La dictadura de la formación

[…] No es que yo tenga nada en contra de la formación. Creo que es imprescindible para hacer bien el trabajo, y se pierde o gana un pastizal dependiendo del lado del que estés, pero me surge decir que, en estas profesiones, a veces, abusamos un poquito del criterio de autoridad. […]

Hoy me he tomado un café —descafeinado, de sobre, porque no confío en los camareros— con un compañero del curro, y me ha soltado así, sin vaselina, que está hasta los cojones de los “expertitos”. Sí, con ese tonito. Y, claro, a mí se me han subido los colores porque, ahora que doy formación, tengo que disfrazarme de eso y decir que soy feliz.

La cosa es que, entre visita y visita, tenía un ratito libre, y me he puesto a hacer scroll en el Facebook —ya sé, es la antítesis del autocuidado—, y me he topado con varios profesionales a los que sigo charlando sobre la compra compulsiva de libros profesionales, y su afición por hacer cursos. Nada raro entre nosotros, ratas de biblioteca con el síndrome del impostor.

La cosa es que eso de comprar formación, bien en un formato o en el otro, es algo típico de nuestra profesión que está muy bien considerado entre educadores/as, psicólogos/as, trabajadores/as sociales, y todas esas gaitas. Pero hoy me he preguntado si no se nos está yendo un poco la castaña.

No es que yo tenga nada en contra de la formación. Creo que es imprescindible para hacer bien el trabajo, y se pierde o gana un pastizal dependiendo del lado del que estés, pero me surge decir que, en estas profesiones, a veces, abusamos un poquito del criterio de autoridad.

Un poquito no. Un cojón.

Si lo piensas un poco, llevamos, quien más, quien menos, 20 años en el sistema educativo, reproduciendo contenidos de la manera más fiel posible para superar unos exámenes que penalizan el espíritu crítico y la creatividad, entre otras cosas, porque no encajan con la disciplina imperante o con la forma supuestamente objetiva de evaluar. Y ese machaque, de física a química, pasando por inglés e historia, fijo que ha tenido un impacto en nuestro cerebro, hasta el punto de que nos cuesta estar seguros si algo no está en el libro de turno que valoramos como una verdad universal.

Confiamos demasiado en la autoridad. Y eso, si la autoridad es cojonuda, no debería tener nada de malo, ¿verdad? Salvo quizás que ese exceso de confianza penaliza el valor que damos a nuestro propio criterio y al criterio de las personas a quienes acompañamos. Y si la realidad acaba contradiciendo a la teoría que nos pone palotes, peor para la realidad.

La narrativa profesional se impone con violencia sobre la experiencia subjetiva de las personas que sufren.

La educación y la psicología son ciencias, pero no son ciencias exactas. Su método científico está, muchas veces, asentado en condiciones de laboratorio que son difícilmente extrapolables al contexto natural. Siempre digo que, a nosotros, se nos multiplica por mil el problema de los 3 cuerpos de la física newtoniana, porque además de tener que considerar múltiples variables, también hay que unir el pasado con el presente, a través de las interferencias que los procesos asociados a la memoria puedan tener.

Un cristo que no veas.

Eso nos lleva a disponer de múltiples modelos, paradigmas y teorías que explican aspectos parciales de la realidad. Y que pueden ser cojonudos para eso, pero que siempre obvian aspectos esenciales que escapan a nuestra comprensión y atención, dejando un vacío que, con suerte, llenamos con la imaginación y, sin ella, sencillamente forma parte de una realidad que, para nosotros, no existe ni, quizás, vaya nunca a existir.

Quizás por eso seguimos confiando, como Einstein en sus últimos momentos, en encontrar una teoría del todo, que una la teoría cuántica con la de la gravitación universal. Y leemos libros y libros, acudimos a cursos y cursos, con la esperanza de llegar a un nivel de comprensión que dé luz y organice toda la realidad.

Pero eso, amigas y amigos, es un mito poque ningún libro puede suplir la curiosidad y la empatía con la que miramos a otra persona. Ningún curso puede suplir la experiencia de acompañar de cerca, sintiendo en las propias tripas el dolor del otro, asociándolo al que nosotros hemos podido sufrir, y tratando de diferenciar su experiencia a la que nosotros hayamos podido tener.

Y, sobre todo, ningún curso va a estimular nunca —ya verás— la militancia que empodere a los profesionales, junto con las personas que sufren, para cambiar su realidad.

Eso es, justo, lo que me gustaría revindicar hoy. Porque tengo la sensación, como mi colega, de que confiamos demasiado en “expertitos” en quienes delegamos demasiado nuestra responsabilidad. A quienes les pedimos que nos digan cómo son las cosas y qué debemos hacer. Y me pregunto si, cada vez que leemos un libro, estamos adquiriendo más recursos o conocimientos, o alejándonos de la empatía o creatividad que en estas profesiones deberíamos priorizar.

Quizás deberíamos presumir de otras cosas. Yo qué sé.

A fin de cuentas, los libros que se leen, los cursos que salen, están por algún motivo ahí. Y no es raro que ese motivo tenga mucho que ver con que no cuestionan, e incluso defienden, la estructura socioeconómica que enriquece a muchos gurús, en contra de nuestra autonomía, empatía y creatividad.

Por mi parte, lo que me huele a academia universitaria, ya no lo quiero ni ver.

Pues eso, otra chorrada para pensar.

¿Cómo lo ves tú?


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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