[…] La cosa es que esas parte que asume la responsabilidad y se sitúan en un primer plano, subyugan a otras partes que, también, tienen algo interesante, útil o valioso que expresar o hacer, relegándolas al silencio. […]
Si has currado en este ámbito, seguramente me des la razón.
Cuando las madres o los padres se enfrentan a los retos que les imponen sus hijas o hijos, suelen hacerlo, casi siempre, desde la misma “parte protectora”, configurando un patrón.
Por ejemplo, a mí me ha pasado que —qué coño, y todavía me pasa—, cuando mi hija muestra alguna dificultad, tengo tendencia a situarme desde “el salvador”, dado el peso que me impone el trauma, pero, también, mi profesión. «Con todo lo que puedo hacer con mis poderes, y no soy capaz de salvarle», diría esta parte, en una clara referencia a un fragmento de diálogo de la película “Supermán”.
Otra parte que suele activarse con mucha frecuencia en las personas a las que acompaño —quizás la que más—, es una “parte culpable”, que señala y castiga a las madres —sí, más a las madres— por no estar a la altura de los requerimientos de su maternidad. Es una parte que exige, etiqueta y lleva a las personas a compararse con un ideal inalcanzable, que sirve criterio para una comparación en la que, siempre, repito, siempre van a perder.
La cosa es que esas parte que asume la responsabilidad y se sitúan en un primer plano, subyugan a otras partes que, también, tienen algo interesante, útil o valioso que expresar o hacer, relegándolas al silencio. Y esas otras partes siguen estando allí, detrás de la pared, esperando a que alguien las escuche y les permita tener voz, porque también se saben dignas y depositarias de una gran sabiduría que nos podría beneficiar a nosotros y a los nuestros.
Cabe, entonces, preguntarnos, por qué unas partes tienen más voz que otras en lo que a nuestras hijas e hijos respecta, es decir, por qué unas de ellas están en nuestro “comité de expertos sobre la crianza”, y por qué otras no. Y seguramente haya muchas respuestas posibles, pero una que siempre, prácticamente siempre, está por ahí. Porque, ¿quién legitima a las partes que hablan o gritan para que ocupen este privilegio en nuestro interior?
Porque no te digo nada que no sepas si voy y afirmo, ahora, con voz serena y contundente que NO HAS SIDO TÚ. Es decir, que el hecho de que unas partes hablen y otras no, nada tiene que ver con una decisión que hayas tomado de manera consciente, ¿verdad?
Porque es la NARRATIVA SOCIAL la que suele imponer las CARGAS a las partes que se ESFUERZAN —a veces, demasiado, hasta la extenuación— para proteger a las y los nuestros, especialmente, en estadios del desarrollo que implican una máxima vulnerabilidad. Y cuando, con nuestro apoyo, nuestra comprensión intuitiva y nuestro cariño, les libramos de esas cargas o de parte de ellas, ocurre un proceso similar a la ALQUIMIA, en la que se abren a la posibilidad de cambiar, no sólo de forma, sino los patrones de relación con otras partes que, también, tienen algo interesante, curioso o importante que decir.
Seguro que ya lo estabas pensando pero esa “parte salvadora” a la que he hecho referencia antes, y que me llegó a pasar cierta factura en la relación con mi hija —para qué lo voy a negar—, llevaba consigo una carga brutal: la de una eficiencia extrema que pasa por ejercer un control sobre los aspectos que preocupan de su realidad. La de una sociedad neoliberal, materialista, que confía en la técnica como único camino viable para una solución. Pero, cuando a esa parte se le reconoce el esfuerzo, el sacrificio y el cansancio tan terrible con los que tiene que lidiar, se quita la capa, el calzoncillo rojo de supermán, y se convierte en algo más parecido a Clark Kent, alguien insulso, un tanto torpe, feo, pero capaz de conectar con otra sensibilidad. Porque esa parte, salvadora, lo que desea no es tanto proteger o controlar —ése es el medio utilizado para un fin superior—, sin encontrar la fórmula que nos ayude a lidiar mejor con el sufrimiento y, por tanto, a “sufrir mejor”, entendiendo que el sufrimiento no es un fracaso, sino una parte de la vida que no se puede y que no conviene evitar, porque también es la fuente o el origen de todo deseo o evolución.
Y cuando una parte se acepta así, en la crudeza de no poder, y de “poder no poder” suele estar más dispuesta a entrar en diálogo con las otras partes que, también, tienen algo que apuntar, señalar o susurrar o gritar, como, por ejemplo, una parte orgullosa, una parte víctima, una parte sabia, otra diabólica, o qué sé yo.
Porque, ¿qué pasaría con esa parte culpable que carga con todos los mandatos hacia las madres —sí, nada que ver con la carga que en este sentido llevamos los padres— que impone esta maldita sociedad? ¿Cómo se transformaría si leliberásemos de esa carga durante un rato, si la permitiésemos ser ella misma y descansar? ¿Qué otras partes podrían tomar la voz durante ese descanso? ¿Qué dirían? ¿Cómo iría cambiando su mensaje si les prestásemos suficiente atención como para que se expliquen con el debido tiempo y profundidad?
Creo que no me corresponde a mí dar una respuesta.
Sea como sea, no suele ser nada malo que les dejemos expresarse, que les permitamos, ahora, sin cargas, entrar en diálogo entre ellas, llegar a acuerdos y, si quieren, fusionarse, constituyendo un elemento químico con un peso atómico mucho mayor.
A fin de cuentas, resolver los problemas con las hijas y los hijos no es un proceso técnico, sino muchas veces alquímico, orientado por una curiosidad honesta y una lógica intuitiva, fantástica, narrativa, que dista mucho de lo es nuestra forma tradicional de “ayudar”.
Porque el apoyo que las personas y las familias necesitan pasan porque la infancia pueda relacionarse, de manera más o menos flexible o fluida, con todas las partes que sus madres y padres puedan poner en juego, eligiendo, con autonomía, el mensaje que en ese momento y, de acuerdo a su deseo, les encaje mejor.
Es cuestión de nutrición y libertad.
Y lo jodido es cuando una parte, sólo una, puede alzar la voz.
Mientras haya movimiento, cabe la esperanza.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
