[…] Esa razón de fuerza mayor no suele ser que la madre o el padre los tenga muy gordos. No suele bastar con eso. Normalmente, suelen ser motivos relacionados con la supervivencia, es decir, que la infancia parentalizada suele sentir que, de no cubrir las necesidades de cuidado en los otros, puede acontecer algo terrible o alguien puede perder la vida. […]
Hablemos de la #infancia_parentalizada, soltando lo primero que llega. Sin filtro. A ver qué sale.
Me refiero, ya sabéis, a todas esas niñas y esos niños que, por diferentes circunstancias, se ven obligados a cuidar de sus hermanos o mayores, aceptando, de buen grado o no, el rol y la responsabilidad que se les impone.
Quizás, lo primero que hay que considerar es que convertir a una niña o un niño en un “adulto cuidador” no es nada sencillo. La infancia se resiste a asumir responsabilidades y privarse de la espontaneidad y el juego, entre otras cosas, porque son aspectos fundamentales para su desarrollo, su felicidad y su bienestar psicosocial. Por eso, suele ser necesaria una “fuerza mayor” para que esas niñas y esos niños se sometan, renunciando a muchas de las experiencias que más les nutren en la vida.
Esa razón de fuerza mayor no suele ser que la madre o el padre los tenga muy gordos. No suele bastar con eso. Suelen ser motivos relacionados con la SUPERVIVENCIA, es decir, que la infancia parentalizada suele sentir que, de no cubrir las necesidades de cuidado en los otros, puede acontecer algo terrible o alguien puede perder la vida.
Sí, coño, perder la vida. O algo parecido.
Lo digo porque, a veces, las figuras profesionales —me da mucha vergüenza reconocer que a mí también me ha pasado— no nos damos suficiente cuenta de lo que todo esto implica. Vemos a niñas y niños sacrificados, buenos, con calificaciones excelentes, que cumplen militarmente con sus responsabilidades, y nos quedamos tranquilos, confiando en que tienen suficientes recursos para enfrentar lo que la vida les depara. Sin embargo, detrás de muchas y muchos niños parentalizados hay una insoportable sensación de AMENAZA, a saber, la certeza de que, si no cumplen con su cometido, se va a ir todo, todito, a la mierda.
Alguien morirá, alguien se suicidará, nos quedaremos en la calle, me llevarán los servicios sociales, nos abandonarán, o seremos rechazados como un electrodoméstico que ya no sirve. Algo insoportable para el imaginario infantil o adolescente.
Por eso, las niñas y los niños parentalizados —sacrificados y luego sacrificantes— renuncian o, mejor dicho, pierden tantas cosas preciosas: por MIEDOS que sobrepasan la voluntad y la motivación de cubrir las propias necesidades.
Entonces, se produce una fractura. La mante se rompe para cubrir dos necesidades contrapuestas: protegerse de lo innombrable, y defenderse de esa violencia que amenaza con no permitirles diferenciarse de su contexto, y ser ellas y ellos mismos.
Al tomar el control del sistema una parte directiva – controladora que cuida para evitar el desastre, también suele aparecer en escena su némesis, a saber, otra parte rebelde – boicoteadora que desea que se pongan las necesidades de la persona en un primer plano, mandando a tomar por culo al resto. Cuanto más aprieta la una, más aprieta la otra, y ambas adolecen de roles o motivaciones irreconciliables, porque se sienten bajo amenaza.
Si una dice que hay que esforzarse más para ser bueno, cuidar de los demás, ser aceptado, correcto, o lo que sea; más insegura se siente la otra, que responde diciendo que no, que todo eso es injusto, que es una basura, y que lo que tiene que hacer es su propia vida, y que el mundo arda por momentos. Y si la otra tira del hilo de la insumisión, más rígida se vuelve la otra, tirando de las riendas de un caballo que, al encabritarse, se vuelve incontrolable.
¿Cómo resolver este conflicto?
Pues mu malamente. Hace falta algún tipo de estrategia o ajuste creativo que permita satisfacer las necesidades de ambas. Y, aunque existen muchas opciones —me refiero a antes de recibir el apoyo necesario—, algo que suele funcionar bastante bien es desarrollar una enfermedad de tintes inflamatorios o autoinmune. Que no es algo que se haga conscientemente o a voluntad, claro, pero es fácil que aparezca. A fin de cuentas, las personas que están inmersas en este conflicto interno tienen unos niveles de activación simpática contenida (respuesta de lucha y/o huida) muy elevados, y eso suele generar una hiperreactividad del sistema de protección del cuerpo ante golpes, heridas y fracturas, y —esto es importante— también hacia las sensaciones del cuerpo asociadas a emociones bloqueadas. Vamos, que es como si el cuerpo estuviera reaccionando a una pelea, mandando sus soldaditos e ingenieros a reparar zonas que no han sido dañadas. Jodiendo más el asunto, porque, cuando se trata de reparar zonas no afectadas, es el mismo cuerpo el que genera más dolor y más daño.
Por eso, las niñas y niños que han sido parentalizados y que luego son personas adultas en las que prevalecen esas partes protectoras sacrificantes, tienen una mayor probabilidad de desarrollar migrañas, fibromialgia, esclerosis múltiple, alergias graves u otro tipo de enfermedades inflamatorias o autoinmunes. No sólo es la consecuencia natural de su estado nervioso y de su conflicto interno, sino que además sirve para conciliar a esas partes en conflicto: si estoy enfermo puedo descansar y satisfacer mis propias necesidades, sin que se me active el crítico o el controlador interno.
Jodido, pero inteligente.
Vale, estoy siendo más simple que el mecanismo de una escoba, pero tampoco tengo la capacidad de hacer aquí una tesis sobre esto. Y tampoco creo que tenga la capacidad necesaria .Pero de lo que estoy seguro es de que, cuando estas personas prestan atención a su dolor, su conflicto y sus necesidades, en un entorno relacional suficientemente seguro, los síntomas más graves suelen remitir y la necesidad de medicación se reduce por momentos. Y eso no me lo han contado. Lo he vivido con las personas a las que he acompañado.
Pero, ¿sabes cuál es la tragedia de todo esto?
Seguro que ya te has percatado, ¿verdad?
Pues que, cuando estas personas se hacen adultas y tienen hijas o hijos, los niveles de estrés pueden dispararse hasta el absurdo. Y no es extraño que tener a su cargo a un bebé o niño indefenso, despierte de nuevo ese conflicto interno: para cuidar tengo que dejar de ser yo, y si no pasará algo terrible, innombrable. Por eso, suele ser frecuente que emerjan los mismos recursos de afrontamiento como, por ejemplo, la enfermedad, que sirve también para que otros —los que antes debieron estar pero que ahora no van a estar— aparezcan y se hagan cargo. Pero la faena esas estrategias ahora se sienten como infantiles o absurdas. Madre mía, ¿por qué me está pasando esto?
Es por ello que la ayuda, en estos casos, puede ser un alivio momentáneo, pero difícilmente es una solución para el futuro; porque cuando la parte que necesita el control mira y revisa lo que ha pasado, se siente profundamente inútil e invalidada, dando pie a que el rebelde hable más alto. Y eso acojona de lo lindo. Porque para las personas que han sido sacrificadas en la infancia, dar voz a ese rebelde que quiere quemar contenedores y cajeros automáticos, implica, también, una pérdida de control que lleva al temido desastre. Un desastre que ahora quizás ya no esté asociado a una amenaza concreta, pero que se siente como real e inminente en el cuerpo.
Quizás muchas depresiones postparto puedan explicarse así: por la desesperanza que implica sentirse otra vez en la misma cárcel que se vivió en la infancia, y en el mismo conflicto interno. Un conflicto en el que, cuanto más se exige la perfección y que la vida de alguien depende de una misma, más cerca se siente una de la paralización que implica la amenaza, y precisamente, en el mismo conflicto interno.
Sea como sea, una madre o un padre que se enferma como recurso de protección corre el riesgo de provocar en su descendencia la misma parentalización que él ha padecido. Porque la enfermedad crónica de un progenitor es una de las mejores razones que tiene la infancia para hacerse cargo de la protección, educación y cuidados que el adulto no proporciona.
Hostia tú.
Es complicado. Muy complicado. Pero, si tuviera que quedarme con tres cosas, sería con lo siguiente:
La primera, que las niñas y niños parentalizados siguen siendo de los grandes abandonados por el sistema de protección. Y que a las figuras profesionales del ámbito educativo, sanitario y social nos falta sensibilidad y formación para entender globalmente la complejidad de lo que acaban viviendo.
La segunda, que la parentalización tiene implicaciones severas e implica niveles muy altos de sufrimiento psicosocial y físico para toda la vida, tanto de las personas directamente afectadas como para su descendencia.
Y la tercera, que este análisis que hemos hecho permite vislumbrar —sólo vislumbrar— ciertas soluciones o formas de apoyo a las familias que son eficaces y respetuosas, pero que implican la necesidad de integrar conocimientos de diferentes áreas, y de pensar y actuar desde “fuera de la caja”, porque en la caja no suelen encontrarse las herramientas necesarias.
Sea como sea, lo habitual en los profesionales cuando nos acercamos a modelos de padres o madres sacrificantes es que atendamos sólo a las partes protectoras directivas que nos muestran ellas y ellos, a través de nuestras propias partes complacientes que, ojo, pretenden reconocer el mérito como única forma de cuidados. Y así es como entramos en resonancia, convirtiéndonos en parte del problema: si sólo se me reconoce por lo que soy capaz de hacer, difícilmente me voy a priorizar a mí mismo. Pero, mientras no atendamos también a los bomberos (por ejemplo, el rebelde), o los exiliados (por ejemplo, la niña o el niño abandonado que reclama atención, presencia y cuidados), es muy probable que, hagamos lo que hagamos, no logremos un mejor equilibrio.
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Lecturas relacionadas:
MATE, G (2020). Cuando el cuerpo dice no. La conexión entre estrés y enfermedad. Gaia Ediciones, Madrid.
NARDONE, G.; GIANNOTTI, E.y ROCHI, R. (2012) Modelos de Familia. Conocer y resolver los problemas entre padres e hijos. Barcelona: Herder
SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria
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Gorka saitua | educacion-familiar.com
