La estructura narrativa del síntoma 

¡Atención! Va una parrafada que te cagas, pero que puede ayudarte un huevo.  

Una de las cosas que se pueden hacer para comprender mejor el síntoma, es redactar su historia. 

A ser posible, que lo hagan las personas afectadas; pero tampoco es mala idea que lo hagamos las y los profesionales, para regular nuestras reacciones viscerales ante el mismo.  

La propuesta es ir construyendo, poco a poco, paso a paso, habiendo contactado previamente con los propios recursos y con la sensación de seguridad que nos permite prestarnos atención, cuidar de nosotras y nosotros mismos, y resonar empáticamente con las personas a las que queremos.  

Os dejo, aquí, 15 pasos en la elaboración de la secuencia narrativa. Pero sabed que no es la única opción posible, ni mucho menos. Tan sólo una primera propuesta para explorar con curiosidad otros caminos.   

Lo guay sería que te lanzases a hacerlo con un síntoma (propio o no) y que compartáis vuestra experiencia.  

Qué, ¿te animas? 

Sortearía una PlayStation 5, pero trabajo en el tercer sector y no tengo dinero.  

INTRODUCCIÓN 

1. Hace muchos, muchos, años, vivió una persona, que vivía en un paraíso.  

Es muy importante que, en este momento, destaquemos que hubo un tiempo mejor, en el que la persona se encontraba a gusto y no sufría. En ese momento, la persona tenía acceso a una serie de recursos más o menos infantiles, pero de gran valor, que serán los que luego movilizará para tratar de resistir el dolor o gestionar sus dificultades o problemas.  

Yo suelo, además, tratar de definir qué personas estaban presentes en su vida, cuáles eran para ella las más significativas, y qué puede seguir agradeciendo hoy a cada una de ellas. Relaciones, todas ellas, que se unen, de alguna manera a los deseos de hacer las cosas bien y, sobre todo, de no perjudicar a las personas a quienes quiere.  

DESARROLLO 

2. En ese lugar y momento disponía de recursos mucho más limitados de los que tiene ahora.  

Era más joven y cómo todas las personas de su edad, perdía capacidades cuando estaba afectada por emociones intensas. Unas emociones que, más allá de los actos que pudieran movilizar, albergaban en su interior buenos motivos relacionados, por ejemplo, con la protección, el sostenimiento de la esperanza, el cuidado de los seres queridos, la restauración de la dignidad, el deseo de justicia o el mantenimiento del sentido de agencia, a saber, el sentimiento de ser una o uno protagonista del relato de su vida.  

3. A pesar de todas estas limitaciones, que son naturales y esperables en todo el mundo, todo fue bien durante mucho tiempo.  

Es interesante que se describan pormenorizadamente aquellos tiempos en los que no estaba presente el síntoma. Qué disfrutaba la familia haciendo, qué es lo que “llenaba” a cada uno de sus miembros, qué ritos les hacían sentir pertenencia real, y cómo se resolvían los problemas de manera satisfactoria para todo el mundo. Pero, sobre todo, es muy importante rescatar y redactar los sentimientos de orgullo proyectados hacia la persona afectada, introduciendo la idea de que la persona sigue siendo a fecha de hoy la misma, sólo que está afectada o se está protegiendo: “no hay que cambiar a nadie, sólo volver a conectar con la seguridad de la persona que sufre, para que vuelva a ser cómo la recordáis, ella misma”.  

Abro paréntesis. En este momento es muy buena idea destacar las excepciones que conectan a la familia con la idea de que esa persona a la que añoran sigue estando presente entre ellos. A saber, los momentos en los que han sentido, aunque sea por unos segundos, que el síntoma no ha estado presente, dejando paso a la relación con esa persona sintiéndose segura. Cierro paréntesis.  

PUNTO DE GIRO O CONFLICTO 

4. Entonces, tuvo que enfrentar una serie de problemas muy complejos.  

Complejos, porque no tenía edad para comprenderlos o gestionarlos, y porque esos mismos problemas invitaban a soluciones que los perpetuaban.  

Es muy importante la idea de que existieron una serie de dificultades o problemas que, por sus características, son muy difíciles de gestionar para cualquiera, pero especialmente para una persona que, por su edad o su estado emocional, tiene su función ejecutiva limitada. Porque, en el momento en el que estas dificultades se hacen presentes y se colocan en un primer plano, estamos dando la oportunidad a la persona afectada de librarse de una gran carga: “no soy yo, son las dificultades excepcionales que tuve que enfrentar en un momento en el que no podía estar preparada o preparado”.  

5. Esos problemas tenían que ver con la satisfacción de sus necesidades básicas, esto es, necesitaban ser resueltos para que no peligrara su mente o su vida.  

Vamos a dar importancia a esos problemas o conflictos. Porque, a veces, desde una mirada adulta —o mejor dicho, adultista— pueden parecer chorradas o cosas de niños; pero cuando se ven desde la mirada de una persona pequeña y vulnerable, se perciben desde otra perspectiva.  

Es muy doloroso para cualquier persona que no se de valor a los retos que ha tenido que enfrentar, porque forman parte de si identidad y de la narrativa básica de su vida. Sabiendo esto, vamos a tratar de poner en valor estos retos, contemplándolos como una amenaza vital real, que necesitaba ser urgentemente —¡¡corre, hostias!!— gestionada.  

6. Hizo un montón de intentos para solucionar los problemas.  

Esos intentos fracasaron por motivos que tuvieron que ver con los limitados recursos con lo que la persona disponía en ese momento de crisis —era joven, sufría un secuestro emocional, etc.—, y otros por factores externos entre los que seguramente se destacan la injusticia y diferentes modalidades de violencia.  

Todos estos esfuerzos, estas resistencias, esta lucha que se produjo antes de desarrollar el síntoma, no es baladí, porque en ella descubriremos, casi con seguridad, intentos de resolver la situación mucho más “adaptados” a lo que se espera de las personas, a la vez que multitud de bloqueos que diferentes personas articularon frente a estos intentos, empujando, a veces sin querer, a la persona a un estado de desesperación en el que el síntoma, quizás, pudo ser la única o la mejor salida.  

Con suerte, llegados a este punto, el síntoma podría empezarse a ver como algo que no es sólo cosa de la persona afectada, sino una realidad en la que todos hemos participado.  

7. La persona se encontró, entonces, desesperada. Sentía que nada de lo que podía hacer mejoraría jamás las cosas.  

Este sentimiento de desesperación es clave, tanto para la persona afectada como para su familia, porque, lejos de lo que pueda parecer, es algo que les une. Seguramente todos tengan la sensación de que, a pesar de que hubo tiempos mejores, en la actualidad no es posible mejorar las cosas sin pagar un elevadísimo precio.  

Pensad que el síntoma suele ser una solución desesperada en un momento vital en el que se sentía imposible satisfacer las necesidades más básicas. No sería, en consecuencia, extraño que las personas se nieguen a soltarlo, entre otras cosas, porque eso implicaría el retorno al dolor más aberrante y la desesperación más absoluta.  

Abro otro paréntesis. En este momento, quizás, convenga preguntar a las personas presentes acerca de sus mejores esperanzas. Es decir, sobre qué a qué escenario sienten que pueden llegar una vez finalizado el acompañamiento, y qué implicaciones tendrían esos cambios a nivel de la circularidad de las relaciones. Cierro paréntesis.  

8. La persona, entonces, descubrió una “solución o ajuste creativo”, que le permitía satisfacer sus necesidades básicas de la mejor manera posible, pero a un precio muy alto: renunciando a otras cosas también esenciales, pero en las que no le iba la vida.  

Sí, esa “solución” o “ajuste” es el síntoma, claro. Pero en este punto vamos a dejar de llamarle así, porque la palabra síntoma remite a enfermedad, a algo que, por tanto, está mal y forma parte, de alguna manera de la persona que sufre. Si empezamos a llamarlo “solución creativa” o lo que sea, seguramente podamos ir sintiendo paulatinamente que podemos tener una mejor relación con él porque no se trata de algo malo, que amenaza con el dolor, la discapacidad o la muerte, sino de algo que podría cambiar si se dieran las condiciones apropiadas.  

Hay una cosa que se nos suele olvidar: que toda solución creativa implica una grave renuncia. Y es, justo, esa renuncia la que suele tocar, en la línea de flotación, a las personas que una o uno quiere, motivándoles a luchar en contra del mismo. Por eso, cabe siempre la siguiente pregunta: ¿qué necesidad era tan vital como para priorizarse sobre algo que para la persona afectada era tan importante? ¿Qué tipo de sufrimiento ha padecido la persona afectada por esas renuncias? ¿Qué precio ha pagado? 

9. Esa solución se convirtió, entonces, en algo muy valioso para la persona.  

Sentía y seguirá sintiendo que es la única forma de satisfacer sus necesidades básicas o resolver sus problemas. Por eso, se agarró y se sigue agarrando a ella como si le fuera la vida.  

Es que no sólo costó un huevo llegar hasta ahí, sino que se ha pagado un precio tremendo. Un precio que, en muchas ocasiones, conecta con la vergüenza, a saber, con esa sensación de ser indigno, peor que los demás, o de llevar una mancha indeleble como consecuencia del daño que uno ha causado y sigue causando.  

Y, claro, suelta tú eso.  

CLIMAX 

10. Su entorno se percata de lo que pasa.  

Ven el síntoma o, mejor dicho, el “ajuste creativo” que permite cubrir las necesidades comprometidas, y a la persona que sufre. El entorno, mediante el pensamiento asociativo —dos cosas que se ven juntas se convierten en causa y consecuencia— deduce que la persona está sufriendo por esa estrategia protectora.  

Desde esta perspectiva, todo cobra sentido. El dolor de la persona afectada y el de la familia parecen comprenderse, al emerger, frente a ellos, un enemigo común: el síntoma.  

Al entender que es el síntoma el que causa el daño, se pierde la perspectiva del pasado. Ya no hay acceso a los sucesos y necesidades que trató de satisfacer la persona, a través de múltiples esfuerzos, antes de desarrollar el síntoma.  

11. El entorno se posiciona firmemente en contra del síntoma.  

Convierten al síntoma en su enemigo, entendiendo que, si el síntoma desaparece, volverán los buenos tiempos de los que, también, son conscientes.  

Aquí se produce un punto de inflexión muy importante. El entorno comienza a obsesionarse con el síntoma, tratando de ejercer control sobre el mismo. Pero, cuanto más se intenta erradicar el síntoma, más se resiste la persona afectada. Esto suele ser interpretado como ingratitud, vicio o maldad, siendo muy difícil empatizar con la desnudez que sentiría la persona al privarle de esa capa protectora, que le permite satisfacer, repito, necesidades vitales.  

12. En consecuencia, se produce un enfrentamiento.  

El entorno se acaba posicionando contra la persona que padece el síntoma, entendiendo que su resistencia a soltarlo es parte del problema. Y la persona afectada por el síntoma se revela con fuerza, negándose a soltar lo que tanto le está aportando.  

El enfrentamiento refuerza la idea que el entorno tiene sobre la persona (ingrata, viciosa, débil, egoísta, etc.) y sobre el síntoma (es nuestro problema, cuando se solucione todos estaremos bien).

Casi todas las relaciones se van tiñendo, poco a poco, de la narrativa del síntoma. Y es, entonces, el síntoma el que domina la voluntad de toda la familia, dificultando significativamente ver más allá de lo que es irreal, pero parece evidente: el síntoma es el malo y ha convertido en un problema a nuestra persona querida.  

En enfrentamiento tiende a perpetuarse en el tiempo, porque las relaciones basadas en la lucha tienden a anular la capacidad de los combatientes de atribuir buenas intenciones a su enemigo o contrario.  

¿DESENLACE?

13. El entorno acaba identificando a la persona que sufre con el síntoma, y empieza a tratarla como si fuera un problema.  

Estamos jodidos. Porque ahora lo que se cuestiona es la identidad de la persona afectada (su dignidad), y su sentido de agencia (si soy el problema y soy así, no tengo protagonismo en los acontecimientos).  

La narrativa adquiere, entonces, tintes traumáticos. Porque cuando uno sufre y, a cambio, recibe una mirada invalidante y deprecativa por parte del entorno, lo habitual es que aparezca la desesperanza (reflejo vagal-dorsal), dejando a la persona con un sentimiento de impotencia asociado.  

14. La persona se revuelve. No admite ese trato, porque le denigra, le cosifica, y le resta protagonismo en su vida.  

Trata de salir, como puede, de ese estado tan desagradable. Y esa salida, en muchas ocasiones, implica la activación de la respuesta de huida (“ahí os quedáis”) o de lucha (“sois unos cabrones”). Respuestas, todas ellas, que reafirman la idea del entorno de que la persona está loca, es incomprensible, quiere hacer daño, es una egoísta o carece de empatía.  

15. Este círculo vicioso se repite:  

Cuanto más se lucha contra el síntoma, más denigrada y sin agencia se siente la persona afectada, que se revela, refuerza su síntoma, y el entorno ejerce más y más presión, e incluso, violencia.  

16. Pero la historia no ha acabado.

… RESUMIENDO… 

Todas las interacciones acaban orbitando, entonces, alrededor del síntoma y de qué hacer con la persona que lo padece, olvidando varias cosas:  

– Que hubo un tiempo en el que el síntoma no estaba presente, en el que las cosas, más o menos, funcionaban.  

– Que la persona luchó con todas sus fuerzas para satisfacer sus necesidades de una manera positiva o que no resultara dañina ni para ella, ni para nadie, pero no pudo conseguirlo de ninguna manera.  

– Que todas esas resistencias se bloquearon por diferentes formas —a veces sutiles, a veces involuntarias— de violencia.  

– Que el síntoma no es, jamás, el problema. Sino que el problema radica en la relación de control que el entorno establece con él y con la persona afectada. Un control que opaca la narrativa veraz y subyugada, en la que el protagonista sigue albergando deseos de cubrir sus necesidades de una manera más —joder, no me gusta, pero no encuentro ahora una palabra mejor— “adaptada”.  

– Que el entorno y la persona padecen modelos y niveles similares de sufrimiento: sienten que está pasando algo grave y que no son competentes para hacer nada con ello.  

– Que las personas, al igual que el entorno, también están desarrollando determinados síntomas para lidiar con este problema complejo, por mecanismos y sufrimientos muy parecidos a los que afectaron a la primera o al primero.  

– Pero todas y todos disponemos, ahora, de recursos que nos hacen más competentes para lidiar con ello.

– Que el síntoma emergió para cubrir una serie de necesidades y que, hasta que esas necesidades no se hayan cubierto —y se sienta la seguridad de que vaya a ser así de cara al futuro— es prácticamente imposible que desaparezca, pero aún se puede reconectar con las necesidades que se habían perdido de vista, dando un giro inesperado al cuento.

– Pero, sobre todo, que la historia no ha acabado. Todavía es posible una CONCLUSIÓN. Un final que casi con total seguridad pasa por conectar con la seguridad perdida, las excepciones subyugadas, y con los cuidados.  

«Todo síntoma es una historia en busca de una conclusión que la injusticia le ha negado.» 

Y, en esa historia de injusticia y resistencia, está la esperanza de algo diferente y bueno.  

No perdamos de vista eso. 

¿Se ve? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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