Lidiando con la vergüenza

[…] Ahora que lo pienso, siempre ha estado por ahí, agazapada, dispuesta a congelarme sin previo aviso, pero ahora sé que me está pasando factura en la relación con mi hija. Me congelo o me ralentizo como me hubieran enterrado vivo, y estoy seguro de que ella nota una desconexión y una angustia tan profundas. […]

Estaba convencido de que la vergüenza no era un problema para mí, que la tenía bajo control o superada, pero cada vez soy más consciente de cuándo me recorre el cuerpo esa corriente arrolladora que me paraliza y patea mi autoestima: “para, hazte invisible, que eres un asco de persona”. 

Ahora que lo pienso, siempre ha estado por ahí, agazapada, dispuesta a congelarme sin previo aviso, pero ahora sé que me está pasando factura en la relación con mi hija. Me congelo o me ralentizo como me hubieran enterrado vivo, y estoy seguro de que ella nota una desconexión y una angustia tan profundas. 

Entonces, ¿qué sentirá?

… ¿Que hay un peligro inminente? 

… ¿Que me he puesto enfermo? 

… ¿Que hay algo malo en ella? 

No lo sé, pero creo que me valen todas las respuestas. Y se me pone un nudo en el pecho. 

Digo esto y, curiosamente, me llega que últimamente me dice mucho que le gusta muchísimo verme reír a carcajadas. Y pienso que esa risa que me hace temblar, ocupar espacio y que es tan espontánea y sincera, es antagónica a esa sensación de vergüenza. Es el “dejarse llevar” por antonomasia, el no va más de la ligereza. 

¿Será su forma de decirme «recuerda que es éste el padre que necesito y con el que me siento segura»? No lo sé, pero me encaja. 

Sea como sea, poco a poco voy descubriendo algunos recursos para lidiar con la vergüenza. Sé que me queda mucho camino por recorrer, pero también es cierto que he avanzado mucho en los últimos años. 

Y me apetece hablar de esos recursos, no sólo para recordarlos y consolidarlos, sino para ayudar a quien me esté leyendo a conectar con ellos, si también los tiene. 

Que cada cual tiene sus recursos, oye, pero a veces necesitamos que alguien nos los ponga en valor o, sencillamente, que nos recuerde que hay algún camino posible. 

Una de las cosas que me ayuda es de perogrullo, es decir, parece una estupidez, pero, tengo que reconocer que, cuando estoy en ese estado, parece que se me olvida. Me refiero a que esa vergüenza, por muy intensa que sea, no va a durar para siempre. Como todas las emociones, es transitoria. Ha llegado y se irá, tarde o temprano, cuando le dé la gana. 

También me ayuda mucho saber que en función de lo que yo haga, puede estar más o menos tiempo conmigo. Que hay cosas que hago que la atoran en el cuerpo como, por ejemplo, decirme cosas del tipo “es una tontería” o “descuida, que no pasa nada”; y otras que me ayudan a que se mueva por las extremidades y las vísceras, convirtiéndose en otra cosa más llevadera. Y, entre estas últimas están ponerle toda mi atención, sentirla en toda su intensidad, permitir que el cuerpo se la sacuda a través de escalofríos, bostezos, o movimientos conscientes, hacer un esfuerzo para frenar las “rumiaciones” porque son una forma de maltrato que no me merezco, hablarme bien —me sirve verme como un niño aplastado— y permitir que sean precisamente esas sensaciones del cuerpo las que me indiquen por dónde va a ser la salida. 

A veces, me veo como una gacela que ha estado paralizada en las fauces de un leopardo, que se ha liberado y se sacude toda esa energía contenida en el cuerpo. 

También me sirve mucho saber que, en mi caso, la vergüenza está, de alguna manera, solapada con el orgullo. Y que, cada vez que conecto con esa sensación de ser valioso, hay algo que dispara la parálisis o la desconexión, interrumpiendo el viaje. Es como si el cuerpo me dijera que esas sensaciones son inadmisibles o peligrosas. Y sé que eso se enraíza con algunas de las experiencias que he vivido en mi infancia.

Pero, también, con la cultura machista en la que me he criado. Una cultura que dice a los hombres que, para ser masculinos —y ser masculino es un valor en contraposición a la vergüenza que implica ser femenino—, tienen que ocultar sus emociones y no expresar sus sentimientos. Y que, cuanto más duro e implacable es uno, más arriba está en la escala social y más reconocimiento se merece, como si la competitividad más salvaje sea el valor que lo estructura todo. 

Y, por último —y muy relacionado con lo anterior—, tiene mucho que ver con este sistema nervioso que la naturaleza me ha dado. Porque, oye, voy asumiendo que soy una persona muy sensible, y que esa alta sensitividad tiene una contrapartida: colapso muy rápido y me expone mucho. Colapso muy rápido porque se me “funden los plomos” cuando sube demasiado la intensidad, y me expone un huevo porque soy incapaz de ocultar mi vulnerabilidad ante el resto. Una vulnerabilidad de la que muchas personas se han aprovechado en el pasado, para aplastarme y hacerme daño, en esa idea neoliberal y machista de que un “hombre con valor” es el que somete al resto. 

Sea como sea, orgullo y vergüenza van de la mano, saltando casi al unísono y provocando múltiples cortocircuitos. Pero voy haciendo mi trabajo para desligarlos, ya sabes, poco a poco, día tras día. Y cada vez soy más capaz de sentir el uno sin que aparezca la otra. Y si, por el motivo que sea, aparece la vergüenza, me percato de ello y trato de hacer justicia, dando espacio a ese orgullo que ha sido injustamente inhibido en ese momento. 

¿Y sabéis lo que me resulta maravilloso? Contemplar la historia saturada de vergüenza desde la sensación de seguridad y orgullo. Es decir, sintiendo el orgullo en su plenitud, una vez ha enraizado en el cuerpo. Me permite ver con claridad cómo llega la vergüenza para protegerme (de ser expulsado, de que alguien abuse de mi vulnerabilidad, de quedarme en lo más bajo, etc.), sintiendo cierta compasión por lo que me pasó y me sigue pasando. 

Esto es lo que me resulta maravilloso. Como dice Ade, mi terapeuta, es verdad que “todo vuelve”, pero si le prestamos suficiente atención y cuidados, no regresa exactamente de la misma manera. 

Se mueve. Y es justo en ese movimiento donde radica la esperanza. 

Hija mía, sé que llego tarde. Que te has tenido que comer cosas que no te corresponden y que, seguramente, muchas veces se te hayan indigestado. No es fácil depender de un adulto avergonzado, ni de emociones que, por su propia naturaleza, acontecen sin palabras y, muchas veces, impiden la reparación oportuna. Pero debes saber que nuestra historia no está escrita, aunque se atasque por momentos. 

«Y sin embargo, se mueve.» No hay esperanza más sincera de la que emerge de la conciencia del  movimiento. 

Quizás, algún día, me ría más a menudo. Me gustaría mucho y estoy haciendo cosas, así que no lo descartemos. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

Deja un comentario