañino al diablo, sino la guerra que libramos contra él considerándolo dañino para nosotros y para las personas a quienes queremos.
Pero, ¿por qué permanece esta narrativa tan celebrada sobre la importancia que tiene la fidelidad hacia una o uno mismo?
La siguiente pregunta se formula sola: ¿qué cambiaría si pudieramos lanzarnos a explorar con libertad otras formas de ser y descubrieramos que ya están habitando en nuestro interior?
¡Ja! Creo que no hace falta que diga demasiado, ¿verdad? Es evidente que toda la estructura se tambalearía, que nos volveríamos más impredecibles, más libres, y menos “sujetos” —ojo a la palabra, que no es baladí— ante la voluntad de poder de terceros. Y esto, es justo lo que todo sistema pretende: sostener su estabilidad pasando por encima de las necesidades reales de los individuos.
Ojo a esas teorías supuestamente científicas que hablan de “modelos de personalidad”, muchas veces a través tests en los que sólo se pregunta por la autopercepción —me preguntas cómo me veo, y te lo digo—, o a través de textos esotéricos que imponen un sentido “desde lo oculto”, “desde lo trascendente”, o “desde arriba”, coartando el sentido de agencia de las personas e imponiendo sutilmente un proceso o un camino.
Ascazo.
Qué sí, que hay identidades que reconfortan. E incluso diagnósticos que alivian. Y bienvenidos vengan cuando se necesitan. Pero, por favor, que no sostengamos la identidad que nos impongan nuestros seres queridos, profesionales, o monstruos de otro tipo.
Repito: quizás uno de los mejores consejos que podemos dar a nuestras hijas e hijos es que NO sean ellas ni ellos mismos. O no todo el rato. Que, al menos, se permitan explorar otras formas de estar en el mundo que no cuadren con lo que les impone el contexto. Asumiendo que difícilmente se pueden integrar las partes exiliadas a las que no se les permite estar en nuestra vida, asumiendo, al menos, a veces, el papel protagonista. Y que eso, aunque conlleve errores, daños a los demás, sólo habla de su inmadurez, pero no dice nada reprochable acerca de ellos.
¿Acojona verdad?
Pero, ¿a que no acojona tanto cuando te lo aplicas a ti misma o a ti mismo?
Quizás eso, nos ayude a verlas y verlos, también, menos monolíticos, más flexibles, más multifacéticos, más adaptables, y con más recursos [diferentes a los nuestros] para sostenerse a pesar de las dificultades que impone el terreno. Con más oportunidaes que unas madres y unos padres seducidos por la narrativa de la identidad, y que sólo pudieron contar con los recursos y oportunidades que cuadraban con una mirada impuesta por terceros.
Portate mal, cojones.
No aspires a la bondad, sino a una vida íntegra.
Imita, comprueba, explora, juega.
No seas tú misma.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
