La niña que recuperó su voz

[…] —Cuida de ella, cultiva vuestra relación y, sobre todo, observa —dijo el anciano con voz firme, y se marchó a podar un manzano, con unas tijeras gigantescas, dejando un silencio conmovedor entre ellos. […]

Ansiedad no eligió aquella misión. 

Le vino impuesta. 

Ira quiso resolver la situación. ¡Era tan injusto tener que estar en aquel lugar! ¿Es que nadie se daba cuenta de lo que estaba sufriendo? ¿O es que querían que lo pasara mal? Pero La Rabia sabía que, si salía con toda su fuerza y sin poder comunicarse a través de las palabras, seguramente todo el mundo le reprocharía su mal comportamiento. La mirarían como una niña malvada. Así que se retiró, cabizbaja, hacia esa cajita negra, hasta ahora vacía. 

Tristeza quiso, también, aportar algo. Sabía que era capaz de ayudar a Haizea para que liberara su tensión del cuerpo, y a que otras personas le prestaran su apoyo y ayuda. Lo intentó en varias ocasiones, pero, como Haizea no podía hablar de lo que sentía ni de lo que le pasaba, el resto de las niñas y niños de la gela dijeron, burlándose, que era una “llorona”. Por eso, Tristeza se retiró, también, a esa cajita negra, con la sensación de que tampoco podía hacer nada. 

Asco estuvo presente mucho tiempo. A Haizea le caían mal esas personas que, al contrario de ella, se lo pasaban tan bien en la escuela. A menudo, las envidiaba y, a la vez, las detestaba porque le recordaban, una y otra vez, que ella era diferente y, lo que es peor, que no estaba a la altura. Pero Asco, tampoco podía hacer nada para proteger a Haizea: no podía escapar de la escuela, porque era obligatoria, y tampoco podía mostrar el rechazo que sentía porque, en ausencia de palabras que explicaran su realidad, era casi seguro que también que la rechazarían a ella. Y ella no podía permitirse estar sóla en un entorno tan hostil y desagradable. Así que Asco, también, se retiró con una mueca de desprecio, hacia esa cajita negra donde relegamos las emociones que no cumplen con su cometido, o no funcionan. 

Entonces, Miedo dió un paso al frente. ¡Nunca se había sentido tan seguro! Tomaría los mandos de la mente y mantendría a Haizea a salvo y segura. Miró a su alrededor y buscó un refugio en el que Haizea pudiera estar a salvo y tranquila. Un lugar a dónde poder recurrir cada vez que Haizea estuviera en peligro o sintiera que algo había mal fuera o dentro de ella. Buscó un lugar, y no había ninguno. Busco una amiga, pero ninguna podía estar todo el rato con ella. Miró a su profesora, pero tenía muchos niños a su cargo y tampoco podía prestarle la protección que necesitaba. Así que Miedo, sintió que tampoco servía, y desesperanzado se encaminó a esa caja donde todos iban a estar tan constreñidos.  

Vergüenza seguía allí, colocando todo su peso sobre la puerta de la caja negra, para que todos esos personajillos no pudieran salir, apretando para que no pudieran escapar y no se movieran. Vergëunza confiaba en que, si Haizea se hacía más y más pequeñita, si no mostraba su sentir, si no llamaba la atención, si se hacía invisible, nada malo le pasaría. Por eso, le apretaba por dentro, dejándola sin palabras. Porque las palabras tienen poder, y el poder expone a las personas a discutir o ser agredidas. Pero Vergüenza no se podía mover de allí —¡tal era el peso que tenía!—: no podía dejar que las palabras ni las emociones salieran, porque no había nadie para recogerlas con suficiente ternura y cariño.  Así que tampoco podía proteger a Haizea cuando sucedía algo inesperado, y sólo confiaba en mantener a salvo a la niña, como un topillo en su madriguera. 

Fue entonces, cuando apareció Ansiedad en su vida. Ansiedad no quería hacerse cargo de Haizea tan temprano. Sabía que necesitaba relacionarse con el mundo a través de los personajes ahora recluidos en esa cajita negra, pero también veía que no podían salir y anticipaba demasiados peligros: Haizea podía quedarse sola, le podían pegar, podía sentirse una niña pequeña, verse más tonta que los demás, ser blanco de burlas, o sencillamente relegada como alguien sin valor para el grupo. 

Y no era su imaginación. Eran peligros reales y ¡terribles!

Así que, en ausencia de otras emociones que pudieran enfrentar esta situación tan horrible, tuvo que salir a escena, como un último recurso. Pero salió, también, con una carga terrible. 

Con una carga terrible. 

Porque Ansiedad sabía que el resto de las emociones estaban secuestradas, anuladas, así que todo ¡absolutamente todo! dependía de ella. Pero Ansiedad, que era valiente y decidida, cargó con fuerza y valentía esa mochila de piedras, y salió dispuesta a mantener a Haizea alejada del peligro. ¡Sea como sea!

Ansiedad, revisaba constantemente el entorno —incluso cuando Haizea se despistaba— en busca de peligros y amenazas. Sabía que, si los captaba a tiempo, Haizea podría evitarlos, esconderse, refugiarse, o hacer lo necesario para que nadie la tratara como sabía que no se merecía. Y eso le sirvió a Haizea un montón, porque, gracias a Ansiedad, Haizea pudo evitar muchas veces al niño que la pegaba, juegos que requerían palabras y que resultaban imposibles para ella, o ejercicios que podrían hacerle sentir, si cabe, más pequeñita, como una pulga que evita ser pisada en un mundo de gigantes. 

Mal que bien, Ansiedad sentía que, si Haizea tenía que enfrentar todos esos retos sin palabras, se consumiría. Así que puso todos, todos sus esfuerzos, en mantener a Haizea lejos de ellos. Y en la mayor parte de las ocasiones lo consiguió súper bien, preservando la integridad de esta maravillosa niña. 

Pero, para Haizea, Ansiedad no era nada agradable. Cada vez que aparecía en su tripa, en su pecho, en su garganta o en su frente, Haizea se sentía todavía más desamparada. Además, nublaba su mente, hacía que sus manos temblaran, le ponía rígida, y le dificultaba pensar con claridad, llevándole a fallar incluso en los ejercicios que eran fáciles para todo el mundo. Cuando Ansiedad aparecía, el Euskera parecía un idioma ininteligible, como el Japonés o el Chino, y ella se sentía incapaz de demostrar lo que sabía.  Así que Haizea aprendió a no mirar hacia Ansiedad, de manera que, cuanto más alejada se sentía de ella, esa personita naranja más sóla se sentía. 

«¡Quítate, por favor!»

«¡No me dejas respirar!»

«¡Te odio, Ansiedad, me estás destrozando la vida!»

«¿Nadie reconoce mis esfuerzos?», «¿Es que todos me odian?» se preguntaba Ansiedad cabizbaja. Y acto seguido exclamaba:  «No importa, me haré cargo de la situación, mi querida Haizea me necesita». Y hacía más fuerza todavía. 

Durante mucho tiempo, Haizea y Ansiedad tuvieron mala relación. Haizea sentía que Ansiedad venía para hacerle faenas —le nublaba la mente y le impedía hacer las tareas; y le hacía estar rígida con sus amigas—, pero Ansiedad sólo necesitaba un poco de comprensión, reconocimiento y compañía por parte de esta niña. Pero, conforme pasaba el tiempo, parecía que eran más y más enemigas. Haizea quería hacer las cosas sin Ansiedad, pero, sin palabras y otras emociones disponibles, sólo Ansiedad podía protegerla de aquel lugar terrible en el que le había colocado la vida. 

Pero, en esta vida, nada dura para siempre. Y, poco a poco, Haizea fue recuperando sus palabras. Primero, sonaron como susurros, muy bajito. Luego, como conversaciones. Y finalmente, incluso como gritos de alegría. Al escuchar esos gritos, Vergüenza quedó fascinada, se reblandeció como un helado de nata en verano, y dejó que se abriera la puerta. Enfado, Miedo, Asco y Tristeza salieron y ocuparon su lugar en el cuadro de mandos, acompañando a Haizea para que pudiera enfrentar con más flexibilidad y gracia los diferentes retos de la vida. 

Haizea había recuperado su voz y, con ella, la alegría de ser protagonista de su vida. Con las palabras hizo cosas maravillosas: jugo con sus amigas, cuidó de las personas que lo estaban pasando mal, y le dijo a su profesor —que era maravilloso— lo mucho que le apreciaba y quería. En la ikastola seguía habiendo problemas, claro, pero con la ayuda de todos estos personajillos y, sobre todo, pudiendo explicar lo que le pasaba con las palabras, las cosas que antes habían resultado abrumadoras, ahora parecían mucho más sencillas.  

A menudo, Haizea sentía que ahora navegaba en un barco formidable que las olas no podían destruir, por muy fuertes que fueran. Un buque formidable guiado por un timón que ella agarraba por fuerza, y que se dejaba llevar por los vientos del norte, del sur, del este o del oeste, en la dirección que ella quería. 

Pero, Ansiedad todavía seguía por allí, enloquecida, haciendo fuerzas para proteger a Haizea, con esa carga tan terrible. Afanada por avisar a Haizea de todos los peligros posibles, no se había percatado de que la niña a quien había prometido proteger tenía más recursos, buenas amigas, palabras con las que podía pedir ayuda, y un profesor que la apreciaba, la veía como valiosa y siempre la cuidaría. 

Seguía comportándose como si fuera la única capaz de proteger a Haizea, porque nadie le había dicho que el peligro había pasado, y no se atrevía a soltar los mandos, aterrorizada por todos los escenarios tenebrosos y terribles que había visto en su imaginación prodigiosa. 

Era tal el esfuerzo que seguía haciendo, que no veía. Se había quedado atascada en el pasado, entre tinieblas y pesadillas. Cuando Ansiedad aparecía, Haizea apartaba la mirada —«¡O no, esta sensación otra vez! ¡Seguro que me nubla la mente! ¡Y que me impide hacer las cosas bien! ¡Me va a amargar la vida!»—, repudiando precisamente a la emoción que mejor había sabido mantenerla a salvo y con vida. 

Así que Ansiedad cada vez se sentía más sola, más agotada y con más carga encima, peleando no sólo contra los peligros reales e imaginarios, sino, también, contra la propia Haizea, que se empeñaba en doblegarla, como quien trata de domar a un caballo salvaje, de formidable porte, fuerza y belleza. 

Una misión imposible. 

Un día, cuando Haizea salía al patio cargada con Ansiedad, el bedel se acercó a Haizea. 

El bedel era un hombre viejo, de pelo blanco, y muy silencioso, que se encargaba de que la escuela estuviera a punto y de cuidar los jardines. Prefería observar a hablar. Era como un guardián sereno que cuidaba de las alumnas y alumnos. 

—¿Puedo hablar contigo? —le preguntó a Haizea, aprovechando un ratito en el que estaba solita. 

—Sí —respondió Haizea, con voz tímida. El bedel tenía fama de ser extraño. Algunas de sus amigas decían que era un brujo, así que sintió un temor que le bajó por la columna hasta las piernas. 

—Ansiedad necesita de ti —dijo, sorprendiéndola—, tanto como tú necesitaste de ella. Necesita que la observes, que le hables, que la comprendas. Que le traigas al presente para que vea, con sus propios ojos, que ya no hay peligro. Se merece que la liberes de su carga, no sólo para que no te atormente, sino como un acto de amor y de justicia. 

—Es horrible —contestó Haizea y, en contra de su voluntad, se le saltaron las lágrimas—, me está amargando la vida. 

—Cuida de ella, cultiva vuestra relación y, sobre todo, observa —dijo el anciano con voz firme, y se marchó a podar un manzano, con unas tijeras gigantescas, dejando un silencio conmovedor entre ellos. 

Haizea volvió a la gela pensando que el hombre estaba mal de la chaveta. «Cuidar de ansiedad? Anda, no fastidies. Y, si quieres, ¡le invito a un helado! Maldito viejo tonto, no sabe de lo que está bablando.»

Pero había algo en esas palabras… un tono o cierta seguridad, que le impedían que le pasaran inadvertidas: 

¿Qué carga se suponía que llevaba Ansiedad? 

¿Qué pasaría si se permitiera sentirla con curiosidad verdadera?

¿Y si pudiera liberarla de tanto peso?

¿Si la mirara con curiosidad en vez de luchar contra ella?

¿Cómo se sentiría al sentir llegar las palabras de Haizea hacia ella?

¿Quién podría acompañarle en esta exploración tan valiente?

¿Cómo cambiarían las cosas si, a pesar de todas las incomodidades, persistía en su intento de cuidar de ella?

En Haizea se abrían grietas. Y las dudas se colaban por ellas, como el agua que horada la piedra, haciéndola permeable al cambio. Frente a ella, se abría la puerta que daba a un camino interior. Un camino un tanto tenebroso, que daba miedo; pero en cuyo final se intuía una luz que seguramente merecía la pena. 

No era el camino más cómodo. Seguro. 

Pero, al menos, era un camino. 

Y ya no estaba sola en el mundo. Contaba con las palabras que le unían a otras personas, y le permitían pedir ayuda. 

Había recuperado su manada. 

Ahora formaba parte de una tribu. 

* Basado en los personajes de la película “Del Revés”, de Disney. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

Un comentario en “La niña que recuperó su voz

  1. Avatar de dependabletotally2bba8b2dc5 dependabletotally2bba8b2dc5

    Me encantó. Esta idea de aliarse y servirte del síntoma como parte de la solución en vez de luchar contra el, me parece genial. Y encima narrado a través de un cuento…me llevo la idea. Gracias

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